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Hoy rodamos con ALEJANDRO HERNÁNDEZ
21/05/2009 10:07:17

Silencio. Se rueda la entrevista en diferido con Alejandro Hernández autor de “Oro ciego” (Salto de página, 2009).



Interior. Es de día y por la ventana entra luz, una luz que se cuela por una ventana con edificios fuera. A la derecha del plano Alejandro Hernández autor de “Oro ciego”. A la izquierda con cara de haber encontrado un tesoro, Pedro Crenes Castro que le entrevista.



Esta es una novela histórica ¿Con quién te encontraste y dónde para que esta novela


naciera?


Me encontré conmigo mismo dando clases de inglés en un aula de séptimo grado llena de niños insoportables, así que me dije, éste no es el camino, y busqué otra forma de ganarme la vida. Me enteré de un concurso de cine donde pedían historias sobre la guerra del 98 y me inventé la mía. ¿De dónde salió? No lo sé, pero si me pongo freudiano creo que es algo que arrastro desde la adolescencia; cuando tenía quince años vi una película cubana llamada “Jíbaro” que arrancaba con un tempo de western, algo inaudito en el cine nacional, y recuerdo que pensé; coño, que bueno sería hacer una historia a lo western en el trópico caribeño, pero en vez de cowboys que fueran guajiros cubanos. Cuando salió el concurso de cine tiré de aquella idea y convertí a los guajiros en mambises y al western en una aventura de buscadores de oro.



¿Tienes a “Oro ciego” por una novela histórica o una novela basada en hechos


históricos?


Es un debate interesante que ha salido en algunas entrevistas. Creo que el problema parte de la percepción que existe hoy de lo que es una novela histórica, o sea, Oro Ciego no tiene mil páginas ni salen reyes ni templarios. Tampoco hay grandes batallas, pero transcurren con el fin de la guerra del 98 como telón de fondo. Honestamente, yo sólo quería escribir una novela de seres humanos sobreviviendo a situaciones muy límites.  Elegí una época que resultó trascendental en la vida de cubanos y españoles, pero mientras la escribía no pensaba si estaba haciendo género o no.



Cortamos y visionamos las dos primeras preguntas. “Vale” dice el director y ahora ensayamos la siguiente escena.



Fundido.


Exterior. Playa de Samil, Vigo. Planos del horizonte y las luces del atardecer. Plano de los dos hombres caminando. A la izquierda el autor y a la derecha el entrevistador. El plano sube hasta un primer plano de ambos. Oímos la pregunta mientras el mar ruge.



Una pregunta sobre la “documentación diferida”. Tus padres se patean la Habana


buscando lo que le pides para documentar la novela  ¿Cómo se ven las cosas desde


tan lejos?


Con mucha perspectiva. Salir de tu país, al menos por un tiempo, es de las cosas más sanas que uno puede hacer, sobre todo mentalmente.  Los cubanos somos muy endogámicos, como durante siglos el oro de América salía de La Habana rumbo a España, eso hizo que nuestros abuelos se creyeran el centro del mundo, la llave del continente. Y lo hemos heredado generación tras generación.  Hoy mismo, con el país hecho pedazos, mucha gente sigue pensando que el mundo vive pendiente de lo que ocurre allí. Es una isla con una inmensa necesidad de autocrítica, y un grave problema de ego. Por eso en Oro Ciego me negué a dejarme llevar por los mitos. En las escuelas de allí te cuentan que la guerra de independencia fue una lucha entre españoles por un lado, y el pueblo cubano por el otro. Y eso es falso.   Hubo sesenta mil cubanos luchando junto a España contra quince mil independentistas. Es cierto que la mayor parte de la población blanca estaba harta de Madrid, pero también temía a los mambises porque el 80% de sus soldados eran negros, y sentían pánico de que terminaran instaurando una república como en Haití. A mí no me interesa una historia de buenos y malos. Me interesa lo que es humano, la sinrazón, el miedo, la duda. Ahí es donde está la emoción, el drama bueno. Lo que pasa es que intentar hacer eso con la historia de tu país requiere tiempo y distancia.   Mucha distancia.



