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Título: Alas de metal
Autores: Ricardo Hernández Bravo y Graciela Janet Hernández Rodríguez
Editorial: Baile del Sol
Págs: 52
Precio: 10 €
Reincidir es un peligro que acecha a cualquiera. Lo digo porque el poeta Ricardo Hernández Bravo (Islas Canarias, 1966) ya se atrevió en publicación anterior con uno de los maridajes posibles entre pintura y escritura. Entonces significó un atrevimiento primero, casi un balbuceo, pero aun así como quien supone que buena sombra da la pintura a su escritura, como si las palabras del poeta anduvieran desnudas y ateridas, huérfanas por el mundo. Por eso invitó al pintor Hugo Pitti, como parte activa también de aquella su primera tentativa, La tierra desigual, a que vistiera plásticamente, y de esta forma tradujera, la labor solitaria del poeta.
Ahora, el proceso es fruto de uno inverso a aquél. Su resultado Alas de metal. Ricardo Hernández Bravo, poeta que ha demostrado un sumo cuidado por el decir y sus deslices, ha fijado la mirada en otros cuadros, esta vez originales de Graciela Janet Hernández Rodríguez, y hallándolos tan afines en sus intenciones y resultados, los ha algodonado cuidadosamente con palabras. Efectivamente, a veces el poeta sale al encuentro de la pintura, otras la pintura al encuentro del poeta. Con lo que se demuestra -al menos lo que demuestran Hernández Bravo y Hernández Rodríguez- que si las artes poseen límites serán de tipo histórico, nunca estéticos ni de complementariedad. Poesía y pintura son géneros veteranos que siempre han avanzado en relación, y esta una iniciativa oportuna para que una vez más vayan de la mano en un nuevo libro.
Si se hiciera un recuento de la poesía de Ricardo Hernández Bravo, pronto llamaría la atención que no hay verso sin adjetivaciones y sugerencias pictóricas, todos envueltos en un aire diáfano y cristalino, además de íntimamente relacionados con la elección de palabras precisas y en nada suntuosas, como si buscara una forma de decir y de demostrar que todas las cosas, sea por encima o sea por debajo de las apariencias, son la misma cosa, y que sólo a través de la realidad, en la que se reflejan o, pudiera ser, se conjuntan, nos es posible alcanzarlas. Tal orientalismo al que Ricardo Hernández Bravo se inclina, escriturísticamente hablando -puesto que nunca ha ejercido de poeta verborreico, y también por la alta carga simbólica que despliegan sus parcas palabras y muy pacientemente elegidas-, ha encontrado una vez más dónde y cómo zambullirse, no quedándole más remedio que reincidir, apostar de nuevo, porque se siente cómodo, porque el color y la configuración no estorban a su decir. Es más, en algo le pertenecen, que es una manera de afrontar que en algo se pertenecen el poeta y -en el caso de Alas de metal- la pintora, la pintora y el poeta: mirarse es encontrarse, encontrarse reconocerse. Se pertenecen en cuanto vuelan, y donde volar en consonancia es la clave para una propuesta conjunta. Eso valdrá, bastará, para ver al fin asomar “la flor que germina en lo cerrado”, según palabras del poeta.
La poesía y la pintura crean por igual mediante la composición. La pintura (figura, color, línea) es un arte de olores y miradas, siendo uno de sus máximos desafíos hacer hablar, a base de trazos, a los gozos y resquemores de una realidad menguada en dimensiones, sin que por ello deba faltarle ese temblor expansivo que sugiera la vastedad de los ámbitos del mundo y de lo humano que en el hábito del simple mirar permanecen escondidos a los más, casi siempre. Menos espacial y figurativa, la palabra poética es ojo y oído de puertas adentro. Convoca y evoca en su tonalidad temblorosa el fondo de una hoguera, los visajes intensos de aquello que no acepta quedarse desvaído en el olvido o en la insignificancia, propendiendo a tornar su planicie de líneas en relieve de sonoridades y ondulaciones que marcan compases desoídos. Pero hay más: pintura y poesía originan provocaciones en sus respectivas sintaxis. Una y otra son metamorfosis, transfiguraciones de materia prima en nuevas presencias. En virtud de líneas y colores, de morfología y encadenamientos lingüísticos, lienzo y poema se proponen superar las dificultades de hacer reversible, mediante una intervención personal, la apariencia o el tránsito que desgasta a personas, sucesos y entidades. Alas de metal, queriendo o sin querer, se encamina hacia este objetivo.
Quien pinta no deja intacta la realidad, la transforma en ese pálpito de significancia que el poeta recoge en una nueva transfiguración. Entonces el silencio del lienzo se esparce en nuevo alfabeto, el poético. Los ojos han visto otra vez y el mundo, el pequeño mundo, aquel de latidos cromáticos que cede el puesto al de la resucitación de la imagen mental y de la sonoridad silenciosa que es toda palabra iluminada en el rescoldo vincular de sus acentos. No hace falta, pues, una obra famosa con que iniciar en el poeta un sortilegio que le rebase el silencio. El cuadro adecuado despierta el alfabeto que vincula el sentir con lo visto en un delgado mensaje alusivo, sintomático y palpitante él mismo de un despertar que se vierte en ese trasver, ese proceso de ver lo interno como externo, pero íntimamente. Por eso el poeta y todo artista -artista y no gesticulador- reconoce en sí secretas maduraciones, crecimientos y maceraciones de lo vivo absolutamente necesarios antes de alcanzar esa forma definitiva que es una obra. El desafío es siempre el mismo: dar con una forma, pero ésta debe ser forma habitada por ese algo más que es el espíritu vivificador capaz de despertar en otro algunas resonancias, ya sean de afinidades o de repulsas, siempre y cuando unas y otras ahonden la consciencia y transmitan el temblor de esa extrañeza que sigue al vislumbre de zonas de la realidad insospechadas o inconcebibles de formalizar en los hábitos y medios propios. Por eso, una obra puede cumplir en nosotros, con su granada de luces y forcejeos de vida con el óxido y las quietas escamas de la costumbre, el papel del lucero que, desde el centro de la noche, viene anunciando el alba, el que “enluce los azules, / ilumina los pliegues”.
Dicho lo mismo en frase magistral de Leonardo Da Vinci, “la pintura es poesía muda, la poesía pintura ciega”. Que haya sido el azar, haya sido la querencia, que haya sido lo que haya sido, ahora podemos entender, a posteriori, que un ciego y una muda, en el caso de Alas de metal, se hayan confabulado para interpretar -interpretarse e interpretarnos- el mundo sobre sendas hojas de papel. Este libro no es más que un complot entre un ciego y una muda.
Antonio Jiménez Paz

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Título: El sentir de la hoguera
Autora: Olga Rivero Jordán
Editorial: Benchomo
Págs: 288
Precio: 11 €
Hay libros que, apenas comenzada la lectura de la primera de sus páginas, despiertan fácilmente ciertos planteamientos teóricos que a mí me parece que no nos llevan más que a eclipsar la voluntad y pretensiones de su autoría. El sentir de la hoguera se nos revela descaradamente como uno de estos porque ¿a qué género pertenece?; o mejor, ¿de parte de qué género está lo que se lee? Hablemos entonces de literaturas, de escrituras, que no sería más que una forma de aceptar la elasticidad de los géneros, incluido el poético, aunque al fin y al cabo sobre un libro de poesía vayamos a hablar.
Anna O., el pequeño Hans, Cäcilie M., el hombre de los lobos, Irma, o el hombre de las ratas, son algunos de los seudónimos de pacientes de Sigmund Freud, cuyos historiales de padecimiento y cura supuestos aireó luego en sus obras. Me da que el padre del psicoanálisis hubiera estado encantado de haber contado entre ellos con un “yo” como el que irradia y da lugar a El sentir de la hoguera. Nadie duda a estas alturas de las vinculaciones entre psicoanálisis y literatura. Sabemos que sus procederes se apoyan insoslayablemente sobre el mismo elemento, la palabra, pese a que generalmente el verdadero discurso no esté en lo que se relata y se cuenta sino en lo que no se dice ni se pronuncia, esto es, en lo que falta porque nunca se verbaliza. Olga Rivero Jordán, la autora de El sentir de la hoguera, encuentra en la concatenación de fraseos un procedimiento ajustado a su necesidad de decir para conseguir que incluso la más impronunciable de las imágenes “se exprese”, como así el psicoanalista para hallar indicios sobre lo más oculto, una noticia de lo que no se conoce ni se sospecha. Su autora no parece atender a razones para permitirle a un “yo” en plena hegemonía delirante explayarse sobre un “tú” que no posee ubicación ni identificación, si desde la capacidad receptora del lector hablamos. Digamos que como múltiples sesiones en el diván la autora dispone el libro en breves discursos, exactamente de 127 enlazados sin apenas argumentación y donde la acción no es la matriz de ninguno de ellos: 127 veces permitiendo el desvelo de un “yo” en pos de una cacería expresiva total de un “tú”, tendiendo continuas trampas de lenguaje a un otro en fuga. Ese “yo” lo intenta casi todo, incluso en ocasiones desdoblándose en un “otro-yo-más”, argucias y estrategias encaminadas a que el “tú” se asome a su escritura: “Sigo la huella a ver dónde tienes la madriguera” -señala la poeta.
