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Título: Teoría del todo
Autora: Paula Lapido
Editorial: Tropo Editores
Págs: 171
Precio: 17 €
Hay quién piensa que puede llegar a formularse una teoría que explique todas las interacciones fundamentales de la naturaleza. Ésta sería la denominada “Teoría del todo”, algo en lo que, sinceramente me cuesta bastante creer. Y es que tan sólo el pensar que estuve cinco años en la Universidad estudiando Biología, Geología, Física, Química, etc, para que el conjunto pueda resumirse en algo mucho más simple me resulta bastante frustrante. Pero hay otra Teoría del Todo en la que sí creo. Se trata del estupendo libro de relato breve de Paula Lapido del que hoy os hablaré.
Como os decía hace un momento, Teoría del Todo es libro de relatos, un volumen compuesto por un total de diez cuentos de extensión variable, aunque más bien extensos (el efecto que producen estas piezas en los lectores, sin duda, no se conseguiría si fueran más breves), narrados todos ellos de manera muy directa (cinco de estas piezas cuentan con narrador en primera persona, cuatro en tercera y uno en segunda. En todo caso, y como digo, todos los narradores nos resultarán tremendamente cercanos) y un magnífico prólogo de Patricia Esteben Erlés que nos deja clar desde el primer momento, que los cuentos de Paula Lapido han sido creados para perdurar en la memoria de todos los que se acercan a ellos.
Me reafirmo en mi idea de que no existen la manera de explicar todo nuestro complejo universo a través de una sola teoría justamente tras la lectura de este libro. Y es que si acaso eso fuera posible, ¿cómo explicaríamos la existencia de todos esos mundos paralelos de los que la imaginación propia y ajena nos da cuenta? Pensemos, por ejemplo, en el pequeño pero intenso universo que Paula Lapido nos presenta en esta obra, un lugar donde una bomba puede pasar años y años aparcada frente a un restaurante hasta que los habitantes del lugar deciden hacer algo con ella (Curry muy, muy picante) y los hombres de mediana edad que escriben tesis sobre el jabón perfumado viven en los lavabos de una cafetería (El señor Blosen). En estas tierras los superhéroes sufren crisis existenciales cuando la pareja les deja (Peter Parker y la crisis de la mediana edad) y los hombres lobo no encuentran trabajo (Balas de plata). Aquí los niños repelentes recitan las notas desesperantemente (Sisool) y aquellos que en su niñez fueron contratados como la imagen de unas deliciosas galletas (Las galletas Koleo son las mejores del mundo entero) no saben que hacer con su vida cuando llegan a la madurez. Hay mujeres temibles que harán cualquier cosa por ganar sus guerras (Inverness) y ciudadanos humildes que luchan contra enemigos invisibles (Yakamoz). El amor es el número de gatos que sueñas cada noche (La singular desaparición de Amadeo Lorenz) o la cantidad de versos dadaístas que seas capaz de escribir pensando en el ser amado (Inverness). Aquí las personas tienen obsesiones de lo más singulares (Setas venenosas, Sisool); pero, en definitiva, todas ellas tienen preocupaciones con las que nosotros, los lectores, podríamos sentirnos de algún modo identificados, aunque nos parezca que nuestro mundo es bastante distinto.
Teoría del todo, en conclusión, es un delicioso libro de cuentos encuadrados en un universo paralelo que se nos antoja terriblemente delicioso. Los personajes de Paula Lapido nos resultaran entrañables, patéticos o terroríficos pero, en todo caso, nos serán cercanos e inolvidables. Estas historias no tienen nada de común, aunque sus actores las vivan con la naturalidad del que entiende las reglas del juego. Meterse en ellas es sumergirse en un mundo fantástico, único, irrepetiblemente hermoso que no estaremos dispuestos a abandonar. Encontrar este libro y leerlo es, en definitiva, como abrir la puerta una calurosa tarde de agosto y encontrar que alguien te ha dejado un aparato de aire acondicionado en la alfombra.
No creo que lo que denominamos “todo” pueda ser explicado de forma sencilla, por más que los científicos idealistas se calienten la cabeza para encontrar una teoría válida. Lo que sí os puedo decir es que si os decidís por este libro, es bastante probable que acabéis enamorándoos de prácticamente todo lo que hay aquí escrito. Inténtalo. Te repito que el título es Teoría del todo, y recuerda no buscarlo en la sección de física cuántica.
Cristina Monteoliva

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Título: El otro fuego
Autora: Inés Mendoza
Editorial: Páginas de Espuma
Págs: 104
Precio: 13 €
Vivimos encorsetados por las imposiciones sociales y las que nuestros propios miedos nos obligan a asumir. Tal vez la mayoría seamos felices de esta manera (¿por qué no?), quizá estemos viviendo realmente la vida que queremos para nosotros. De vez en cuando, no obstante, escuchamos con asombro historias como la de aquel tipo empleado de banca que de pronto lo dejó todo para convertirse en feriante. La pregunta es inevitable entonces: ¿qué es lo que lleva a personas tranquilas y en apariencia predecibles a hacer cosas que nunca imaginaríamos de ellos? Tal vez en “El otro fuego”, el libro de relato breve de Inés Mendoza, hallemos la respuesta.
“El otro fuego” es un volumen compuesto por un evocador prólogo escrito por Eloy Tizón y un total de doce cuentos de extensión variable en donde abunda la narración en primera persona (siete son las piezas con este tipo de narrador) por encima de la clásica en tercera persona (encontramos tres cuentos con narrador omnisciente), pero sin olvidar tampoco a la compleja narración en segunda persona (un total de dos cuentos están así narrados), narración ésta última aún más cercana que los otros tipos nombrados, y a la vez tan difícil de manejar (tranquilos, que Inés Mendoza lo hace con mucho éxito).
Así que tenemos doce cuentos donde abunda la aproximación del narrador con el lector, doce piezas que deben su nombre de conjunto al primer relato que abre este libro: “El otro fuego”. Tras la lectura de este primer cuento, no sólo nos damos cuenta de lo que vamos a encontrar de aquí en adelante, sino también de lo acertado del título de este libro, en general. Y es que los protagonistas de estas historias tienen una llama en su interior, algo que pugna por salir y convertir sus vidas en algo muy diferente (para bien o para mal). Puede ser una luz brillante casi apagada desde la infancia (“El otro fuego”), tal vez se trate de la ilusión en todas sus facetas (“Rosas amarillas”, “A pesar de la lluvia”, “La estela nocturna”), incluso por seguir existiendo más allá de lo posible (“Mutaciones”, “Estación del destierro”). Algunas veces será una pasión adormecida desde hace mucho (“Motivos de sábado”) o de otra tan intensa que no sabríamos explicar en qué momento se generó en nuestro interior (“Jardín”, “La jungla del ojo”). A menudo esa llama que nos guía hará que los personajes cometan actos que los demás no llegan a entender (“Origami”, “Un hombre con sombrero negro”), como si eso realmente importara.