“Cuando rebuscas en la memoria nadie garantiza lo que pueda salir” dice Alex


Pashinantra. ¿Que ha encontrado Alejandro Hernández después de concluida la


novela?


Me siento muy liberado. A nivel personal me he sacado unos cuantos fantasmas de encima. Hay mucho de mí en Alex Pashinantra. Y en cada una de las situaciones que él vive yo he aprovechado para soltar mi propio lastre. A veces de forma consciente, a veces no, pero supongo que le ocurre lo mismo a todos los escritores. En cualquier caso, el sentimiento predominante después de concluida la novela ha sido el alivio. Un profundo y reparador alivio.    



Muchas de las novelas históricas adolecen de una narración acartonada y académica,


¿qué opinas sobre ellas?


Me gusta que la gente lea, da igual qué. Recuerdo que en mi escuela de cine había un


profesor que llevaba un curso de introducción al cine para niños de doce años. El se


empeñaba en ponerles a David Lynch, a Tarkovsky. Yo le decía que con eso lo único que


iba a conseguir es que odiaran el cine. Uno no se hace escritor leyendo a Proust, primero


hay que leer a Salgari. Creo que esas novelas de las que hablas cumplen su función. Yo


hace 20 años andaba fascinado con Azteca, de Gary Jennings. Hoy no me la compraría,


pero la recuerdo con gratitud. Es cierto que ese tipo de novela histórica suele estar  escrita


con un estilo acartonado y académico, probablemente porque sus autores son profesores


de literatura o historia a los que les fascina leer, y un día deciden dar el paso. No seré yo


quien lo critique, muy al contrario, admiro a quien lo hace, aunque sólo sea para


demostrarse a sí mismo de lo que es capaz. Es un tipo de novela histórica más accesible


para un público que no quiere mucho “rollo”. Y eso es legítimo, beneficia al mercado, y no


creo que le quite espacio a otro tipo de novela histórica, porque al final hay lectores para


todos, unos prefieren a Ken Follet, otros a Umberto Eco o a Pérez-Reverte. Y quién


empieza con Los pilares de la tierra puede que un día termine leyendo   Guerra y Paz,


de Tolstoi, o Los Miserables de Víctor Hugo (nadie ha contado la batalla de Waterloo


como él) o La Ilíada. ¿Acaso eso no es también novela histórica?




Les vale la escena y la cosa se va animando. Toca hablar de mujeres.


Interior. Bar. Acodados en la barra autor y entrevistador beben “cubas libres” para dar ambientillo cubano a la escena. Música de Celia Cruz. Botellas de ron en las estanterías.



Hilda María es para mí uno de los personajes más pragmáticos de la novela, quiere


redimirse ella y con ella a todos lo que han sufrido injusticias ¿qué opinas de ella?


Pues que tienes razón. ¿Qué puedo opinar yo? Tú la ves así. Y agradezco que la veas así. Es un homenaje a mi abuela materna (se llamaba Hilda María), pero decirte lo que pienso de ella no aportaría nada, sería enjuiciarla, y eso me da cierto pudor.  Lo importante es cómo la ves tú. Y no tienes idea de cuánto aprendo de lo que me dice un lector.



Gador es una mujer enigmática, con una vida terrible y con un sueño. ¿Cómo surge


esta mujer con una vida afectiva tan turbulenta?


Me encanta trabajar personajes al límite. Antes te decía que no creo en buenos y malos. Me obsesionan los personajes complejos; el que odia a su padre pero lo necesita, el Homer Simpson que es irresponsable y casi alcohólico pero adora a su familia, el Toni Soprano que viene  de asesinar un tío a puñetazos y le echa la bronca a su hijo porque no hace los deberes. Toda vida está llena de cosas maravillosas y terribles,  ¿Por qué renunciar a eso? Yo además soy un psicólogo frustrado, y me encanta hablar con gente que ha vivido cosas... da igual si es una guerra, un divorcio o la ascensión al Aconcagua.  Me da armas para escribir. Me ayuda a darles una verdad a mis personajes (o por lo menos intentarlo). Los budistas tienen un dicho que dice: sólo cuando te expones a la aniquilación descubres lo indestructible de ti mismo. Creo que Gador nace de ahí. 