Si a Anna O., a Irma, o al hombre de las ratas Freud se atrevió a diagnosticar el trauma oculto presente en cada uno de ellos, con el “yo” de El sentir de la hoguera no lo hubiera tenido tan fácil, pues parece no encajar con ningún caso clínico, porque antes que nada nos encontramos con la primera singularidad de este libro (la misma singularidad que caracteriza a cada uno de los libros de esta autora): “confesiones” literariamente hipnóticas que permiten la exaltación pública de alguien, tal vez de algo, tal vez de algo-alguien, y que ya no le corresponde al psicoanalista escudriñar sino al lector pasando páginas… Es verdad que he comenzado señalando que esta autora, Olga Rivero Jordán, entrama y construye en base a este modelo psicoanalítico que he escogido como patrón por su similitud de construcción literaria, pero nunca para remitir a una cientificidad pretendida. Nada más lejos de la realidad. La autora se vale en todo caso de este método para expandir la hermosura de cuanta palabra se le viene a la boca: “nadie balbucea sin que el otro ser no escuche”, escribe. Hay un “yo” y un “tú” pero no un mal por determinar, sino un mal-estar entre un “yo” y un “tú”, un mal-estar de amor. Escribió Scheler: “Toda cosa no es sino el límite de la llama a la cual debe su existencia”. No por otra cosa este “yo” de El sentir de la hoguera llega a desnudarse en su totalidad posible de expresión: “Él lleva el secreto de una historia inacabada”. Pero si de onirismo hablamos cedámosle ahora la palabra a Bachelard: “La imaginación, más que la razón, es la fuerza de la unidad del alma humana”. De ahí todo ese provocativo lirismo, fruto de la ensoñación, caracterizando a toda la obra de principio a fin, una sucesión de cuadros oníricos que estimulan de manera extraordinaria y fantasiosa. Una imaginación, claro está, en perpetua relación con lo que solemos denominar “mundo exterior”. De ahí que la fisicalidad adquiera en este libro una importancia abrumadora. Nos lo aclara el profesor Gómez de Liaño: “el yo reposa, no en un sentir-pensar-entender genérico, abstracto, sino en un sentir-pensar-entender desde el cuerpo y en el marco que el mundo proporciona al cuerpo”, que es como así se manifiesta el “yo” protagonista de El sentir de la hoguera: “Amigo mío, no sé si me creerás. Es tiempo de que sonrías o grites, o zarandees a este cuerpo que se desmorona como una estatua hecha de mazapé”. De este deseo y de otros tantos se alimenta y realimenta el vientre de toda la obra, dando lugar a una producción ingente de imágenes que ejemplifican aquel apunte del filósofo francés: “Si no hay cambio de imágenes, unión inesperada de imágenes, no hay imaginación”. Olga Rivero Jordán casi parece dedicarse exclusivamente a demostrar esta máxima de Bachelard.
Tampoco oculta esta escritura su relación causal y causante con el erotismo. Aunque Olga Rivero Jordán no bebe directamente de las tradiciones clásicas, sí lo hace utilizando modos, maneras y expresiones que tienen que ver con ella. Y si hemos tildado la relación del “yo” con el “tú” de conflictiva, nos parece mejor que en todo caso la relación más inmediata con la antigüedad sea a través de Safo, quien precisamente consideraba a Eros como alguien “agridulce” y “cruel” con sus víctimas. De ahí aquel mal-estar, de ahí este desconcierto en la escritura de Olga Rivero Jordán. El “yo” es una víctima de sus sentimientos, una presa de sus resentimientos, pues se le hace difícil soportar que las flechas de oro nunca den en la diana deseada del “tú”. Es lo que lleva a que toda esta escritura se impregne de un erotismo sin miedo al descaro, se redoble, se crezca, y no hay cortapisas que lo frenen: “el desasosiego se va gestando en cada mosaico”. Y así lo cumple su escritura página a página. Pero no hay que olvidar que el erotismo es por esencia inteligencia aplicada al cuerpo y no simple carnalidad desatada; el erotismo sobre todo reside en la imaginación -no perdamos de vista a Bachelard-, los sueños, en la búsqueda de lo nuevo, en la sorpresa más que en el rito. Si ya indicábamos que el “yo” tendía trampas de lenguaje con tal de atrapar a ese “tú” referenciado, ahora decimos que también lo lleva a cabo a través de una imaginería erótica brutal, pese al dolor, pese a soportar ese no querido distanciamiento entre uno y otro: “Escurrida de olores esperaba el maremoto en tu piel aceitunada”. Lo más curioso es que las flechas de oro parecen perforar, no el pecho del amante -que no responde ni se da por aludido- sino el de quien nos somete al desciframiento mismo del “tú”: “Cómo no sentir la ráfaga que azota mi cuerpo hundido tras estos recuerdos”. Es el propio “yo” quien recibe todas las flechas lanzadas de vuelta, quien se erotiza hasta el paroxismo: “Ella no se escurre, va derecha a pastar y luego a plena luz va haciendo el amor delante de la luna rasa con el zumbido de las cigarras atormentadas del estío”. Y por si faltaba alguien, aquí Lacan: “el amor es dar lo que no se tiene a quien no es”.
Psicoanalítica, onírica, erótica… podrían ser algunos de los pilares fundamentales que sostienen la construcción de El sentir de la hoguera, e incluso me atrevería a afirmar que de toda la obra de Olga Rivero Jordán. Características que sostienen una escritura propia, una escritura un tanto híbrida que se balancea entre la poesía y la prosa, es cierto, entre otras cosas porque nada es garantía para alcanzar un “tú”, ningún método, ninguna formulación, ningún género delimitado: “En ese espacio bilateral me encontré gravitando alrededor de las órbitas de unos ojos dispersos que iban de arriba abajo”, manifiesta. Cualquier táctica es poca cosa. Incluso -digámoslo ya- un libro de poemas como éste, por muy paradójico que nos parezca a primera vista: “En los suburbios de la locura algo se mueve inexorablemente”, “Tuve miedo de dejar las notas del silencio cuajadas de tu voz”, “Algo anda suelto como fuegos artificiales donde sucumben las mariposas”, “He puesto la luna boca abajo a ver si detrás de ella elimino la noche”, “Ríes al segar mi secreto que de ríos está lleno”… son retazos de una y otra página.
Pero antes de terminar me queda pendiente un tema, y que no es otro que el referido a su autora, su consideración, quien lleva a cabo y a quien debemos la propia obra. No sería extraño que desde cierto imaginario moderno este aspecto se soslayase, pues se ha construido no sólo con la ausencia de las mujeres sino legitimando subrepticiamente en dicha ausencia su misma condición de posibilidad, estableciendo así engañosamente una supuesta universalidad sobre la base de un ocultamiento y una discriminación. Olga Rivero Jordán es sujeto femenino que construye y propone a su vez otro sujeto femenino y estratégico que encuentra su fortaleza no en su fundamento metafísico sino en su permanencia situada. En este sentido es de agradecer que una mujer, más si tenemos en cuenta la edad de la autora, tome las riendas de los poderes que hemos expuesto para insertarse en una tendencia donde lo que importe sea trabajar “en la creación de otro imaginario desde el cuerpo de la mujer -en frase de la filósofa española Rodríguez Magda-, avanzando propuestas provocativas sobre el sexo, la carne, los límites del arte; enfrentándose a la vez a la mirada masculina, a la moral pacata y a cierto feminismo de segunda ola que pretendía imponer un modelo de mujer suave, ecológico y poco erotizado”. Esta filósofa, que acuñó en 1989 el término de “transmodernidad” y que ha venido desarrollando desde entonces una teoría al respecto, propone: “Desde la denominación de ‘transmodernidad’ como la situación que retoma los retos pendientes de emancipación de la modernidad, pero asumiendo su crisis, habremos de utilizar la ausencia de la mujer, su carencia de presencia y esencia, como arma efectiva y creativa precisamente en unos momentos en que el adelgazamiento de las grandes teorías nos ofrece el simulacro como escenario”. En esta tesitura, pienso, habría que situar el atrevimiento literario de la autora de El sentir de la hoguera, como un esfuerzo por presentarnos un protagonismo femenino rotundo, un “yo” que se alza desnudo y arrollador ante un “tú”, varón desaparecido en pleno combate. Y es que ya era la hora de la inundación, de pasar de la “hoguera” a la “inundación”. Pero, ay, precisamente ahora cuando la modernidad reivindica la muerte del autor, precisamente ahora que la mujer consigue proponerse como protagonista en manos de otra mujer… “No me gustan los vientos, el vidente lo aclaró todo, Alberoni tenía razón, nunca llegará a ti ese reclinar la cabeza en el pecho porque ya lo sabes: nunca has sabido sentir los senos de una adolescente que nace todas las mañanas y no tengo la lepra, tengo estos sapos metidos aquí en mis latidos. Dudo que alguien haya amado como yo, sin ser sentida ni escuchada”. Así arranca este libro de poemas.