Especial mención merecen, no por ser más interesantes que los demás (que cada uno elija de este libro aquella pieza que nunca podrá olvidar, si acaso no las elige todas), los relatos titulados “Cuento neoplástico” y “Rosas amarillas” en los que los protagonistas y el fuego motor son la misma cosa (la envidia en el caso del primero, la ilusión (en su sentido más cruel) en el segundo), dejando constancia así de que un buen cuento no tiene porqué tener siempre protagonistas humanos, por decirlo de alguna manera.
Como afirma Eloy Tizón en un prólogo que no hará más que despertar tus ansias por devorar de inmediato todas y cada una de las páginas de este breve volumen, los cuentos de Inés Mendoza con cajas llenas de sorpresas en los que nunca sabes lo que puedes encontrar en su interior. Imposible predecir hasta donde llevarán sus pasiones a esos personajes en principio grises, tan hastiados de una vida que no les llena, tan necesitados de seguir esa luz en su interior que de nuevo se enciende. Gracias a una prosa tan atractiva y sugerente, a esa forma de escribir de Inés Mendoza tan suya en la que la realidad que conocemos y la que quisiéramos que existiera se funden para formar un mundo nuevo y mágico, pronto quedarás atrapado en todas y cada una de estas historias para desear, si es que aún no lo has hecho, encontrar tu otro fuego. ¿Te atreves a comprobarlo?
Hay una llama dentro de cada uno de nosotros, un fuego que a veces amenaza con extinguirse para siempre, pero que otras se desborda. Es bueno saber que esa luz existe, que podemos seguirla y hacer cosas muy positivas por nosotros mismos. Si queréis saber cómo, nada mejor que encontrar vuestro camino leyendo “El otro fuego”, el fantástico libro de relatos del que hoy os he hablado.
Cristina Monteoliva

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Título: Cuentos históricos del pueblo africano
Autor: Johari Gautier Carmona
Editorial: Almuzara
Págs: 144
Precio: 15 €
Algunos libros llegan a sus lectores de la forma la más insólita. El caso de “Cuentos históricos del pueblo africano” de Johari Gautier Carmona (Ed. Almuzara, 2010) es uno de esos casos que me place contar en esta reseña porque ilustra la sorpresa que he sentido al abrirlo y leerlo. Lo hallé en la librería a la que suelo ir habitualmente junto con muchos otros libros que hablan de África, la retratan y le dan vida en nuestro imaginario empleando todo lujo de imágenes de safari, animales exóticos, fusiles, extensiones infinitas de tierra desértica y las típicas historias de amor en tiempos de colones despiadados con sentimientos nostálgicos. Me pareció interesante el título: Cuentos históricos del pueblo africano. Era evidente que aquí no se hablaba del continente negro como fin lúdico o morboso sino de una aproximación a su gente, así por lo menos lo entendí yo, y eso me fue confirmado al leer las citas que aparecen en su interior. Una de ellas me marcó especialmente: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo” de Nelson Mandela. Claramente, esta obra no es un simple divertimiento literario o una ficción previsible y aburrida de un autor que desea seguir los pasos de innumerables escritores exploradores de lugares ya mil veces descubiertos por los africanos. Todo lo contrario.
La compra del libro se antepuso a los muchos otros que batallaban por un espacio vital en la estantería de por sí saturada y, ya sentado con la calma que impone el interior de mi casa, reposado sobre mi sofá aterciopelado, descubrí que la obra del autor franco-español albergaba mucho más que cuentos de una calidad incontestable. Representa un viaje al África humana y profunda, al continente que siempre hemos tenido a la vista y que pocos autores han descubierto por falta de sensibilidad e interés. Puede resultar algo sorprendente lo que plasmo en estas líneas pero Johari Gautier es un escritor explorador que ha sabido descubrir y presentar al pueblo africano bajo otra luz, describir su orgullo, sus encantos, su historia, y lo ha hecho porque se siente ligado a él por algo más que la necesidad de observar su riqueza material. Su deseo de sentir esa humanidad es notable. Son pocas las obras que rezuman tanta belleza estética y tanta profundidad humana.
El escritor describe con 18 relatos muy interesantes y entretenidos varios momentos claves de la historia africana, partiendo de la época de los egipcios para llegar al movimiento de los derechos civiles de los afro-americanos en la América del tan querido Barack Obama. Este viaje nos hace pasar por el imperio de Axum en Etiopía, el Imperio de Malí de Sundiata Keita, el pueblo de los Lebous en Senegal, el imperio Songhai, los Ashanti y los fanti, el pueblo zulú y, más adelante, la conmovedora experiencia de los africanos desplazados a la fuerza a consecuencia de la trata negrera. Cada uno de los relatos divulga una imagen nueva y sentimientos encontrados, una sensación de poderío y de dolor, de voluntad y fatalidad. Rápidamente, me di cuenta que iba a dedicar más horas de lo habitual al sofá de terciopelo y eso se debía a que la obra me había seducido por completo.
Más que una lectura fascinante, “Cuentos históricos del pueblo africano” es una obra que uno aconseja a un hijo, una mujer, un amigo, un viajero o, incluso, un desconocido para que sienta algo nuevo y entienda el verdadero poder de un cuento. Con esta obra, he podido comprobar que la literatura de viaje también puede transportar a otros tiempos y a otras humanidades y que todas ellas son maravillosas. Espero leer algo más de este autor que, sin duda, nos hace más cercano del continente africano.
Alberto Campos
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Título: Lo breve
Autora: Cristina Grande
Editorial: Tropo Editores
Págs: 103
Precio: 10 €
Nunca he sido capaz de escribir un diario de manera continuada, por más que lo haya intentando. Tampoco se me da bien escribir anotaciones todos los días en la agenda. A veces he pensado que tal vez debería simplemente escribir pensamientos al vuelo, tal vez impresiones inesperadas, pedazos de la realidad que tal vez merezcan ser recordados. Ahora me encuentro que hay alguien que también ha pensado que sería una buena idea, y es más, ha llevado el proyecto a muy buen puerto. Me refiero a Cristina Grande y a su libro, Lo breve, del que pasaré a hablaros de inmediato.
En realidad, lo que ha hecho Cristina Grande es mucho más que anotar pensamientos al vuelo o escribir un diario personal. Pero, ¿cómo podríamos calificar una obra tan singular como ésta de la que hoy pretendo hablaros? Será mejor que empiece intentando explicaros en qué consiste: Lo breve es un volumen compuesto por 53 piezas así enumeradas, sin título, todas con una extensión (breve, como el título del libro indica) similar, lo que hace de este libro un compañero ideal para cualquier situación (viajes en metro o en autobús, esperas en la consulta del médico, tardes en la playa...).