Hablamos de cine y de técnica literaria.


Interior. Cine Doré. Plano atrás como si vieran una película. Siguiente plano de frente. Hay una butaca entre el novelista y el entrevistador. Con luces como si en la pantalla se proyectara una película.



 ¿Qué le debe al cine esta novela?


Todo. Su origen, el ritmo, la estructura. Hay muchos escritores que le deben su oficio al periodismo, yo pertenezco a un grupo que en vez de formarse en las redacciones de los periódicos lo ha hecho escribiendo guiones. La tiranía de los presupuestos, de no hacer escenas de más de cuatro páginas, de construir personajes en dos, todo eso jode mucho, pero te enseña.



La atmosfera de la isla, los lugares, la humedad ¿Cómo ha sido la elaboración de esa


atmósfera?


Conozco Pinar del Río porque en el pre-universitario nos mandaban todos los años a trabajar allí, durmiendo en barracas de madera y recogiendo hojas de tabaco. De esa experiencia recuerdo el olor de los sembrados, los aguaceros tremendos, el infierno de los mosquitos. Mi familia paterna es de Cienfuegos, es una ciudad que asocio mucho a mi niñez. Tenía un tío que era técnico avícola y me llevaba a recorrer sus campos, con él visité Palmira (el pueblo de Alex Pashinantra).  Pero mi experiencia rural es muy limitada. Las últimas veces que fui a Cuba, ya con la novela en mente, estuve más pendiente de ciertos detalles. Por ejemplo volví a Viñales después de diez años y me sorprendió cuánto ha cambiado el pueblo. Lo vi más próspero, y eso es raro en Cuba.  Para el capítulo de los reconcentrados  leí crónicas de periódicos americanos y me sirvieron mucho las historias de un amigo que fue custodio en la embajada del Perú. En el año 80 diez mil cubanos se asilaron allí, en apenas mil metros cuadrados... la atmósfera que se vivió en aquel sitio fue tremenda. El gobierno les daba comida en cajitas pero lo que ocurrió de puertas para adentro merece un libro entero.



¿De donde surgen los mastines ciegos?


Cuando tenía veinte años me dio por recorrer cuevas. Me uní a un grupo de amigos y nos


íbamos los fines de semanas de “exploración”, una de las cosas que me maravilló descubrir


fue que los animales que viven dentro de las cuevas no tienen color, ni ojos. Por ejemplo


los peces son ciegos, las arañas transparentes, y tiene lógica porque en medio de la


oscuridad qué sentido tiene el color, o tener ojos... es una fauna muy curiosa. De ahí salen


los mastines ciegos. Unos perros que han estado cien años encerrados en cavernas se


adaptan al medio y evolucionan...





Exterior. Plaza del descubrimiento en Madrid. Sentados en sillas de directores de cine y con la estatua de Colón apuntando hacia América, el autor de “Oro ciego” responde a la última batería de preguntas. Plano general con bandera ondeante y estatua. Siguiente plano a los hombres sentados.



La brutalidad necesaria aflora en esta novela y la narración de los hechos que vivió


Alex son terribles. ¿Han cambiado las guerras tú que has estado sirviendo como


cronista en una?