Antonio Jiménez Paz

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Título: Casi todo es mío
Autor: Antonio Jiménez Paz
Editorial: Baile del sol
Págs: 85
Precio: 10 €
A Antonio Jiménez Paz se le conoce bien en Canarias, tanto en su faceta de poeta como de estudioso de la obra de autores como Félix Francisco Casanova o Antidio Cabal. Se le conoce menos en la península para desgracia nuestra por ese océano que a veces separa más de lo que debiera.
El poemario que presenta, Casi todo es mío, tiene dos aspectos a mi modo de entender fundamentales. Uno, su carácter explorativo-introspectivo. El otro, su búsqueda constante de la palabra. Y es además un poemario valiente, que huye de modas y hace lo que debe, buscar. Buscar el valor de la palabra y el ser del individuo. No es extraño entonces que haya un cierto desconocimiento de la obra de Antonio Jiménez Paz cuando se sitúa no sólo en la periferia geográfica sino también en la poética.
Sus textos son escuetos pero dicen tanto que no hace falta explicar una sílaba más. Antonio Jiménez Paz nos lleva a reflexionar con cada una de sus palabras, con cada uno de sus giros del lenguaje, nos introduce en su mismo ser que es universo común de su propia poesía.
El libro está dividido en dos partes. En la primera cada uno de los poemas comienza de forma anáforica del mismo modo: Fuera o fuese. El poeta ya nos sitúa desde el inicio en la más absoluta incertidumbre, incertidumbre que se prolonga en sus versos:
Fuera o fuese la luz que a todos alumbra
no se borra lo que uno quisiera
ni se gasta.
Gusta el autor de servirse una y otra vez de la paradoja quizá buscando incrementar ese desasosiego, esa incertidumbre, ese no saber dónde uno pisa, hacia dónde uno va.
Pido agua o solicito destierro.
También hay una búsqueda de la frase jugosa, del verso redondo si fuera vino.
Soy lápiz hecho cruz.
Porque Antonio Jiménez Paz utiliza un recurso que tan pronto nos deja sumidos en la duda como nos arroja un verso cual losa del que no podemos liberarnos por su rotundidad, por su aplomo.
No me arranco de cuajo el sinsentido.
Su Fuera o fuese se revela así como una propuesta poética, un destino último, un recurso utilizado una y otra vez para dejar claro el propósito. Cuál es el territorio del poeta? ¿Decir lo que ocurre o quizá situarse en el plano de las posibilidades, de lo que podría llegar a ocurrir? Es ése el terreno pantanoso por donde circula el autor.
La segunda parte se inicia con un enigmático: Érase una vez y lápiz. Dice Tina Suárez que es la mejor forma de describir la historia de la literatura. En esta segunda parte, mucho más larga y con un esquema menos preciso, sí permanece como característica básica la brevedad. También la rotundidad en el cierre de los versos.
Antonio Jiménez Paz sigue escarbando en el significado de las palabras, sigue en ese proceso introspectivo que es a la vez un proceso difuso porque requiere el esfuerzo del lector, un esfuerzo que quizá tenga algo de lo que hablaba Pessoa. ¿Cuánto hay de realidad y de ficción, cuánto de verdad y cuánto de fingimiento?
Hay temblores donde no tiembla
la tierra.
Donde hubo pies.
A veces es el propio artificio retórico el propio meollo del poema:
Cada roce buscando su hendija.
Toda elipsis buscando su guarida.
Porque el verso de Jiménez Paz es un verso eminentemente elíptico, un verso que rompe el sentido, el equilibrio de la frases, que roza a veces el retorcimiento obligándonos a darle un nuevo sentido a la frase.
En fin, no se pierdan el poemario de Antonio Jiménez Paz, Casi todo es mío, un libro tan original como su título indica, con tantas posibilidades que acudirán a él a menudo, no siendo posible una única lectura. El libro de Jiménez Paz se disfruta a lo largo del tiempo.
Luis Vea García

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Título: Pero no islas
Autor: Matías Escalera
Editorial: Germanía
Págs: 152
Precio: 15 €
Matías Escalera Cordero ha publicado en la Editorial Germanía el poemario Pero no islas ( poesía de un hombre corriente desilusionado ). El libro tiene un prólogo de Enrique Falcón y una breve introducción del propio autor.
En un estilo directo Matías Escalera se aleja de los convencionalismos poéticos al uso para adentrarnos en una poética compleja y transgresora en la búsqueda de hallazgos que hagan pensar al lector. Las ideas de sus poemas se acompañan de paréntesis aclarativos que a su vez aportan nuevas ideas y nuevas evidencias con la finalidad de dejar bien claro el propósito del mensaje. Por eso el uso frecuentísimo de los dos puntos vuelve a ser también la constatación aclaratoria y evidente de lo que nos quiere decir en su discurso poético. Un discurso poético que se mueve en la poesía social e ideológica, pero también al mismo tiempo en la poesía existencialista y desgarradora de un hombre desilusionado como ya se apunta en el subtítulo del poemario, y con las expectativas y con todos las esperanzas típicas de una generación, su generación, nuestra generación, la de muchos de nosotros todavía que incidía e incide en la idea de un hombre en lucha frente al mundo.
Pero no islas está dividido en tres partes. En la primera parte con el título de En primera persona el poeta hace una denuncia social constante en casi todos los poemas, en donde nos dice que no somos islas sino algo unido, un cuerpo único. Hay una incitación a la rebelión siguiendo lo que dijo –según Matías- el copista de Homero en palabras de Ulises. El pueblo que no se rebela (nos conmina) / Es merecedor de su destino / De sus tiranos / Del sufrimiento infligido a sus hijos /. Se percibe también en el siguiente poema A fin de cuentas que se trata de un poema generacional muy entroncado con la historia que Matías Escalera ha vivido y en donde nos transmite el desgaste que provoca el paso del tiempo, y en donde apenas o casi nada, se cumplen las expectativas. Hay preguntas existencialistas en donde el poeta se pregunta si ha vivido para luego darse cuenta de que vive y aún sigue viviendo. También se puede apreciar en otros poemas una queja del sentimiento de insolidaridad que existe en la sociedad. A veces los conceptos de denuncia son tratados con cierta ironía lo que hace que el poema adquiera un valor superior en sí mismo. En el poema Cuenta pendiente hay una queja del sentimiento de insolidaridad que existe entre los seres humanos. Más adelante en el poema titulado Tipos peligrosos el poeta hace una denuncia social de determinados personajes que andan en la cultura: como el editor cínico de izquierdas: en el peor de los sentidos de ambas palabras, según consta en uno de sus versos. En este libro hay también lugar para hablar de los sueños. Así en el poema Estamos hechos para el sueño nuestro poeta viene a decirnos que buscamos la felicidad, que estamos hechos para ser felices, y sin embargo tomamos el camino erróneo debido a la gran confusión en la que vivimos. Podemos pues ver que estos poemas aun tratando de entrar en la dinámica de una esperanza, al final acaban anclados en el descrédito del ser humano que no acaba de aprender a ver y actuar conforme a unos parámetros de armonía.