Ahora bien: ¿se podría considerar esta obra un diario al uso? No, no lo creo: lo que aquí sucede, todos los pensamientos, las vivencias propias y ajenas y las impresiones que la autora comparte con todos nosotros, los lectores que decidimos adentrarnos en las páginas de este libro, no tienen un orden temporal.
Por el mismo motivo, y aunque muchos de los datos revelados aquí podrían servir más adelante para escribir una biografía, tampoco podríamos calificarlo como obra biográfica tal y como hoy en día lo entendemos.
Por otra parte, cada una de estas piezas tiene mucho del artículo de opinión (y de hecho, antes de recopilarse en este librito, fueron publicadas en prensa), también del cuento.
No, nada de lo que aquí sucede es ficción. Todo es absolutamente real. Sin embargo, al igual que en el cuento, Cristina Grande sabe darle a estos artículos un comienzo atrayente, un desarrollo ágil y un final sin duda impactante. Es más: Grande sabe exactamente donde poner ese punto y final, donde dejar de narrar antes de que el lector pueda perder el hilo del tema principal para perderse en divagaciones que empobrecerían el conjunto del texto.
Con respecto a la temática, podríamos decir que es de lo más variada: recuerdos propios y familiares, tradiciones aragonesas, noticias de actualidad en el momento de la escritura, sensaciones transmitidas por la naturaleza, el mundo rural y el urbano, anécdotas de las que no se olvidan, etc. Parece como si cualquier momento fuera bueno para Grande a la hora de desnudar por completo su alma, para ofrecernos lo mejor de ella misma sin tapujos en un ejercicio de sinceridad extrema y valentía literaria y humana. ¿Creéis que habrá mucha gente capaz de algo así?
Cuenta Cristina Grande en el prólogo de este libro que, aunque nació en la rebotica de una farmacia, no estudió más tarde farmacia justamente porque no le gustan las historias tristes. Tal vez ella tenga mucho de farmacéutica, aunque aún no se haya dado cuenta. Y es que son sus textos de este libro pequeñas pastillas cargadas de sinceridad y buenas letras, colirios para hacer llorar o para todo lo contrario, cápsulas de felicidad ajena que de pronto nos hace sentirnos mejor... (Y paro de contar, porque no acabaría nunca). El caso es que así pasa siempre con la buena literatura: leerla es como tomar un medicamento que apacigua el alma, que nos relaja el cuerpo, que nos transporta a otro mundo. Lo breve es una medicina para el organismo sin efectos secundarios. No dudes en probarlo, pues enseguida empezarás a sentirte mejor.
Nunca he sido capaz de escribir un diario de forma continuada. Tampoco tengo papel y bolígrafo a mano cuando pasan por mi cabeza pensamientos que tal vez merezcan la pena ser contados. Pero no me importa. Por ahora, prefiero que sean otros los que hagan este tipo de ejercicios literarios, más aún cuando lo hacen tan bien como Cristina Grande en Lo breve. Os invito a que lo comprobéis por vosotros mismos. Estoy segura de que no tardaréis en darme la razón.
Cristina Monteoliva

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Título: Cada noche los lobos
Autora: Lola B. Gallardo
Editorial: Traspiés
Págs: 153
Precio: 12 €
“Menos lobos, Caperucita”, “¡Que viene el lobo, que viene el lobo!”, “Lobo con piel de cordero”, “Como una jauría de lobos hambrientos”, “Cinco lobitos tiene la loba, blancos y negros debajo la cola”, “Verle las orejas al lobo”… En materia de lobos la cosa no difiere mucho respecto de otras cosas de la vida: atracción y repulsa, miedo y admiración.
No todos, pero sí muchos de estos dieciocho relatos sobre soledades lobunas, sobre mujeres que sin ser licántropas se transforman al llegar la noche y ahogan los aullidos de dolor en la barra de algún bar, sobre gentes que en resumidas cuentas sufren en sus carnes aquello de “El hombre es un lobo para el hombre”, producen mas atracción y admiración que repulsa, puesto que todas las narraciones mantienen un buen nivel, contribuyendo a crear un conjunto homogéneo en el que no hay diferencial muy grande. Y de una cifra tan abultada como dieciocho, yo solo señalaría como prescindible “Ana sueña cronopios y laberintos”, y eso más que nada por hartazgo de homenajes y de citas, de referencias y de reenvíos invisibles al argentino.
Digo que tirando por lo bajo y cuanto menos, la variedad está servida Y es que la autora demuestra que lo terrible puede tornearse al menos mediante cuatro procedimientos:
-Relatos de ambiente y refinamiento.
-Relatos trufados de humor negro.
-Relatos balsamizados por una sensibilidad poética.
-Relatos que rinden tributo a los clásicos y a los maestros norteamericanos del género.
“Fino algodón egipcio”, es la cinta de oro que se corta para inaugurar este volumen. Al leerlo (y ya no lo he olvidado, frente a otros compañeros menos afortunados a los que he tenido que revisitar a la hora de realizar esta reseña) recordé aquella película no sé si de Visconti, no sé si titulada “El inocente”, en que la ambientación emocional y los riquísimos y excelentísimos decorados, cuidados al mínimo detalle, construyen una historia sólida, contundente, sin fisuras, y que por su misma naturaleza no desencajaría en esta recopilación, podría pasar por ser un relato de este libro. Un relato monumental, para mi gusto, que solo está un poco por encima del otro preciosista trabajo de orfebrería, “Vasily Gurchenko”, que hay que ubicar en lo que he dado en llamar “balsamizados por una sensibilidad poética”.
“Desde la Patagonia al Canal de Panamá” es el relato señero del grupo integrado por aquellos de humor negro, donde “Todas las lágrimas” es un ejemplo de inventiva de corte “realista”, tangible, calificable. A pesar de estar referido a una cebolla, uno sabe que se refiere a una cebolla. Con otros escritores “tallerísticos” uno tiene el problema de que no puede agarrar al toro por los cuernos ni al relato por el tema, porque realmente no sabe de qué está tratando. Otro tanto cabe decir de “Eso no va a poder ser”.
He de reconocer que a mí el tema de las falsificaciones siempre me ha fascinado, teniendo en cuenta que a veces temo que me van a detener. No por falsificador, sino porque cuando pago con tarjeta, casi siempre mi firma es irreconocible: no consigo que se parezca en nada a la original.
Para el caso de Lola B. Gallardo no podemos hablar de falsificación, pero sí de mimesis perfecta para con la fuente de inspiración. “Like a rolling stone” y sobre todo “Mimí a cielo abierto”podrían haber sido tecleados en la máquina de escribir de cualquier escritor/a norteamericano/a de los 50 (Relatos que rinden tributo a los clásicos y a los maestros norteamericanos del género). Allí donde uno mire, en esos dos relatos encuentra la sencillez constructiva de la literatura de esos comedores de hamburguesas con patatas, historias corrientes y molientes que nunca, aun por parecidas dejan de cautivar.