Ya me hubiera gustado ser cronista. Yo simplemente colaboraba de vez en cuando con el periódico del ejército (gracias al corresponsal oficial, Pastor Batista, que fue muy generoso conmigo). También tuve la suerte de recorrer Angola y ver lo que era ese país gracias a mi padre. Cuando yo llegué a Angola él y mi madre estaban allí terminando su misión (la guerra duró quince años, así que hubo tiempo de ver pasar padres, hijos y casi nietos). Coincidimos unos cuatro meses antes de que se marcharan. Mi padre era piloto y había dejado los migs para volar aviones de transporte militar, así que cada vez que pude me fui a volar con él. Así conocí Benguela, Lubango, Cahama, nos recorrimos en jeep cientos de kilómetros por la carretera panafricana hasta casi la frontera de Namibia. Vi que aquella guerra no tenía nada que ver con el comunismo, en el fondo todo era una cuestión tribal en la que nosotros no pintábamos nada. Para los angoleños la guerra entre etnias seguía siendo la misma de hace doscientos años, lo diferente es que ahora en vez de pelear con arcos y flechas usaban los kalashnikov que les dábamos nosotros, o los M-16 que les entregaban los americanos. Una locura. ¿Han cambiado las guerras? Sólo en las formas. Evolucionan las armas, las tácticas, la tecnología, pero la mentalidad no. En el fondo seguimos siendo igual de primarios. Cambiar una forma de pensar o de relacionarte con el prójimo es lo más jodido del mundo.



Es un “americano”, un estadounidense, el que juzga toda esta brutalidad vivida por


Alex. ¿Es una metáfora de lo que ha ocurrido históricamente con Cuba y con


América Latina?


Estados Unidos no fue justo con los mambises. Desdeñaban su forma de hacer la guerra, el hecho de que tuviera tantos soldados negros. Muchos oficiales americanos pensaban encontrarse un ejército de cubanos blancos, con uniformes y reglas civilizadas, no aquella tropa de descamisados que peleaba con machetes. Incluso después de firmar la paz con España, permitieron que Madrid siguiera combatiendo a los independentistas. No fueron leales con los mambises, un ejército pobre, pero que había desgastado a España tras varios años de guerra. Porque la verdad es que Estados Unidos venció a España en tres meses no porque sus generales fueran más listos (de hecho cometieron muchos errores tácticos), la verdadera razón de la victoria norteamericana está en el deplorable estado en que se encontraba el ejército español tras una guerra de desgaste que lo dejó exhausto y con más de cuarenta mil muertos.


No quiero caer tampoco en un antiamericanismo facilón. Estados Unidos, entró en la guerra por sus intereses, pero también muchos cubanos llevaban años deseándolo. Y lo propiciaron. Es cierto que impuso a Cuba una constitución a su medida, pero los diputados que la aprobaron no eran yanquis, eran coroneles y generales del ejército mambí que podían haberse negado (algunos se negaron, de hecho). En Cuba estamos acostumbrados a buscar las culpas fuera, y eso siempre es fácil, y evita el doloroso acto de mirar dentro de ti.  El día que nos quedemos sin enemigo será muy traumático. Y no todos están preparados para eso. Lamentablemente.



¿Qué lee en estos días Alejandro Hernández?


Llevo una semana leyendo Relatos, de Rudyard Kipling. Un autor del que sólo había leído El libro de la selva, con doce años. Me ha sorprendido mucho.



¿En que trabajas a día de hoy?


Me gano la vida con el cine, así que estoy con dos películas, una que se debe rodar a finales de año dirigida por Manuel Martín Cuenca, y otra que estoy escribiendo con Mariano Barroso para Telecinco Cinema.


En ninguna de ellas hay soldados ni cuevas ni perros. Simples historias de gente común.



Fundido en negro. FIN.


Pedro Crenes Castro


Cara a cara con RAÚL RUBIO MILLARES
04/05/2009 10:22:30

Hace unos días, desempolvé por fin la grabadora y me reuní con Raúl Rubio Millares para hablar de su último libro, Sarta de cuentos y otros relatos, en el Parque Federico García Lorca (Granada).


Sarta de cuentos y otros relatos es un libro de cuentos en el que el mundo de la mentira está siempre presente, casi como un personaje más de las brillantes historias que este gaditano afincado en Granada, actualmente, plasma con soltura y naturalidad en el papel. No adelanto más, porque, como siempre, la reseña de la obra la encontraréis tras esta entrevista. Así que aquí os dejo ya con las palabras de Raúl:



¿Cómo y cuándo se te ocurrió escribir Sarta de cuentos y otros relatos?