El libro tiene también aspectos proféticos catastróficos desde el punto de vista ecológico donde se vaticina hacia dónde nos lleva esta desconsideración con el planeta y en donde se ve al ser humano abocado al exterminio y al fin de la especie. En otro orden de cosas se detecta una clara crítica a la pérdida de la conciencia de los ideales políticos y al miedo inconsciente. Esta primera parte nos viene a decir que vivimos ciegos, cegados por el capitalismo, que tampoco es la panacea y que nos está matando. En el poema Aceras sin barro / Firma, el autor hace una apelación entre líneas y subliminal del miedo ancestral que arrastramos. Quizás es este miedo el culpable de no avanzar por esos caminos que Matías nos vislumbra y que podrían ser tal vez lo que necesita nuestra sociedad para hacer del ser humano un hombre nuevo e íntegro.
La segunda y la tercera parte del libro En segunda persona y En tercera persona tienen un carácter más intimista y personal revelando los propios estados de ánimo del poeta que siguen una línea existencialista y de realismo trágico, pero sin perder un ápice de ese tono de crítica social y un difuso haz de luz al final del túnel. Son poemas de interioridades donde se trata con reiteración del sufrimiento, de la muerte, de la aceptación, del amor, de la esperanza, etc.
Así vemos cómo el poeta desciende a caer en la cuenta de que vivir es darse cuenta de todo, cuando dice: La muerte no es la causa del espanto ( tampoco de la estupefacción: ni del odio ) Es la vida. Por eso, en el poema Simulación admite que lo peor de todo es vivir sin ser tú mismo. A continuación de este poema hay varios poemas que hablan del sufrimiento que sólo acaba con la muerte. Interesante es el poema Cien veces muerto (cada día).en donde se nos viene a decir que morimos cien veces al día por miles de cosas y que para resucitar sólo necesitamos la caricia. Más adelante en el poema Conformidad de una víctima probable nos habla de la aceptación de la culpabilidad que todos tenemos en todo. Así si sentimos que somos víctimas de algo hay que aceptarlo porque todo llega por alguna causa. Y la aceptación nos remite a la liberación del dolor y del sufrimiento.
En definitiva nos encontramos ante un poeta que decide escribir de manera diferente porque tal vez espera que así captemos mejor su mensaje, que no es otro que la mejora de todos los órdenes de la vida, desde el planeta, la vida política, la vida ciudadana, la vida personal. Por todas estas razones recomiendo este libro en una época en la que nos hemos olvidado de esa actitud reivindicativa y de lucha y que hacen al hombre un ser más integrado en el medio en el que vive.
Fernando Sánchez Mayo

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Título: El libro de los naufragios
Autora: Dolores Campos-Herrero
Editorial: Baile del Sol
Págs: 106
Precio: 10€
Dolores Campos-Herrero (1954-2007) fue, es y será aquella mujer que no hizo en su vida más que exteriorizar su convicción de que nada en este mundo más valioso que las palabras, tal y como había intuido desde muy pequeña. De hecho, ninguno de los diferentes medios de comunicación le bastó para hacérnoslo saber: prensa escrita, revistas, televisión y ya a última hora la blogosfera. Tampoco ninguno de esos que acostumbramos a llamar géneros literarios: fue guionista, articulista, crítica, narradora, escritora de cuentos infantiles, tanteó el teatro, y por supuesto poeta, justo con el género que debutó a mitad de la década de los ochenta con el poemario titulado Chanel número cinco, no sé si a sabiendas de que la literatura es cuestión de perfume, de ir dejando en sus posibles lectores el rastro de un estilo reconocible en cada uno de sus posteriores y numerosos libros, como si creyera que la escritura era el medio más válido -a su modo de entender- para explicar todo y explicarse, para definir todo y definirse y, por tanto, capaz de contener y sostener en pie cualquier vida real o imaginaria. Y así ha sido: todos sus libros huelen a lo mismo. Ella lo expresó en una entrevista: “Creo en el formidable poder de las palabras y, por tanto, en su posibilidad de contarnos un sinfín de cosas e historias en las que nada de lo humano nos resulte ajeno. La grandeza de la gran tradición literaria y de las que se están creando en estos momentos radican en que me permiten apelar a lo útil y agradable, pero también a lo inútil y enojoso. A lo sombrío y a lo tierno, a las alabanzas y a las grandes diatribas. Me impresionan profundamente las obras que intentan hablarnos de quiénes somos y a dónde vamos.” Aparentemente nada nuevo encontramos en estas declaraciones, pues ya sabemos que a todos nos interesa averiguar quiénes somos y a dónde vamos (bueno, hay muchos a los que no). Lo singular en su declaración lo hallaríamos en lo que antecede a ese desenlace con que cierra tal intervención. Parece ser que la escritora nos está proponiendo, al tiempo que reivindicando, la escritura como una estrategia “útil” contra tanta vejación derivada de nuestros modos de vida, contra el conformismo que estos conllevan y contra el vacío que estos horadan, teniendo en cuenta que la autora no pierde de vista que en cualquiera de estas situaciones siempre hay un ser humano indefenso; es decir, que la escritura -su escritura-, directa o indirectamente, le valió por ejemplo para intentar aupar a la mujer a su sitio correspondiente, para proclamar que la Cultura es un bien insoslayable para un mejor progreso de la ciudadanía, que los que nada tienen son más de lo que les ha tocado por una supuesta suerte, etc. Supongo que estoy traduciendo de forma correcta las aspiraciones literarias de Dolores Campos-Herrero, porque esos y muchísimos otros temas -agazapados entre una mezcla entre lo cotidiano y lo extraordinario- aparecen de forma repartida a lo largo de los distintos géneros de los que hizo uso que, como ya he señalado, son muchísimos y diversos, pero todos aunados por este patrón, por esta poética manifestada por ella misma y evidente para el lector que se haya asomado a cualquiera de sus libros. Si a esto le añadimos la discreción que como persona mantuvo sabiendo que su muerte la cercaba pasito a paso sin que nos enteráramos los que la conocíamos, más consigue reafirmarme en lo que acabo de expresar. Y por si queda alguna duda sobre la cuestión de si es o no la propia biografía del que escribe el punto de arranque de su misma creación, también nos regaló una respuesta: “En realidad sólo se puede escribir desde la propia biografía, entendiendo esta no solamente como un cúmulo de experiencias o acontecimientos sino como deseos, visión del mundo. Una biografía imaginada puede retratar muchas veces mejor a un personaje que la puramente real”. Si otra cosa no fue, excelente y puntillosa retratista sí. Así que resumo: literatura para vivir la vida real, literatura para inventar la no vivida y literatura para reinventar la imposible de vivir. Creo que en la asunción de estos tres intereses presentes en su escritura se resume toda su versatilidad literaria, esa tendencia plural -literariamente hablando- donde prevalecía la imaginación al realismo y el humor a la gravedad. Baste recordar la aparición de su pequeña figura en la pantalla - y cuando no su voz en off al fondo de una noticia cultural- desde que en 1987 pasó a formar parte de la plantilla de TVE en Canarias, cómo a su redacción periodística le agregaba un plus de alta literatura. Pues bien, de igual manera, a cada uno de sus libros le agregó un tanto de su pericia periodística, consiguiendo emborronar como pocos, con atrevimiento y alevosía, los límites a los que desde siempre la ortodoxia nos ha enseñado a distinguir, a no traspasar y, por tanto, a respetar convenientemente. Si acaso Dolores Campos-Herrero respetó a alguien fue siempre al “otro”, a la “otra”, a esa tercera persona del singular que ella tanto utiliza en sus historias largas, cortas o mínimas, como hasta en la mayoría de sus poemas. En este sentido podemos decir que toda su obra es un himno a la “otredad”, nunca a sí misma: “Debo reconocer que siento gran admiración por los francotiradores, por los que hacen su obra al margen de lo que es común en cada momento”. Más claro imposible: esa necesidad de ficcionar y resignificar la realidad la sitúa al margen de modas insustanciales, sin perder en ningún momento, y sea cual sea el género literario del que haga uso, un interés descaradamente antropocéntrico.