Remo y Rómulo, los creadores de lo que hoy conocemos como Roma, fueron amamantados por una loba. Un engaño, una invención, literatura al fin y al cabo. El imperio romano fue amplio y duró lo suyo. Los relatos de Lola B. Gallardo son muy cortos, lo justo, y puede que no hagan historia, ni se estudien en la universidad como el derecho romano, pero sí que se percibe en ellos una solidez pétrea, de piedra de acueducto, o de calzada romana.
José Cruz Cabrerizo

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Título: A Diez Mil Años Luz
Autor: James Tiptree Jr.
Traducción: María Pilar San Román y Fernando March
Editorial: Grupo AJEC
Págs: 254
Precio: 16,95 €
Si tuviéramos que poner banda sonora a “A diez mil años luz”, de James Tiptree Jr., cogeríamos a Jean Michael Jarre, el animoso de los campos magnéticos que muchas veces me coloco en el lector de CDs cuando limpio la casa; a Constance Denby, la de la grandiosidad celestial y la completa ubicuidad espacial, que también me pongo para meditar mientras limpio la casa; y al Jeff Barry del chispeante tema del año 60 “The face from outer space”, donde mi mala comprensión del inglés hablado no me permite diferenciar claramente ni las preguntas ni las respuestas del pobre marciano cuya voz parece salida de un pedal gua-gua, y que parece no estar pasándolo muy bien por estos lares.
Es seguro que no sabré trasladar fielmente algunas de las virtudes técnicas de este libro, si tenemos en cuenta que he leído poca sci-fi. Pero no hace falta ser un lumbreras para decir esto: es un libro de calidad literaria más que suficiente, que puede llenar de satisfacción lectora a un segmento amplio de público, desde el que nunca ha mirado un renglón de ciencia ficción hasta al entendido más purista. Porque parece que todo quepa en este volumen. En determinados relatos uno se tropieza con el guiño ácido-festivo de una Dorothy Parker que un buen día, metida en camisa de once varas (James Tiptree Jr. no es un hombre, sino el seudónimo de una escritora Alice B. Sheldon), se sentara a escribir ciencia ficción: “Socorro”.
Luego está la deformación patafísica, la convivencia surrealista-real-absurda del Boris Vian de “La espuma de los días” en “Las puertas del hombre dicen hola”.
Y también el lado más filosófico, el más oscuro, el más arcano para los lectores ocasionales de sci-fi que se oferta en “Sabio en el dolor”, o en “El hombre que volvió” (con razón se armó tanto revuelo hace poco con el acelerador de partículas del CERN y el agujero negro), que no dudo harán las delicias de los entendidos.
James Tiptree Jr. o Alice B. Sheldon, se explaya en el oficio de la escritura, deja de lado los aspectos más “hard” o ininteligibles para un lector poco curtido en los terrenos de la ciencia ficción, y tomando algunos elementos de la space opera (marcianitos a los que caricaturiza), demuestra su pulso literario en relatos como “Os somos fieles, tierra, a nuestra manera”, y rinde un matemático, perfecto, impecable tributo a los clásicos en “Una eternidad en la bahía de Hudson”.
Hay también relatos no exentos de una crítica velada y mordaz quizá a los usos y costumbres “terranas”, como el afán de la competitividad que es la materia principal en el citado “Os somos fieles, tierra, a nuestra manera”, Y a la diplomacia o las prácticas inoperantes de una diplomacia que evita mojarse para aprovechar todos los ríos revueltos, y que sale a colación en “Te estaré esperando cuando la piscina esté vacía”.
“Nacimiento de un viajante” no recuerda desde luego a “Muerte de un viajante”, la obra teatral Arthur Miller. Pero tampoco es un título muy orientativo sobre la naturaleza final del relato. Así que uno no sabe si podría ser un guiño cómplice a aquel que sufrió la caza de brujas o por el contrario la figura de este agente de aduanas espacial es una ironía feminista hacia este dramaturgo que el tiempo que estuvo casado con Marilyn Monroe la hizo sentirse inferior. Una estupidez como otra cualquiera, esta de buscar relaciones, por que lo que importa es el relato, ligero, divertido, y con cierto aire a astracanada.
Esos aspectos duales, ese terreno resbaladizo no permite afirmar que “A diez mil años luz”, sea un solo libro, o un libro cómodo. Y no me refiero a lo incómodo de tener que leer “Mamá vuelve a casa”, incomprensible relato en el que debe haber fallos de imprenta, porque en una colección impecable no se explica una traducción llena de incoherencias que parece hecha con uno de esos traductores automáticos de Internet, tipo Tarzán. Página 52, se habla de Tillie, una lingüista que trabaja en el mismo departamento de inteligencia que el protagonista: “Tillie a los quince había recibido el tratamiento completo de una banda callejera. Lucha de navajas, vivir o morir… la historia de siempre. Ellas la habían acondicionado tan bien como si fuera, excepto por una cuantas interesantes líneas blancas en su bronceado, y una pared de dos metros entre ella y cualquiera que se afeitara. No lo mostraba la mayor parte del tiempo; tenía una bella y sincera, y seguía llevando sus viejos vestidos y jugaba a ser tímida. Pero en su interior estaba permanentemente en una guerra de guerrillas”.
El relato citado y un gazapo en “Súbenos a casa” (en la página 241 Hobie tiene “unos vivaces ojos grises debajo de un pelo rubio…” y ya en la 243-244 “Clavó la mirada en los ojos de color avellana claro de Hobie…”), sólo son manchas. La incomodidad a la que me refería, no viene a ser ni más ni menos que un efecto, el necesario efecto que todo relato/libro debe provocar en el lector. En este caso el lector taxonomista intentará por todos los medios poner una etiqueta al conjunto, pero le va a ser imposible agarrarse a un asidero porque estamos ante un producto rupturista e inclasificable que excede los límites de la ciencia ficción. Y a decir de los entendidos, también ante la mejor obra de la autora.
La naturaleza resbaladiza, lo dual vociferante-subterfugio también reside a partes iguales en “Súbenos a casa”. Página 244: “Habían estado hablando de la situación mundial, que por aquel entonces era bastante próspera y apacible. Es decir, unos setenta millones de personas se morían de hambre, varios países desarrollados se mantenían gracias a tácticas policiales de terror, se luchaba por cuatro o cinco fronteras, la patrulla encargada de mantener la seguridad en el barrio había herido gravemente a la asistenta de la familia de Hobie, y la escuela había instalado una alambrada electrificada y reforzado su patrulla con dos perros. Sin embargo, ninguno [sic.] de las naciones importantes estaba esgrimiendo armas de fisión, y la tregua entre Estados Unidos, URSS y China era una realidad desde hacía veinte años.” Es la narración más “realista” del conjunto, y en ella planea el tema eterno de la identidad, pero de modo subterráneo pareciera criticar la política exterior norteamericana (no debemos perder de vista que la escritora abandona su trabajo en la CIA en 1955, y probablemente sabría lo que se empezaba a fraguar).