La idea de Sarta de cuentos fue surgiendo sobre la marcha, porque en realidad el proyecto primero iba a ser totalmente distinto; pero viendo que teníamos material suficiente, y que giraba todo en torno a la mentira, las falsas apariencias, las realidades que pueden tener dos visiones distintas, que no son objetivas, pues pensamos en eso, en ese título de Sarta de cuentos (que aparte también es un cuento de los que componen el conjunto), y que todo empezara a centrarse en torno a ese tema, quedarnos con los relatos que tuvieran esa idea.


¿Porqué Sarta de cuentos y no cualquier otro título?


Primero, porque a mí me gusta mucho que el título sea uno de los relatos, que sea el título y otros relatos. Después, porque Sarta de cuentos creo que resume muy bien lo que es, en todos los sentidos, porque no es una colección de cuento al uso: es una sarta de cuentos, en un tono informal que es lo que yo quiero que quede al final de los relatos, que sea algo anecdótico, gracioso, simpático, y poco más. La palabra sarta es muy coloquial, incluso hasta despectiva, como cuando dices “este tío dice no dice más que una sarta de tonterías que no veas”. Me venía muy bien y me gustaba como sonaba.


¿Hay más cuento en la realidad que en la ficción?


Pues a veces sí. Yo creo que la mayoría de las veces la ficción se queda corta. En el relato de Sarta de cuentos, precisamente, si llego a poner la realidad, hubiera quedado muy ficcional. Porque ese relato parte de una anécdota real y muy cercana. Y como acabó fue peor de como yo lo pongo en el cuento. Pienso que sí, que la mayoría de las veces la realidad se permite licencias que no se permite la literatura, que ya lo dijo otro, que no era yo; pero lo digo yo y también es una mentira.




El mundo de las letras y el fútbol suelen estar muy presentes tanto en estos relatos como en los de tu anterior libro. ¿Se trata de algo deliberado?


No, pero es que el fútbol está muy presente en mi vida. Yo soy muy futbolero, no lo puedo evitar.


Primero, es que en el relato de Final el fútbol está por obligación. Por obligación, porque eso nace de la primera vez que me metí en la página web www.estasmuerto.com, y esa fue la muerte que me dijeron que iba a tener, que iba a ser así, viendo una final de fútbol y todo eso. Así que ahí está obligado.


Y el otro, el de Lombardini, fue viendo la Eurocopa, la que ganó España. Viendo uno de los partidos de otras selecciones se me ocurrió la idea porque venía al pelo. Así que coincidencia.


Pero, claro, evidentemente el fútbol, y más este año que tenemos ahí al Barça pletórico,  deja mucha marca en mi vida. 


¿Tiene algo que ver el cuentista de PRINCIPIO con aquel otro escritor que protagonizara PROBLEMAS DE UN ESCRITOR MEDIOCRE EN LA ERA DE LA INFORMÁTICA? (Relato, éste último, recogido en tu anterior libro, Muestrario).


Yo creo que no, que no tienen mucho que ver, en el sentido de que éste, por lo menos en mi imaginación, es más joven. El escritor de Muestrario, de Problemas de un escritor mediocre, tal como yo lo tenía pensado, era más mayor, más adulto. Después, era uno “que estaba empezando”, más principiante. El cuentista éste, el de ahora, está más metido en el mundillo, y es más callejero. Claro, se relacionan a través de mí, los dos son dos yo; pero me es más cercana la figura del otro, del de Problemas de un escritor mediocre. Ése es uno de mis cuentos favoritos, es con los que más me río, sobre todo por eso, porque es el frustrado. Éste (el de Principio), no: éste lo veo más como un chispilla, un vividor. Y el otro no, el otro era el frustrado. Es muy chungo: tú imagínate que empieza la máquina a escribir por ti y encima le gusta más a tu pareja lo que escribe la máquina que lo que tú escribes. Es muy triste.


Pero, sí, claro, alguna relación tendrán.


¿Te has leído alguna vez las instrucciones de una sandwichera? 


Sí. Bueno, me las he leído, pero para prepararme este relato. Me he pegado una época revisando manuales de instrucciones por si a alguien se le había ocurrido la idea del cuento. Afortunadamente, no.