Cuando un escritor muere -y partir de ahora me centro ya en El libro de los naufragios- y se anuncia su publicación póstuma, como es en este caso, uno no sabe bien por qué se tiende a esperar la obra cumbre del fallecido o la peor de toda su trayectoria. En uno y otro caso el morbo acompaña esta espera. En el caso de Dolores Campos-Herrero, y una vez leído y conocido El libro de los naufragios, se rompen una vez más estos estereotipos tan comunes, pues uno no se tropieza con esa dicotomía como problema, no dándonos juego en ningún momento para juzgar si es el mejor o peor libro de todos los suyos. Ya afirmo de antemano que al menos yo no me encontré con el peor libro de su trayectoria, pero asimismo tengo que advertir que tampoco con el mejor de los suyos. El libro de los naufragios no se presta, contra todo pronóstico, a lo que nos gusta jugar a los que quedamos vivos… ¿Qué encontré, entonces? Pues ni más ni menos que lo que ella misma anunció en vida cuando se le preguntó sobre los últimos proyectos que preparaba: “Espero que salga El libro de los naufragios, un poemario que he ido construyendo en los últimos 25 años. Es casi como el diario de una evolución personal y lírica. Una propuesta en la que se mezclan el concepto de poesía como género de ficción con la balada épica a lo Coleridge y el apunte crítico a una realidad difícil y compleja como es el fenómeno de la inmigración clandestina que se vive en toda Europa.” Eso es justo lo que encontré: un poemario, un diario de evolución personal, una ficción, una balada épica y unos apuntes críticos sobre la realidad. Es decir, y en otras palabras, toda una sorpresa bien concatenada y que en su favor tengo que resaltar que muy bien conseguida. El libro de los naufragios no es más que el resultado de la reunión de todos los géneros y temas de su interés que hasta entonces aparecían compartimentados en cada uno de sus libros; en él se entrevé el atrevimiento y la osadía de una autora de aunar llevando al límite todo su desborde polifacético, conseguir el difícil matrimonio de tan dispares géneros literarios nada menos y nada más que en un poemario, un casamiento fructuoso que deja a los más puristas de uno y otro bando -esto es, al de los del periodismo como al de los escritores literarios- algo nerviosos con una especie de artefacto-bomba delante de sus propias narices. Claro que el viaje de bodas, la luna de miel de este último viaje de Dolores Campo-Herrero en este caso no podía acabar de otra manera que naufragando, pero más que nada porque es precisamente en el fondo del mar donde se encuentran las llaves de todas las respuestas. De ahí el título del propio libro, resultado de un viaje literario con oleaje adverso. Pero eso ella ya lo sabía de antemano. Por eso yo descartaba desde un principio el encuentro de un lector obligado a dar un veredicto sobre si este libro póstumo es su mejor o peor obra, porque simplemente se topará con la más singular y atrevida, la más sustantiva, la más sincrética de todo su periplo marítimo-literario. Nada menos que el colofón de un registro estético que ella misma hacía tiempo venía fraguando. Ahí encontraremos, y con esto termino, a “Mimí, Lulú o Lola”, el resumen más certero -heterónimos pessoanos al tiempo que protagonistas cotidianos-, precisamente título de uno de los poemas que encontramos en el libro: “Bajo los polvos de arroz no es el tiempo / lo que ocultas -círculos que la vejez traza- / sino la derrota y la tristeza y la humillación, / sobre todo. Todo aquello que, algún día, / te hará digna de pertenecer / a la escogida gleba de las meretrices”. Precisamente de meretrices como ella está necesitado nuestro burdel de la poesía, meretrices vocacionales, con arraigo y sin miedo al qué dirán. Resulta curiosa la frase de Charles Dickens que escogió la autora para apadrinar su blog, abierto pocos años antes de fallecer: “El hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”. Así que gracias por El libro de los naufragios, por tu libro solamente para nosotros póstumo; por ese intento, por ese riesgo, por esos resultados, Dolores, Mimí, Lulú o Lola, o como quiera que ahora te llames. El olor a Chanel número cinco no se ha evaporado.
Antonio Jiménez Paz

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Título: Abre la boca para que entre yo
Autor: Francisco Javier García Becerra
Editorial: Ediciones Idea
Págs: 68
Precio: 6€
Hace años que aquello de “¿estudias o trabajas?” se lo soltabas de buenas a primeras al conocer a alguien tras una básica presentación y pegaba bien, daba mucho juego y a cambio recibías una cantidad de información personal de primera mano. Pero los tiempos han cambiado -los tiempos y sus expresiones de uso-, tanto, que ese tipo de interrogaciones disyuntivas ya ni se llevan, pudiendo hasta caer mal, muy mal y resultar hasta contraproducentes, porque cualquiera hoy hace de todo y ya no se dedica uno a esto o aquello, aparte de hasta qué punto es asunto de revelar qué hacemos en realidad mientras nadie nos ve.
Sí creo, sin embargo, que una cuestión semejante tiene en pleno siglo XXI más vigencia que nunca, una cuestión disyuntiva, la dirigida a un creador, en este caso a un poeta: “¿eres poeta o escribes poesía?”, con lo que el cantar es otro que ni siquiera pretende emular nada del pasado que no quepa en este presente ditirambo y desasosegante a la vez, mundano y lírico. Francisco Javier García Becerra (Canarias, 1971) ya ha cumplido con su parte cuando dejó anotado en un anterior poemario - Lenguas de alondras en áspid, XII Premio de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria 2004- casi una respuesta: “Escribir constituye uno de los mayores esfuerzos que asume uno por propia voluntad y castigo”. Entresacada así la cita parece apuntar a un inefable trascendentalismo, y es que con la conjunción de las palabras de este poeta hay que andar con cuidado, pues entre el sarcasmo y las construcciones sibilinas, entre las medias verdades y las medias mentiras “intelectualizadas” anda su juego. Pero también es verdad que otra anotación en el mismo libro puede aportarnos más rigurosidad sentenciosa: “No hay nada más inútil que un libro abandonado para siempre por los lectores. Se diría que la existencia de su autor, y de sus palabras, es la demostración de que escribir implica olvido y sacrificio, apoyando toda su obra y su vida en un papel que permanece en blanco”. Esto ya apunta más a una asunción de estar en el mundo que a un preaviso de intenciones, lo que le ha llevado a una producción más que sugestiva y coherente, independiente y al margen de extravíos de moda, que no al margen de sus modos; valores suficientes para entender que estamos ante un autor que “escribe poesía”, que más que poeta se siente poético, de los convencidos de que “cualquier libro posee vida propia, y por tanto, puede ser reescrito siempre”, una apreciación poéticamente libertina, de agradecer cuando los poetas hoy en la práctica se limitan a presentar libros pretenciosos e incombustibles, directos a la eternidad, sin admitir siquiera la alteración de una coma.
“Abrir la boca” no es más que una de esas tantas y comunes expresiones que lingüísticamente dependiendo del contexto le venga dado el significado, pudiendo adquirir un sentido más literal o metafórico, según sea el caso. Sin embargo “Abre la boca para que entre yo” restringe bastantes de esas opciones posibles encaminando al lector hacia su sentido más metafórico, no considerando al autor tan inocente -al margen de su propio juego- como para no percatarse de la mayoritaria reacción de perplejidad en quienes, aún sin abrir sus páginas, logra conseguir. No es más que la traducción del deseo explicitado en una de las anotaciones del presente libro: “Ojalá el futuro nunca termine”; esto es, que la comprensión nunca termine, que la significación última nunca haga acto de presencia. Su título -como el de cada uno de sus poemarios anteriores- constituye el punto de partida de su propuesta, aunque acarreando esta vez una descarada “problemática comprensiva” devenida en confusión, lo que no habría que considerar un desacierto: al contrario, semánticamente es uno de los mejores trajes que le sientan a la poesía.
Abre la boca para que entre yo no dista en casi nada de sus anteriores libros, a no ser que de todos entre éste y el que ya he citado al principio, Lenguas de alondras en áspid, repitan una fórmula que no se encuentra en el resto. Por eso he citado notas y no versos, porque ambos libros están construidos de una forma especial, nada común, y que no hacen más que devolvernos al desconcierto. Ni en uno ni en otro hallaremos poema tras poema sin notas a pie de página, una composición paginal que el poeta García Becerra retoma, desde mi punto de vista, felizmente. Cada nota puede irse incrustando mientras se atiende al poema, o sumárseles por aparte. Lo cierto es que nada sobra, que todo está construido con tal de conseguir unos efectos poemáticos que ensanchan el poder de evocación que en García Becerra siempre está más allá del mismo poema entendido en su formulación más clásica. Tal es su riesgo que no parará en hacernos dudar dónde está presente el poeta, si en los versos o en las notas; o dónde el poema, si en las notas o en los versos. Pero ya sabemos que los escudriñadores de poesía están acostumbrándose a desatender las propuestas mismas de los poetas, las estratagemas de sus poemarios, olvidando que es lo que reconvierte cuatro hojas volanderas en un libro entero. El resultado más grave es que se desatienden las propuestas individuales, el más interesante fruto de la poesía.