En “Historia de la luz”, la más que interesante obra de divulgación del también escritor de ciencia ficción Ben Bova, se nos desvelan los múltiples aspectos de la luz. Entre otras cosas, que no es universal, tiene un efecto diferente en cada persona, al final casi es una cuestión de gustos. Los quince relatos de este “A diez mil años luz”, solo absorben luz, no la emiten. Pero el otro día leí algo de Punset sobre las cosas que no admiten explicación, y de qué manera no nos acostumbramos a esa idea de lo no explicable. Aunque este libro no emita luz, desde luego brilla con luz propia. Algo inexplicable para Punset. Algo grande para la literatura: que como en un mecanismo cuántico, a la vez coexistan diferentes nichos ecológicos de la ciencia ficción a los que los distintos lectores puedan acceder solo con un agujero de gusano que se llama página.
José Cruz Cabrerizo

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Título: Bajo el influjo del cometa
Autor: Jon Bilbao
Editorial: Salto de Página
Págs: 249
Precio: 19,50 €
“Hasta dios está loco y la virgen tira piedras”, reza el dicho popular con que uno se refiere a ciertas perturbaciones o mismamente aberraciones conductuales colectivas que no sabe explicar. A menudo bajo el supuesto estrato de normalidad subyace la fangosa naturaleza del monstruo (en condiciones de temperatura y presión ambiente, no hace falta que el personal esté “Bajo el influjo del cometa”). Bien, pues ese podría ser uno de los vectores de esta colección de cuentos que me ha deslumbrado como la cola del Hale-Bop, el cometa que da origen al relato que da título al libro.
Se me olvidaba decir que es que en mí también habita el monstruo. Él pensaba que Jon Bilbao era de ese tipo de escritor novísimo que había tenido la suerte de dar con un filón de frikis deseosos de ser los primeros en haber descubierto un becerro de oro. Pero mi experiencia me viene demostrando que los de la editorial Salto de Página no yerran el tiro. Y como equivocarse es de tontos, pues ahí estaba yo, ciego en el país de los tuertos, teniendo que rectificar mi nulo punto de vista al atisbar una escritura contundente, cuyo paso siguiente consiste en afianzar el anterior, un discurso narrativo al servicio, nada más y nada menos, que de un contador de historias. Al final, ocho relatos casi a escala 1:1. Y eso porque los relatos se van desplegando con una lentitud geológica y necesaria; con una extensión que no invita a ninguna relectura, pero suficiente; palpables y reales como ese vecino que saca la basura a deshoras.
Creo que era Ángel Zapata citando a alguien, quien decía que en los relatos de ahora no se come. Que en la literatura del XIX se comía, y había placer en ello. En el libro de Bilbao se come, sobre todo mucho cordero, y tiene algo de narrador clásico, nada de cocina experimental con platos desecados a base de nitrógeno líquido del tipo “fulanito/a, arquitecto/a de éxito estaba en una encrucijada de su vida en la que si podía ser que sí, iba a ser que sí, y si podía ser que no, iba a ser que no y por eso puso agua de por medio iniciando una nueva vida en el minimalista apartamento neoyorkino del edificio Dakota…” Nada de esa nata montada que con la facilidad que procura la ósmosis inversa se disuelve en las papilas gustativas sin dejar rastro. “Y qué le voy a hacer, si me gusta el buen comer…” cantaban los payasos de la tele seguido del “poromponpon, Manuela, poromponpon, Manuelaaaaaa”. Pues eso.
Bueno, me he equivocado. “Belígero”, si es de ese tipo, pero solo en cuanto a la protagonista: chica de la tele que debe andar bastante hastiada del éxito busca rincón apartado donde encontrar su camino de iniciación como yogui. Y también de paso quiere entrar en comunión con la naturaleza a través de un zorro que la desquicia, dando la razón al acervo popular japonés que trata al zorro como un animal maléfico que vuelve locas a las personas. Pero hace demasiado frío, y estos labriegos son todos unos gárrulos que quieren matar a mi zorrito, el mío, porque ha hociconeado en el corral de una abuela sorda. Yo, que ahora soy una ecologista furibunda con delirios de conexión cósmica lo voy a salvar. No me estoy mofando del relato. Es así de poliédrico: uno lo puede contar de esa guisa, a costa de la pija, sombra del urbanita cargado de soplapolleces que cuando llega al campo quiere poner a comer latas de conserva a quien siempre se ha tenido que ganar el sustento. Lo otro, la atmósfera, las pequeñas señales equívocas o ruido de fondo, brindan una lectura inquietante, el lector muy pronto empieza a querer atar la gavilla de sus barruntos y termina equivocándose de cabo a rabo, y termina con el rabo entre las piernas humillado por ese “savoir faire” y reconociendo las facultades de trilero con clase que luce el escritor, capaz de tensionar nuestros nervios, y eso sin ser un relato de suspense ni de misterio. Un combinado cuyo final da para pensar un rato: ¿somos así, y con este tipo de gente, cuya cordura pende de un hilo tenemos que convivir? Es extraño que no pasen más cosas. Hasta dios está loco y la virgen tira piedras.
“Los espías” es anterior, el que abre el libro, y el primero de esta serie de tres en que la normalidad de los personajes “normales” es una falacia. Pero aquí el juego es todavía más sutil. Es casi al final cuando nos vemos obligados a recomponer la pose, rápidamente tenemos que hacer permutaciones binarias. ¿Cuál es la combinación ganadora? Espiador-espiado, espiado-espiador, espiador-espiador… Porque claro, ya el lector había juzgado, tenía repartidos los papeles entre los buenos y los malos y de pronto su verdad era un castillo de naipes donde habitan un par de neuróticos. Jon Bilbao sabe lo que interesa: queremos personajes cercanos a nuestra cotidianeidad, con una sencillez vecinal, y sobre todo y por encima de todo, saber tanto tantísimo de ellos que quepamos en ellos para vestirnos su traje.
Incluso en los entornos más raros (“Una victoria parcial”, tercero de la cuerda que citaba), la angustia existencial, la consciencia de una vida cuyo valor es el del conjunto vacío, la deformidad maniática (¿por qué necesitan disponer de la playa en exclusiva absoluta, como si estuvieran en la escena final de “El planeta de los simios”?) se expresa a un nivel entendible, con una plasticidad supina sin ese lenguaje cabalístico que luego da tanto juego a los escritores en las entrevistas, como a los políticos en las grandes cumbres internacionales donde se dice mucho y no se ataja problema alguno.