Y aparte también para coger el espíritu un poco de esos textos. Y la verdad es que eso: el de la sandwichera me lo leí. Vamos, lo tengo de modelo, y ese modelo que cogí me lo leí. Y la verdad es que es un tío muy formal, no como el que yo pongo. 




Aquelarre y El joven poeta tocan temas muy reales, y sus protagonistas también podrían serlo. ¿Crees que alguien se dará por aludido después de leer estos cuentos?


Espero que no, y si alguien se siente aludido es su problema, porque la verdad es que sería muy triste que alguien se identificara con los protagonistas de los dos cuentos. La verdad es que no me he inspirado en ninguna persona en concreto para ninguno de los dos. Sobretodo, para El joven poeta, creo que es más un espíritu de lo que se respira en mi Facultad, más que decir “pues esto es esta persona”. Y ya te digo: si alguien se siente aludido, es su problema. A mí no me gustaría sentirme aludido por ese relato.


Aquelarre puede señalar a más gente. Pero volvemos a lo mismo: yo pienso que las figuras principales de Aquelarre también son gente que, si se identifican con ese contexto, malo, muy malo, porque refleja la parte quizá más fea de la literatura, el mundillo ése que está lleno de falsas apariencias, de puñaladas traperas…


¿Qué harías si encontraras, de la noche a la mañana, un agujero sospechoso en tu cuarto de baño?


Lo encontré. El cuento de El agujero nace de eso, nace de un agujero que aparece de buenas a primeras.


Ahí tengo yo más del cuentista del relato de Principio que otra cosa. Si me hubieras preguntado que con quien me identifico más ahora, seguramente sería con el otro, porque siempre estoy imaginándome historias y viene Maite, mi pareja, y me dice “¡anda ya, déjate de tonterías!”.


Pero una tarde vi un agujero que me sonaba muy sospechoso porque no lo recordaba, y además daba a una habitación que para mí no tenía lugar en ningún sitio. Y a partir de ahí empezó la paranoia del cuento. Y la verdad es que no te digo que me llegara a obsesionar a un punto extremo, pero cuando me quedaba solo y empezaba a mirar por el agujero, pensaba: “¡ay, como salga de ahí alguien tocando la guitarra!”



¿Con cuál de tus personajes te sientes más identificado?


Yo creo que con el protagonista de Principio, en este momento, quizá sí, porque al final lo veo como uno que juega, que le gusta la literatura; pero también le gusta el fútbol, se baja al ciber, también está pendiente de otras cosas, tiene una manera de ver la vida un poco literaria que a lo mejor los demás se la toman a guasa... Y a parte es un obseso, y yo soy un hipocondríaco. Soy un hipocondríaco de los peores. La frase ésa que pongo de Woody Allen está buscada con todo el sentido, porque muchas veces a lo mejor me dejo influir mucho por las películas de Woody Allen; como vea una cosa, como vea una enfermedad, como ahora con lo del tema éste de la gripe porcina, estoy seguro de que la tengo.


Y también por lo de cuentista, porque esa es otra de las cosas: Sarta de cuentos gira en torno a la mentira, que yo creo que está muy desprestigiada. Todo el mundo dice “yo quiero la verdad, la verdad, la verdad”. Creo que en realidad no queremos la verdad. Como decía Jack Nicholson en la película ésa con Tom Cruise, “quizá no estamos preparados para soportar la verdad”. Y todos nosotros mentimos, todos somos unos cuentistas, todos nos ponemos máscaras de alguna u otra forma.


¿Qué esperas que encuentren los lectores en este libro?


Espero que se rían, no pretendo más. No te voy a decir “espero que identifiquen los guiños metaliterarios que se esconden bajo las páginas y el simbolismo que compone...”. Si a mí todo el que se acerque me dice “me he hartado de reír con el libro”, más que satisfecho.


Y, por último, ¿tienes ya nuevos proyectos en mente?


Proyectos, proyectos, no, porque bastante acojonado estoy con éste como para eso. ¡El proyecto es de retirarme, de no volver a escribir una página!