¿De dónde surgirá la necesidad y planificación de dar existencia a un libro bajo estos prolegómenos que hemos ido exponiendo? “Considero oportuno -es una de las anotaciones del poeta en este libro- alejarse de todas las oratorias definitivas y de los sermones con moralejas. No hay conclusiones que determinen quiénes somos. Todas las páginas que leo me dan claridad. Las que escribo me ensombrecen”. Esta obra, toda su obra, procede de una simbiosis mayoritariamente extraliteraria: los lenguajes del cómic, de la música progresiva, de la cinematografía, de la publicidad, de las nuevas tecnologías y hasta de la oralidad, todos esos lenguajes que hasta ayer se entendían como antagonismos de la poesía. Sin embargo estos lenguajes no son más que páginas que él es capaz de leer, quedando patente por tanto que los subgéneros no son para García Becerra sinónimos de marginalidad, sino al contrario, de centralidad. Y nada más interesante para sacar conclusiones, teniendo en cuenta que tradicionalmente los subgéneros son aquellos que por definición no podrían alcanzar el pódium del arte. Pero he aquí lo sustantivo para el autor de Abre la boca para que entre yo: le interesa el subgénero porque elude la aparente disyuntiva entre el vacío del entretenimiento y la imposibilidad de ser una “obra maestra”. Entendido desde aquí García Becerra resulta un poeta capaz de poner en pie, construir, una pieza tan iconoclasta con toda la naturalidad del mundo, de tal manera que todo lo que pudiera presentársenos como carencia poética o infrapoesía en su libro ha de considerarse fruto de un espejismo subjetivado por el observador. Hace ya casi medio siglo lo decía Raymond Chandler: “Todo lo que se escribe con vitalidad expresa esa vitalidad; no hay temas vulgares, sólo hay mentalidades vulgares”. Siquiera el lector hallará una voz, una tradición en línea, porque de entrada advertirá que son muchas voces las que hablan, muchos los filtros que tamizan lo expresado, y muchos los modos que ayudan a plasmar lo comunicado. Aquí no sólo nos habla el poema, porque también el poeta, e incluso hasta la misma página. Concatenadas las distintas textualidades vierte un conjunto de estallidos furiosos, experimentos surrealistas, airadas reivindicaciones y hasta confusiones sentimentales. Le ocupa y le preocupa una cultura del zapping, una lógica constructiva en base a prefabricados procedentes de distintos mundos, la conjunción efectiva de todos los lenguajes en su lenguaje o, mejor dicho -y valga en este caso el doble sentido-, la copulación lingüística. Hemos partido de un título equívoco estampado en su propia portada para alcanzar la metáfora como una necesidad de restaurar la utopía, pese a que -y son versos finales del poeta en este libro- “una de mis mayores dificultades / consiste en admitir el optimismo y la esperanza / porque seguiré siendo un niño / e incluso puede que me trague / todos los cuentos que me dicen y maldicen”.
Sean entendidas entonces estas pinceladas como una antesala a la recomendación a la que debí atenerme desde un principio: yo, si fuera usted, atendería a esas notas a pie de página que singularizan la composición de este libro de poemas, como esa letra pequeña que aparenta carecer de interés en todos los contratos que firmamos en nuestra vida ordinaria, precisamente donde se concentran todas las trampas habidas y por haber y que una tras otra iremos descubriendo en un futuro inconcluso tras nuestra rúbrica. Aquí, en Abre la boca para que entre yo, las trampas son poéticas. Y esa es nuestra suerte. Como también la suerte de este libro, un libro de esos “que puede ser reescrito siempre”.
Antonio Jiménez Paz
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EN EL ARDUO ANIVERSARIO DE UNA BODA
“Después de la primera muerte ya no hay otra”
Dylan Thomas
Nuestra generación fue un puñado de hombres solos,
una pizca de mujeres destruidas,
un manojo de nadas sin zapatos,
el racimo de las viñas de la ira.
Yo que agonizo
me permito evocarte aunque mi recuerdo
te cause asco, nena, asco profundo,
como causa asco la inmunda mermelada que transpiran
los siempre equivocados porque aman demasiado,
aunque el credo y el miserere que rezamos siempre
tú y yo solos en dos noches separadas a sabiendas por nosotros
-tuyo el creo solo en mí y mío entero el miserable de mí-
desde entonces dicen
que nunca nunca se ama demasiado:
¿o no será acaso, en lo profundo, lo que nadie puede ver,
al revés el oscuro latín de lo real?
Concentrado todo da pavor en el urgente fin de siglo,
hay que terminarlo de un modo o de otro
y éste es el fúnebre galán de la fiesta,
vestido para la fecha que ya
un cuarto de centuria arranca.
Lástima, en september love,
que no fue aquélla ni ésta mi noche de septiembre.
Una sangrienta primavera baja sobre la noche del suicida
y la náusea habita desde entonces cada esponsal.
Creo ver a tu padre muerto con su dedo
hundir la hondura a donde dio la noche,
a la loca de tu madre pegándote en la cara
el monograma indeleble de otra loca en su progenie.
Creo ver a unos muertos celebrar la boda,
mi ojo derecho -el que mira al olvido-
arranca del olvido precoz
la sonrisa que perfora la vergüenza.
Mi ojo izquierdo, el que mira a la vejez,
arruga del futuro, verruga de lo que fue terso,
se complace en las vísperas anticipando
tu rostro y el mío entre las llamas
arder como dos fotografías viejas.
¿Fui el fantasma de la noche
y de las noches luego felices,
las noches y las tardes
en que engendraste a tus hijos?
¿No fui acaso el olvido y lo reído por los esposos,
cuando la burla a los que pasaban raudos en el tren,
un rostro tiznado de furia asomándose
desde la locomotora, el primero de los que veían
desnuda a la virgen loca bailar con el idiota?
Dame al menos ese miserable papel en tu vida,
el del diario arrugado que se aleja por la ruta
que lleva a un pueblo de cobardes
la noticia titular que yo lamento.
Dime, hoy muda calavera de lo que amé
hasta la esquina misma del infortunio,
si yo, que albergo esta pecera de imágenes
donde hasta cabe Virgilio, no era entonces,
en la riente oscuridad, entre los labios
de la muerte que en la florida edad
todas las señas tienen de la vida,
sino lo ridículo y eterno donde lo llorado
llora lo que no ve de sí, ese sí mismo.
Mátame. Pero no
de a poco, como la vida.
De una palabra mátame.
De una mirada sola.
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LA TARDE DEL ELEFANTE
A mi amigo, el poeta Nicholas Stix,
en donde sea que esté.
¿recuerdas, nick, la tarde del elefante?
tú estabas abrumado por el enésimo rechazo
que esa mujer casada madre ya de cuatro hijos
te había propinado por teléfono
lo único que te daba desde hacía
entonces once años
al menos
cuando era soltera te lo decía en la cara
y estabas irritado de veras enojado
porque llegué una hora tarde
y te dejé solo en la enorme nueva york
por otra hora más entregado a ti mismo
ni mi taxi ni mis disculpas calmaron
tu rabia anglosajona
decías sólo se está solo en las grandes ciudades
¿te acuerdas, nickie, de la tarde del elefante?
muchas lluvias y nieves y pisadas
de zapatos italianos y de zapatos deportivos
pasaron por esa esquina del village
pero ella no ha olvidado todavía la tarde del elefante
tú me sermoneabas en tu álgido inglés
sin darte cuenta de que yo también estaba derrumbado
y entonces esa enorme sombra
hablabas del tedio de las ciudades
del aburrimiento amarillo que se pone
al oeste del puente de tu brooklin
y de las mujeres jóvenes que cruzan solas
y en ómnibus los laberintos sedosos de central park
rumbo a esos cuartos donde la calefacción les falla
y entonces esas pisadas majestuosas
hablabas de que no te habían incluido en esa antología
y decías que el marido de ella era calvo
ceceoso y que dibujaba historietas
el tonto de los cómics repetías
el tonto de los tebeos repetías
mientras la gente
siempre está alerta la gente
dejaba corriendo la acera
tumbaba las sillas
y olvidaba a los niños en su loca carrera
decías que la rutina es una vieja ciega
que mendiga monedas por bond street y por harlem
y que cada persona la recibe en su casa
entonces ese gordo la mole
se quedó parado cerca de nuestra mesa
en la esquina desierta mientras el cajero
temblando llamaba a la policía
cinco mil kilogramos de pacífica selva
aplastando el asfalto una inmensa epifanía gris
de cuatro metros de alto y esa trompa curiosa
con un dedo en la punta
que probaba las frutas de las mesas caídas
y revoleaba jugando los manteles manchados
aplastó en su huida de algún circo o del zoo
a esa vieja mendiga que a la gente oprimida
acongoja en su casa
nos miraba sin miedo como todas las cosas
que sonriendo repiten soy amigo del hombre
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EN EL BALNEARIO
Demoré cuarenta años en llegar al Pacífico.