Y si antes he citado una película, creo que los cineastas lo tienen difícil con los relatos de Bilbao. Porque son tan visuales como algunos de sus elementos: el agua marrón del barreño sobre la que flota una capa de grasa, o esa voz como un estropajo viejo, o página 74: “… de su gran boca manaba una nube de vapor de agua que, con el frío de la mañana presentaba una apariencia consistente y bulbosa, como un colosal cerebro albino”). Un director, un guionista, no podría más que trasladar plano a plano, secuencia a secuencia, lo dicho en cada narración, adiós a su impronta personal, en estos metrajes largos que se desvían en ramificaciones necesarias hasta generar la copa esférica y perfecta de un árbol cuyas ramas se comunicaran en forma de redes neuronales, no hay ninguna calle cortada y el inciso que ahora se produce conecta perfectamente con lo anterior y lo que viene después.
Quizá el único ejemplo en que esa “visión cinematográfica” hace resentirse a la narración es la parte de “Soy el dueño de ese perro”, en que dos personajes conversan en un despacho y el diálogo desprende cierto tufillo a gato-ratón, entre lo que podría extrapolarse al esquema de un detective duro y un interrogado al que se acorrala (aunque aquí los papeles virarán en un momento determinado). Por lo demás esta historia trasmite esa sensación de totalidad, otra vez repito lo de esférica porque no hay fisuras, el lector tiene la sensación de haber leído una novela condensada. Y además se adereza con componentes del cuento antropológico de toda la vida ya que consigue espolear la racionalidad del lector retrotrayéndolo a sus miedos de niño.
La foto fija, ese fósforo que se quema a sí mismo también encuentra su rincón. “El mejor regalo posible” es el relato inesperado y bisagra que remansa el ánimo del lector, que viene de unas lecturas que le producen una inquietud de baja intensidad pero de frecuencia constante. Pero esa placidez solo se consigue cuando el relato termina. No porque sea aburrido o malo, sino porque no sabiendo cual es su extensión uno se prepara para un relato de fondo, atento a las múltiples expectativas que se podrían ir abriendo, dispuesto a que el detonante, le estalle de un momento a otro. Y no hay detonante, sino un giro inesperado en forma de reacción intermedia (ni huída ni lucha) de uno de los contendientes que se baten literalmente en el relato. El final nos conduce a un fundido en negro por un camino aterciopelado con un pasamanos hecho de filamentos de erotismo. Contrariamente a lo que cabría pensar, desemboca en un dulce adormecimiento poético.
El anterior es el mejor entremés posible antes de atacar este plato consistente titulado “Un padre, un hijo”. Ya digo, que menos el anterior, cada uno de los siete relatos proporcionan por sí mismos la sensación de haber leído mucho. Y no por cansancio en la extensión de las historias. Hay libros que pese a gustar uno agradece cuando terminan, pero este, aún con sus 249 páginas se cierra sin sentir alivio. En ese orden de cosas uno hubiera aguantado Jon Bilbao para rato.
Bueno, volviendo al relato, el caso es que creo que antes hablé demasiado rápido de “novela condensada”, porque esta narración, esta auténtica road movie, sí que lo es.
Si el fin de un relato es contar una historia, me parece que una prueba de su rendimiento (energía invertida vs. trabajo conseguido) es el hecho de que pueda ser resumido en pocas palabras. Pues bien, los relatos de este libro admitirían perfectamente una indización mediante unos cuantos descriptores, y un abstract. Los descriptores de “Un padre, un hijo”: dios, todo lo demás. Abstract: un hombre físicamente fuerte, iracundo, con una buena cuenta corriente, cree que puede, que es su deber organizarle la vida a todo el mundo. Incluido el amor.
Para resumir el acierto de Bilbao a la hora de dibujar sus personajes solo se me ocurre compararlo con algo que hacen los biólogos: la PCR o reacción en cadena de la polimerasa. Por lo que sé se trata de multiplicar ADN. Si los personajes tuvieran eso, ADN, los de Jon Bilbao serían genéticamente puros, sin máculas. ¿Cómo consigue replicar estos segmentos completos de biografía? Si yo lo supiera no estaría escribiendo esta reseña, sino un relato.
“Ha desaparecido un niño” como el anterior, es otro “espejo social”. En el anterior, un padre-dios debería dar un hijo-dios, y no alguien a quien un palmetazo de su padre en las espaldas casi le disloque un hueso. Una mujer, según cualquier manual de antropología, como fruto de la educación recibida debería ser la antítesis de la protagonista de este relato, máxime si su madre es una señora madre de las de toda la vida.
O los mecanismos de respuesta vecinal que se desatan en este relato son producto del fariseísmo social y la protagonista es la única capaz de reconocérselo a sí misma, o es que en el fondo nos puede la parte animal, y para nuestros adentros pensamos lo de “si cae alguien, que seas tú”. Para recomendar este relato solo podría volver a enarbolar mis ya cansinos argumentos anteriores, pero no podía dejar de citarlo al menos.
Y en “Bajo el influjo del cometa”, como en todos los anteriores el lector sigue pisando sobre losetas sueltas que resuenan a cada paso. Solo cuando hemos pisado, oímos el ruido y ya no hay forma de evitarlo; solo cuando el escritor muestra una nueva evidencia, el lector comprende que sus elucubraciones anteriores no tienen sentido, y que efectivamente estos vecinos tan normales (los protagonistas) también están más para allá que para acá, a tenor de su afán por perpetrar un robo con el único afán de deshacerse del botín.
Pero tampoco el argumento es convencional. Desastres naturales o nucleares: abarca a todo el planeta, todo el mundo está jodido, y cada cual salva su culo. En este relato, contrariamente a lo habitual, la cosa sucede en el punto medio: solo algunas partes de los países se ven afectados por un fenómeno natural, esto es, el paso del cometa Hale-Bop, que desde hace semanas inutiliza las redes eléctricas y a partir de ahí todo lo demás. Otras partes a pocas horas en coche, siguen con su rutina habitual, pero en cualquier caso la vida discurre por unos cauces no tan terroríficos como siempre imaginamos.
Parece mentira que la luz de muchas de las estrellas que vemos haya viajado durante millones de años a la máxima velocidad, la de la luz, y que esos mismos cuerpos celestes se hayan extinguido en tanto que su producto energético sigue viajando. Es algo parecido a la literatura, autores muertos cuyas obras se siguen leyendo. Jon Bilbao es lo más parecido un clásico, y esto casi no pega con lo anterior, pero bueno. De modo que aunque usted sea una de esas personas que solo leen un libro en el puñado de años que tarda un cometa en pasar dos veces por el cielo, este bien podría ser el suyo.
José Cruz Cabrerizo

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Título: Edificio
Autora: Ana García Bergua
Editorial: Páginas de Espuma
Págs: 147
Precio: 14 €
“Este libro trata de un edificio donde cada departamento es un cuento que se entrevera un poco con el de al lado...” dice la contraportada. Y como por ensalmo se nos aparece la contraportada de algunos tebeos que se cerraban con las historietas de 13 Rue del Percebe, ese bloque de viviendas y bajo comercial con tantas historias nucleares y sugeridas (pero lo suficientemente explícitas) como casilleros componían el edificio. Y con su alcantarilla en la acera, de donde siempre emergía un hombre. Disparate en estado puro, risa asegurada, y otra vez a empezar por la página primera, hasta que uno sabía de memoria los diálogos en cada bocadillo.