No: tengo varias cosillas; lo que pasa es que dependerá del tiempo del que disponga. Pero hay una historia ahí que cuanto más la cuento, cuanto más la comparto, más fuerte se hace. Pero esa historia sería un poco más extensa, sería para que cogiera forma de novela, y no sé si tengo la paciencia de escribirla. Pero, como proyecto, a lo mejor. El resto, pues, ¡a saber!



Muchas gracias, Raúl, por tu tiempo y tus palabras. Ojalá tu libro llegue a tantas personas como sea posible, y lo disfruten tanto como yo.


Como siempre, gracias también a vosotros, lectores, por estar, una vez más al otro lado, y seguirnos con tanto entusiasmo.


Cristina Monteoliva



Cara a cara con ESPIDO FREIRE
17/11/2008 16:00:30

 


Y por fín llega el trece de noviembre, día en el que Espido Freire se acerca a Granada a firmar ejemplares de su último libro en la librería Picasso, El trabajo os hará libres, y, de paso, conceder una entrevista a La Biblioteca Imaginaria, quedando así inaugurada una sección que ya se nos hacía necesaria.


Son más de las 7. El sol hace rato que se ha ocultado y hace frío, mucho frío. Sin embargo, en el café Piaf se está bastante bien. La nueva decoración lo ha convertido en un sitio aún más acogedor de lo que era cuando se llamaba Anaïs. Nos sentamos en la mesa del fondo. El ambiente es el más propicio para tener una conversación relajada. Pongo en marcha mi grabadora mientras pienso si seré capaz de transcribir lo más fielmente posible las palabras de Espido. De pronto, todo comienza:


L.B.I: Hola, Espido. Espero que estés bien en Granada aunque sea la visita breve.


E.F.: Muy a gusto. Tenéis una de las ciudades más hermosas de toda España, y se olvida, a veces, cuando se tarda en volver, se olvida de esa visión cruzando uno de los puentes de Sierra Nevada, y de lo verde, y ahora en otoño es verdaderamente bonito. Esta mañana he visto muy poco pero he podido disfrutar mucho. Tengo que venir con más tiempo, hace ya que no (lo hago).


Esperemos que así sea. Bueno, pues voy a empezar con las preguntas: ¿Cómo surgió el título de tu último libro, El trabajo os hará libres?


Pues surge después de haber escrito ya los cuentos y de plantearme que nexo de unión hay, y que frase puede explicar eso. Yo tengo muchas dificultades para titular, me parece que luego mis títulos son más o menos chulos, pero le doy muchísimas, muchísimas vueltas. Tengo facilidad para los personajes, para las atmósferas, pero así como hay gente que inmediatamente titula y sabes que estás frente al título perfecto, yo no. Luego era un título que podía ser polémico, habla de los campos de concentración, se refiere a esa mentira que se comunicaba a todo el que pasaba por debajo de la puerta de entrada, y había un cierto temor a que alguien pudiera sentirse ofendido. Yo peleé mucho el título en conversaciones con Juan Casamayor, con el editor. Acabé convenciéndole de que ese tenía que ser el título.


¿Por qué el trabajo os hará libres? Porque también a nosotros nos mienten, como mentían a aquella gente, y porque nosotros creemos que siguiendo una serie de normas saldremos con bien de este mundo, y de este mundo se sale con los pies por delante.



Portada de El trabajo os hará libres



¿A tí el trabajo te hace libre?


A mí, el tipo de trabajo al que me dedico, me hace libre, pero no llevarlo a cabo. Cuando alguien se compromete a ser escritor, y hablo de compromiso en el sentido amplio de la palabra, se compromete también  al oficio, y a la seriedad, y al rigor, y al estudio, y a la investigación, y nada de eso te hace libre físicamente. Yo suelo decir que sí, estoy contenta y me hace muy feliz, y me permite además explorar campos que no me hubiera imaginado. Pero que la libertad hay un momento, cuando se va dejando atrás  la juventud, que se convierte en una añoranza más que en una realidad.


¿Qué te aporta el cuento que no te dan otros géneros?