Durante esa travesía hacia el poniente,
hacia estas aguas que eligen
como espuma llegar hasta el planeta,
abrí puertas que daban a insólitas escenas,
donde a veces alguien gritaba y otras
todo el teatro se quedaba en silencio.
Fueron centenares de habitaciones las que crucé
antes de llegar ante el Pacífico.
Conocí el pánico de vivir
y la fobia de morir,
dos hermanos gemelos.
Aprecié millones de gestos, muecas, rictus.
Oí en los vecindarios amalgamas de risas,
sollozos y lamentaciones, y muchas más
quedaron en ese cielo ajeno
al que se le da la espalda.
Estoy ante el sitio que dio nombre al azul,
frente al lugar donde el pesado color
se mece entre dos tierras.
Estoy inmóvil al borde mismo
como la piedra que una mano arroja
para que otra mano, invisible, la detenga.
Como aquel que sale a las euforias del sol
de las complejidades de un mundo subterráneo,
sombra sólo él bajo el extenso mediodía.
Porque también soy ese hombre.
El que, en un paisaje de espejos,
es devuelto a su única imagen
por el reflejo de las olas,
para vivir -entonces y nunca antes-
el instante donde todo acaba y se termina:
es el rompecabezas, que se arma.
El sol, el poco pasto, el aire que también es azul
y las exactas manchas del negro de las rocas
están finalmente en su lugar.
Este es el sitio donde se sabe
que levantar un puñado del volátil suelo
es arañar el vaso del reloj de arena.
Donde se interpreta que esas rápidas
construcciones de agua,
esos vertiginosos lazos de plata que suben
y pronto en lo muy hondo se sumergen,
son el mar que piensa
y que esas oscuras aves -que repentinamente allá se elevan-
son sus mejores ideas,
esas que se marchan para siempre.
Estoy ante el Pacífico
como el hombre ante el fuego.
Luis Benitez

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Luis Benítez nació en Buenos Aires (1956). Membresías: Academia Iberoamericana de Poesía (New York, USA), World Poetry Society (USA); World Poets (Grecia) y Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Reconocimientos: Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Tuscolorum di Poesia (Italia, 1996); Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008), entre otros. Sus 24 libros fueron publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, México, Venezuela y Uruguay. Fue traducido al inglés, francés, alemán, italiano, holandés, griego y macedonio.
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Quién quiere probar mi pan y mi vino. Quién quiere sentarse conmigo a esta mesa humilde para decirnos algo o no decirnos nada y sencillamente acompañarnos. La puerta siempre estará, ya, abierta. Quien tenga hambre y sed venga. Aquí tiene un asiento. Aquí tiene un lecho donde dormir. Aquí tiene su igual. Espero. Este pan no se endurece ni este vino se avinagra. Esperaré todo el tiempo que sea necesario, pues este pan y este vino deberán ser, para que nutran, compartidos. Espero, leyendo mis viejos libros de poemas, a que a mi hogar llegue el amigo.
***
En las uñas restos de suciedad, muestras de mi puericia. Con un rotulador garabatear los encalados muros. Un incendio franco y poderoso es un emblema. Coleccionar colas de lagartija, beber de los charcos, saltar de trenes en movimiento. Escupir lo más lejos posible, medirse en competición las partes pudendas. Pintar en una pared un elefante, en otra la curva erótica de la chica amada. Correr ¡correr con pulmones recuperados! y sin motivo. Correr será una fiesta para el aire que trata de acogerme, un sosiego para el oro que palpita bajo mis pies, ya para siempre oro. Dibujar un bisonte como la primera vez, un cazador blandiendo su arco, o dejar la huella de mi mano en cada calle. No limpiar nunca estas uñas hermoseadas de barro y diadema. No limpiarlas jamás y perseguir las pavesas como si fueran pequeños soles.
***
No me avergonzaré de mi hijo. Lo arrimaré a un ascua cuando tenga frío, lo protegeré en mis brazos cuando tenga miedo. No me avergonzaré de que me llames padre ni impediré, enfrentándome a mi egoísmo, que te vayas. No te pondré un nombre. Cuando crezcas elegirás tu ascendiente y lo dirás. Sabrás hablar a tu modo y dirás cómo lucen las constelaciones que prefieres. Yo no estaré esperándote, yo me quedaré saludando tu crecimiento y cautivando mi lágrima. Envidio a la que te llevará dentro, tan milagrosamente dentro. Vuestra relación tan puramente amorosa, su cara de paz indescriptible. No se arrepentirá de que cualquier día, cuando digas, la llames madre. Conmigo preparará tu cuna para que todo sueño te sea dócil, reparador y circunspecto. Cuando crezcas calcularás cuánto cariño ha sido necesario para que puedas marcharte, libre y sin mácula, a hacer tu camino. Caminando comprobarás la contradicción que existe entre tu mirada y lo que te rodea. Entonces dirás, por primera vez, sufro.
Juan Manuel Uría
(Poemas pertenecientes a “Transformaciones” (Ediciones Baile del Sol. 2009)

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Once poemas inéditos
¿Y si de pronto despertara yo en otra parte..?
¿Y si de pronto despertara yo en otra parte,
en una calle extranjera de una ciudad extranjera,
donde ninguna cosa me fuera familiar,
reconocible, ninguna palabra en ningún cartel
pudiera ser traducida? ¿Y
si de allí no hubiese regreso posible,
alrededor un abismo o una alta pared de fuego?
¿Y si de pronto abriera yo los ojos entre sombras y siluetas,
mil esbozos de hombres, mujeres y niños,
resignados bajo un cielo que,
aunque lleno de nubarrones, jamás se resolverá en lluvia?
¿Y si cada cosa estuviese corrida hacia el gris,
un gris todopoderoso y omnipresente,
casas grises sobre cimientos grises,
manzanas grises sobre fuentes grises,
grises los ramajes, los caminos, las puertas?
¿Y si desesperado te encontrara
y ya no me reconocieras, si dijera tu nombre
y ya no te llamaras, si intentara abrazarte
y ya no fuéramos carne sino arena,
ya no fuéramos sangre sino ceniza?
¿Y si de cosas como éstas, acaso peores,
estuviese hecha la muerte?
El mundo cabe entre el índice y el pulgar…
A Clemente Padín
El mundo cabe entre el índice y el pulgar, apenas separados: cóncavo y convexo, el Mal de ojo, bosque, escombro, óxido de pala y remo, Finlandia, la espina, la niebla y el gusto, alquitrán, encina, lagarto, magia y pesadumbre, mula, avaricia, Metternich, abeja reina, Buda, la gloria y el vuelo de la mosca, que la supera, Sacré-Coeur al mediodía, desierto, biblioteca, arrecife coralino, bastón con empuñadura, papel y escarcha, un pocillo con agua de lluvia, el matiz, el pozo, la llama, la seda, el ala del murciélago, la seda, la ola vista de lado, el turquesa; cabemos nosotros, ahora que el día cae, envuelto en humos, hacia Oriente, y todo deseo se resuelve en simetría, toda ley deriva, ciega y asimétrica, el aire se retira y en cuanto deja asume pez traspasado por agujas.
Arco iris de sucesivos grises hasta el negro…
Arco iris de sucesivos grises hasta el negro: ¿quién que da muerte podrá darte la vida? Ése camina sobre el agua, ¿para qué, si sabiendo nadar no nada y si no, no se ahoga? Se avecina lo esperado, lo inesperado, el gallo canta después del alba para anunciar que, pese a la luz, sigue siendo de noche. ¿Quién comprende, abre los ojos, entiende el porqué del golpe seco del amor como látigo contra el espejo? No logro darle un nombre a todo esto, una talla, una fórmula; sólo con aire no es posible lograr que alguien respire, pero ¿qué otra cosa? Ahora estoy desnudo ante el silencio. Estás desnuda y el silencio te lleva en sus brazos más allá del número y su borde; no queda casa, plato, camisa, apenas cenizas de padre, que el viento, cruel o piadoso, ya dispersa.