Así como los edificios sufren el mal de la piedra, la memoria sufre el mal de la acidez analítica. Mi mirada actual, en la que pesan insistentemente miopías y astigmatismos, me dice que las historietas de 13 Rue del Percebe eran hilarantes a los ojos de un chavea, tristes a la vista de un adulto que bien podría reconocer en aquel tendero que siempre intentaba engañar a las clientas al vástago de un estraperlista o un Inspector de Abastos. Y el de la alcantarilla (estirando mucho mi capacidad de elucubración) se me ocurre un topo de la posguerra civil española.
Justamente en estos días de reflexión pre reseña me llega la memoria de Carpanta, al que Escobar dibujaba siempre hambriento para risa de los niños (las niñas leían tebeos rosas), pero quizá con la intención subterránea de espolear, de poner ante los ojos de la historia el fantasma de una España necesitada. El mismo Ibáñez, en una entrevista declaraba que llamó a su histórica pareja “Mortadelo” por deformación de “mortadela”, y “Filemón” por “filete”. Sobra añadir que su 13 Rue del Percebe bien puede ser un homenaje (tan sutil como para pasar los filtros de la censura), a todos aquellos seres desvalidos y negros encerrados en el espacio claustrofóbico de una España gris.
Edificio, de Ana García Bergua, tiene la esencia de esa citada página gráfica, que ahora me resulta no tan infantil. No porque el tendero del tebeo se pueda equiparar con el Heberto Franco (hablando del rey de Roma…) de “Los restos del banquete”. Es que sus seres (los de Ana García Bergua) son brillantes y sombríos, en lo literario y en lo existencial respectivamente. Posee la capacidad de convocar el dificilísimo efecto dual o estereofónico de admitir una doble lectura: si usted quiere sonreírse va a poder hacerlo a través de las peripecias vitales de estos personajes que habitan en los distintos departamentos, y en diferentes estamentos de la vida. Por ejemplo con las complicadas disposiciones organizativas, y las últimas aspiraciones combinatorias del bígamo del apartamento 11, el que habita en “Bigamia”. O con el malentendido de “La bolsa” (confusión material y semántica, ya que en algunas partes de América Latina “bolsa” hace referencia a partes masculinas), verdaderamente chispeante y luminoso.
Como si de un tebeo o cómic se tratara, hay además en algunos de los relatos una irrupción de lo fantástico cotidiano, y un quebramiento lógico en la conducta normal del individuo. En “La media hora” ese elemento no se nos revela, pero el ejemplo más claro es “Aplausos”. ¿Qué tal si al llegar a casa se encuentra, no a su familia, si no a unos perfectos desconocidos que le dan la enhorabuena en el mismo día en que ha recibido una mala noticia en el trabajo? Una obsesión se fija en el horizonte de Andrés Taracena: saber quienes eran aquellos individuos/individuas y a ello consagrará sus esfuerzos, que le llevarán a una meta distinta de la fijada. Y es que los vividores de estos relatos se suben en un ascensor que no siempre sigue la vertical, esa es otra de las características de los relatos del libro: no terminan de una forma recta, canónica, lineal, si no que de pronto se bifurcan a un lado. Porque todos, absolutamente todos los actores se tropiezan con una encrucijada en el tiempo que transcurren estas narraciones. Y desgraciadamente la mayoría se equivocan. A Aída Betanzos, la de “Los restos del banquete” ya citado, se le abre de pronto un futuro esperanzador, pero a la vez la oportunidad que no estaba deseando (como no se desea el yate de un millonario, total, dónde lo iba yo a amarrar). Y en el cambio de vías elige la mala, la muerta. Ada, la de “La carta” se fabrica un mundo de esperanzas bobas sobre el amor a un vecino desconocido, y ella también se induce el autodesengaño: p. 21 “Ada por su parte, se ha quedado fría. Voltea y se da cuenta de que sus hijos la miran sorprendidos. Se recompone y regresa a sentarse a la mesa del comedor. Perdonen, una que es chismosa. Toso ser ríen y se ponen a hablar como siempre, pero ella se queda pensando, mientras toma la ensalada, cómo no se dio cuenta de lo chaparro que es, qué barbaridad, de verdad que el amor puede hacer milagros”.
La capa de humor es tan ligera como algodón de azúcar. Como el polvillo de las alas de las mariposas. Un dulzor de hebras que apenas se está percibiendo y ya se disuelve. Ya digo que es un efecto doble: podría resultar cómica la conducta de Felipe Pardo. Elude las insinuaciones de una bomba/bombón por el mero hecho de que parecía japonesa (como su ex mujer), pero resulta ser tan mejicana como Guadalupe. Je je ji ji vaya tío más capullo dejar pasar la oportunidad, se dice el hombre-machote-lector. El mismo que líneas después no se negaría a llevar al pobre Felipe a su casa tras la borrachera. Esa con la que ahogaría la pena de sentirse robado y engañado en la fiesta en la que iba a encontrar a su amor de juventud. Ese efecto de estupefacción envidiosa (vaya oportunidad desaprovechada la de Felipe), asombro (¿cómo es tan tonto de pensar que va a encontrar en esa fiesta a su amor de juventud? ¿y el tiempo no dice nada en este asunto?) y piedad (el lector no se negaría a llevar a Federico a casa después de que este intentara ahogar en tragos su frustración), hacen reseñable este libro salpicado de otros muy destacables relatos que conviene dejar husmear al lector. Pregunte a Aristarco, el portero; él sabe mucho del tema, y también tiene secretos inconfesables de niño. Lo puede encontrar transversalmente en algunos relatos, pero tiene su tabuco en “Los tormentos de Aristarco”. ¡¡Serenoooooo!!
José Cruz Cabrerizo

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Título: Vivo o muerto: Cuentos del Spaghetti-Western
Autor: Varios Autores
Editorial: Tropo Editores
Págs: 155
Precio: 15 Euros
¿Quién no ha pasado más de un mediodía de su infancia tirado en el suelo del salón de su casa y viendo una película del Oeste?
Eran momentos de nerviosismo, las moscas y el calor molestaban hasta que empezaban y te embarcabas en una nueva aventura a diario, en la que Clint Eastwood, o John Wayne, o Lee Van Cleef, o Charles Bronson (y tantos otros más) eran vaqueros duros, que podía mirar a la muerte a la cara y escupirle sin parpadear. Que tenían que vengarse de algún agravio, o pastorear unas reses durante meses, o enfrentarse a los Apaches… Ah… recuerdos, y recuerdos son los que componen esta antología de relatos: Vivo o muerto: Cuentos del Spaghetti-Western.
Para quien no lo sepa, el Spaghetti-Western fue un subgénero del Western rodado en Europa. Podría decirse que se concentró más en España e Italia (A las rodadas en España también se les llamaba Chorizo Western, sí, no se rían). Lo de Spaghetti fue un apodo que la crítica del momento utilizó despectivamente para referirse a este tipo de películas. Aunque más tarde se demostraría, con películas por ejemplo de Leone (Por un puñado de Dólares, El bueno, el feo y el malo), que no teníamos nada que envidiar a los americanos, que convertían a sus vaqueros en puristas defensores del bien mientras que nosotros los hacíamos hombres duros, sucios y con su puntito de oscuridad… y es que al final, todas las estrellas del Oeste quisieron rodar Spaghetti-Western.
Pues bien, que nadie se lleve a engaños: Esta antología, salvo por un cuento, nos trae relatos dedicados a experiencias que vivía la gente cuando a un pueblo llegaban a rodar películas del Oeste, o el despertar sexual de un niño mientras jugaban a los atracadores, o la vida de los extras que arriesgaban su salud para morir decentemente en una película, etc…
Si tuviera que quedarme con un cuento, para mí sería El fantasma familiar, de Felipe Benítez Reyes, ¿Por qué? Porque me ha traído recuerdos muy buenos. En el relato se nos habla de la decadencia de Frank Logan, pseudónimo de un escritor español de novelas del Oeste. Sí, de éstas estilo Bolsilibros de Bruguera, que nos llegaban cada semana escritas bajo los pseudónimos de Lou Carrigan o Clark Garrados (y muchos otros más).
Pero sería injusto no reconocer la calidad global de la antología.
Y lo que es curioso es que, como decía antes, sólo hay un relato que nos habla de una historia de vaqueros, Cuervo. Y para ser sinceros, es el único que no me acabó de llenar porque vi en él todos los clichés de un relato del Oeste pero no muy bien llevados.
Aún así, la calidad de la antología es bastante buena. Así que ya saben, déjense embargar por los recuerdos, amigos, recuerdos de un mediodía estival…
Juande Garduño

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Título: Cambio de rumbo y otras historias pigmeas
Autora: Ángeles Jurado Quintana
Editorial: Baile del Sol
Págs: 137
Precio: 10 €
El 9 de mayo moría el Gerardo Nigenda, fotógrago mexicano e invidente para más señas. Quienes lo conocieron dicen que lo importante para él era el contenido, y no la forma. Y porqué iba a ser de otra forma, válgame la redundancia. ¿Por qué no podría la cámara de bolsillo de un ciego transmitir sensaciones, si detrás de toda comunicación lo que prima es el interés? Quizá el deseo de decir algo prima sobre lo que se dice.
Con la literatura pasa algo parecido, comunica, cualquiera que sea su formato. Ahora bien, hay que tener mucho cuidado con los nombres, porque pobres de aquellos que osen transgredir los límites del nombre. Y es que del microrelato ya hay suficientemente dicho como para no saber qué es o qué debe ser. Por eso me parece un acierto que Ángeles Jurado Quintana hable en el título de su libro de “Historias pigmeas” en lugar de “microrelatos”. Primero, porque de acuerdo al canon, no son microrelatos: carecen de muelles trabajando en torsión, que se liberan al final, de relumbrón fulgurante, del doble sentido… Segundo, porque los popes del microrelato caerían sobre el libro acusándolo de falsamente microrelatístico, de querer aprovecharse de la denominación de origen.
Este libro de instantáneas (“Noche tropical”), tiene el armazón de narraciones brevísimas donde habita el espíritu de relatos más largos, son como historias largas condensadas. “Rebelión frustrada” es uno de los mejores ejemplos. Los hay también que tienen una altura poética prodigiosa, y eso combinando elementos tan divergentes como tecnología y naturaleza, hablo de “El cementerio tecnológico”, o el modelo acertadamente lírico, sutil, envolvente, de “Nana para pigmeos”. Lo sarcástico, en “Reunión de vecinos”. El registro fantástico también alcanza muy buenas cotas de calidad como en el caso de “Libre” y en “Venganza”. Los hay ocurrentes como “Peligro inminente”. Y se descubre también el flash periodístico en “Fin de carnaval”. Y el afán periodístico de denuncia en “La playa”, y “Obras”, donde suponemos que se cita algún desmán urbanístico. Pero he de decir en contra de estos apegados excesivamente a la tierra, o que citan lugares concretos de la geografía canaria, que por eso mismo hacen perder al lector perspectiva, quizá el natural sí asocia el nombre a un lugar, y por ende a una carga emocional concreta, el texto despierta algo en su fuero interno, pero para el insular…
A veces también me he perdido en algunas historias pigmeas, en esta tierra de enanos, sin saber porqué. En “La cena de Woody Allen”, por ejemplo. O en “Personalidad múltiple”. Y luego ya he encontrado la explicación. Sea el relato brevísimo “Oscar” Si uno no leyó en su tiempo la noticia sobre Oscar el gato que en un asilo norteamericano “predice” la muerte de los ancianos, no se enterará de qué va, se queda diciendo “bueno, y qué”. (Pido perdón por destrozarlo, pero no podría justificar mi afirmación de otra forma). O si carece de ciertos conocimientos sobre gorilas, como por ejemplo del hecho de que mirarlos directamente a los ojos significa retarlos, no va a entender el doble sentido, la reciprocidad de “Desafío”. Sin querer dar lecciones de nada yo diría que la próxima vez Ángeless Jurado debería requerir de la enciclopedia personal del lector elementos menos especializados o puntuales, en detrimento de los más genéricos, más del patrimonio común, más antropológicos. Las narraciones pueden convertirse en caso contrario en saltos mortales como ocurre con “Salto mortal”, que es otro al que no logro encontrarle el sentido (aunque la verdad es que no me dejaría matar por negar que sea simple y llanamente torpeza lectora mía).
Cohabitan historias más planas y otras brillantísimas como “Bromas divinas”, o “Cinéfago”… Una nómina más exhaustiva y pormenorizada aburre y no sirve de nada, así que termino. Lo que sirve es leerse el libro, cuyo interés reside en volcar historias cortísimas apartándose de los cánones del microrelato. Un acto de valentía literaria: Ángeles Jurado tiene también eso en su contra, ya lo he dicho al principio, estamos acostumbrados al microrelato típico, amasado según unas proporciones y formas estandarizadas y ahora nos presentan algo diferentes y nos cuesta ver más allá de esos fosfenos.
Un cambio de rumbo al fin y al cabo, y eso siempre es arriesgado. Ah, eso, “Cambio de rumbo” me ha parecido muy bueno, y creo que hace justo honor al libro y al título.
José Cruz Cabrerizo

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