Si estiro el brazo, tal vez alcance. Al menos roce…
Si estiro el brazo, tal vez alcance. Al menos roce esa materia jamás bruñida o cincelada, con la que jamás se hizo una copa, una bailarina, un códice. Si me extiendo en sueños hacia donde más refulge, hacia donde más y mejor irradia. Pero, ¿qué veía o creyó ver Turner en el momento en que se abrían de golpe las ventanas? ¿Qué encontró el hijo de Swansea en el amarillo y en el mar austero, luego de la primera muerte, por entre las parábolas del sol y las leyendas de las verdes capillas? ¿Vino puro, antes de la lluvia? ¿Garzas limpias de barro? ¿Alta cúpula sobre cuya aguja hay un pájaro inmóvil? ¿Pasarán ante mí un amor desatado, una nítida caligrafía con aspecto de nieve, un dorado sin error, un iris libre de mercurio? Pero, si me alargo, ¿y es sólo el engaño, el espejismo, un rocío de belladona, seis estratos de locura que creeré almohada, una edad que, antes de ser, ya será fósil?
Poseído, libre, a mis ojos se abre…
A Christian Gustavo Binderfeld
Poseído, libre, a mis ojos se abre
el mar y respiro del mundo el primer eco
y percibo más allá del yodo figura
y ganancia de locura, de amor;
qué breve el sentido, qué ancha el alba,
y qué suave martillo el que golpea
la cabeza cuando en ella todo es sueño, verdad.
A una pulgada, el asilo.
A una centésima, el hospicio.
Qué zumba en el oído cuando no hay olvido,
cuando la escena encuentra precisión en cada acto;
ahora descalzo en el ensalmo, el hechizo,
la santa guadaña profana el agua
para hacerla sábana que envuelve,
de a poco, a los desnudos.
Limpio, tatuado, adelgazo
hacia el origen, el final,
me inclino sobre una luz hembra,
sobre un amplio y justo diluvio
que sepulta a todos menos a niños y vírgenes.
A un paso, los firmes astilleros.
A dos pasos, el tembloroso verbo
que abraza al relámpago;
qué vibra cuando el zorzal
huye de los dientes del perro,
vuela hacia donde Adán escarba dos veces la tierra
antes de plantar en cada hoyo
un azahar y un licopodio.
¿Y si pierdo la conciencia? Resbalo… A Liliana Herrero
¿Y si pierdo la conciencia? Resbalo hacia lo inefable con mirada de cordera, envuelto en polen seco, seca mi boca desde la que se ausenta todo verbo desde aarónico hasta zurubí. Por el canal más estrecho, un pez sin ojos. Por el canal más ancho, un ciervo sin ojos. ¿Y si pierdo el brazo derecho? Río con risa sin causa, lloro con llanto sin razón, acabado el libro y conducido el niño al sacrificio; sin cimiento, todo debe ser apuntalado en medio de la tempestad, nadie está desnudo, nadie disipa el humo para ver lo que arde, casa o zarza. ¿Y si retrocedo vidas hasta la almeja? Apoyo un dedo en la sal, algo, desde alguna parte, confirma al mundo lo inútil de ese gesto; más vale dejar que se retire lo que deba retirarse y acuda lo que deba acudir, resuelta en hilos la alegoría y de esos hilos sostenida sobre noche y abismo lo que llaman alma y yo, respiración de buey que sabe de agua y sed y el resto lo ignora.
Nadie vendrá a vestirlas. Pero todavía…
Nadie vendrá a vestirlas. Pero todavía ayunan en lugar de llevarse ceniza a la boca, meten la cabeza bajo el agua y besan el lomo de un libro sumergido; hay –quedan, no obstante- un árbol, un repique, una grava que se prodiga a la pata del caballo, una nota en la maleza, un silencio que se estira hacia el diapasón. Así y todo, ¿qué marco, labrado, conserva en sal, tatuaje y talón, beso de novio y novia en la flama? Desnudas: nadie vendrá, ni por lástima, ni curiosidad, ni aburrimiento.
La hora cae como fruta grávida…
La hora cae como fruta grávida
sobre el último instante que ya nadie conjura:
ni vía hacia las especias, ni lengua roja
contra el frío del saurio, ni ella, ni yo, ni olor, ni hebra;
qué incesante, sucesivo, imperioso
hacia el tendón que la vida no justifica,
lo que regresa sin motivo, huye sin razón,
bebe sin tener sed y nunca es poco ni suficiente.
Si le acercaran, tal vez, un grano de polen.
O, quizás, un mínimo seno tallado en arcilla.
Pero llueve en silencio y el número se disipa,
el mundo se presenta en espectro,
el amor en efigie, bajo una tierra sólida y violeta;
podría decirse es al revés, ¿sólo eso?
¿al revés no habría lo que ahora hay,
armado en espejo, con los mismos huesos?
¿Y entonces, por qué vía, a lomo de qué idea..?
¿Y entonces, por qué vía, a lomo de qué idea?
¿Hasta dónde y a partir de allí
qué hierbas, ramajes, temblores, consuelos?
¿Esperar el gesto del dios escondido en cada cosa,
su caprichosa acción ajena
al constante movimiento de tensores y poleas?
¿Por qué, entonces, florece en su hora
y en su hora lo florecido se marchita?
Por bosques de sueño y sangre,
de un lado la dolencia y del otro, su aparente cura,
demasiado ataviado para la muerte
y demasiado desnudo para la vida,
mientras crecen las preguntas
como hierbas en una tierra ablandada por la lluvia.
Habrá allá, tal vez, una pura instancia aérea...?
A Jonah Gabry
¿Habrá allá, tal vez, una pura instancia aérea
o fluvial, una seda que a si misma se recoge?
¿ Buscarán, como aquí,
las cabras alimento en lo mínimo emergido,
o no tendrán necesidad de hierba,
sus curvos cuernos perfectos,
sus alientos siempre perfumados? ¿Habrá allá
un después del último sonido,
una figura despojada de su peso,
una leve escarcha que el sol no derrite?
¿Por qué estas preguntas
mientras cae la tarde
y ando por la grava hacia la casa?
¿Por qué no tumbarme aquí, al menos por un momento,
sobre las doradas hojas en desorden?
¿ Por qué no gritar y despertar a los que duermen?
¿Por qué ofrecer pan a las sombras,
fruto a los dioses y a los muertos?
El pez, al migrar, recupera el oro...
El pez, al migrar, recupera el oro
de los días. Es, a contracorriente,
el rizo de la espuma y lo que en la espuma
se delinea. Es el límite excedido
hacia el libro inmenso, abierto
en el capítulo de la fructuosa fatiga.
Marcha veloz, urgida,
urgida ruta recta y sin altos,
horas y horas y horas sumergido
en cuanto por ansia de vida
se revuelve y fermenta, por último
depositará simiente, tendrá su cría.
Carlos Barbarito
http://carlosbarbarito.lalupe.com
C.B., en Café Vinicius, Río de Janeiro, enero de 2010.
Carlos Barbarito, nació en Pergamino, Argentina, el 6 de febrero de 1955. Su obra literaria comprende quince libros de poesía y dos de crítica de artes plásticas. Premios y distinciones: • Premio Fundación Alejandro González Gattone. • Premio Fondo Nacional de las Artes. • Premio Dodero de la Fundación Argentina para la Poesía. • Premio Bienal de Crítica de Arte Jorge Feinsilber. • Premio César Tiempo. • Premio Raúl Gustavo Aguirre de SADE. • Mención de Honor Leopoldo Marechal, • Mención de Honor Carlos Alberto Débole. • Gran Premio Libertad. • Premio Francisco López Merino. • Premio Hespérides. • Premio Iparragirre Saria • Mención Plural de México. • Mención honorífica Concurso de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires. Premio Praxis, México. Figura en: Breve diccionario de autores argentinos desde 1940 .Inventario Relacional de la Poesía en Lengua Española 1951-2000, de Juan Ruiz de Torres y José Javier Márquez Sánchez . • ABC de las artes visuales en la Argentina • Diccionario de autores argentinos .Sus textos sobre arte y literatura y su obra poética están traducidos, en parte, al inglés, al persa, al francés, al portugués, al catalán y al holandés.
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Te tomo de la mano, asusta lo incompleto que somos.
Antonio Orihuela

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