Pues, desdiciendo lo anterior, libertad. El cuento es intenso, en el cuento se puede experimentar más porque también se arriesga más, y por lo tanto el lector agradece que se haga una pirueta en el aire. Es muy satisfactorio porque en relativamente poco tiempo se ven resultados muy distintos. Incluso, aunque dediquemos dos años a un libro de cuentos y dos a una novela, en la novela tenemos una unidad, en el cuento tenemos quince o veinte para seleccionar, y eso, para las vagas como yo, es muy satisfactorio. Y, por otro lado, permite el cambio, permite meterse en muchas realidades, en muchos personajes. A mi me encanta eso, me gusta mucho crear esa psicología.


¿Qué debe tener un buen cuento? ¿Cuáles son tus ingredientes?


El buen cuento, a mi juicio, ha de ser breve. Es decir, he escrito cuentos de quince, de veinte folios, pero me parece que el modo real de enfrentarse al cuento parte de la brevedad. Ha de ser intenso, de ahí que cuanto más breve, más elementos. Ha de resultar en cierta medida agresivo: tiene que resultar una bofetada, un puñetazo para la conciencia del lector. A veces se consigue a través de la sorpresa, otras a través de la ternura o a través de la empatía con el personaje… ¿Y qué mAS? Y ha de ser poroso, tiene que permitir que todos los elementos que no figuren en el cuento el lector los pueda aportar. Es un viaje de ida y vuelta, es un poco web 2.0: es decir, la colaboración del lector es más necesaria, a mi juicio, que en la novela.


Voy a leer un extracto de LA IMITADORA DE VOCES: Hemos seguido siempre con más fidelidad las instrucciones que las sugerencias, las órdenes que los pensamientos difusos. ¿Crees que esta sentencia es aplicable a los lectores españoles?


Y a las personas, y a los ciudadanos, y a los votantes, y a los alumnos, y a los profesores… Es una frase muy bien seleccionada porque precisamente refleja la explicación al título: te está hablando de las órdenes, de si las puedes seguir o si las debes seguir. Y, desde luego, en esta sociedad se valora mucho la figura del rebelde, pero a veces el rebelde se confunde con el maleducado o con el inmaduro. La idea de una rebelión abierta frente a esas normas, que no tenemos porque seguir, todavía nos resulta muy ajena porque arriesgamos mucho y a nadie le gusta perder. Si se arriesga, ahí está esa posibilidad.


¿Qué esperas que encuentre el lector en este libro que hoy presentas en Granada?


Espero que se divierta, pero la diversión conmigo casi nunca es de carcajada. Es decir, espero que se entretenga y que se enganche, y que cada uno de estos cuentos le obligue ligeramente a reflexionar, a plantearse si había vivido eso antes y como reaccionaría. En estos cuentos se habla mucho de decisiones y de toma de decisiones, y es un poco inculcado desde fuera. Pero yo quiero que empatice con  esos personajes y que se plantee que haría si yo fuera Alenxander, o si yo fuera la niña de todos, o si yo fuera la mujer ciega de la Carta de Guilles.



Entrevistada y entrevistadora en la librería Picasso


¿Te identificas con alguno de  tus personajes de este libro?


Quizás con La Italiana. No es que me identifique, es que esa misma situación, la de alguien que está solo en un hotel y es observado por los camareros, y por la gente que trabaja allí, la vivo a diario, la vivo en muchas ocasiones. Antes, hace un rato, estaba enviando uno de mis artículos desde el hotel en el que trasnocho, estaba en el hall, e iba pasando gente, huéspedes, me miraban. Y pasaba luego un limpiador, y me miraba, y yo continuaba tecleando, y me miraban. Y, por supuesto, yo pensaba sobre ellos, me preguntaba que hacían allí. Y por cierto, ellos pensaba en mi, de seguro pensaban en mi,  en qué estaba haciendo yo ahí. Entonces lo más autobiográfico quizá sea esa situación.


¿Y es más trabajoso ser buena o ser mala? 


Ser mala exige muchas horas al día. Exige adelantarse. Ser buena yo creo que no, ser buena obliga a ser moralmente estricta, atenerte a un credo…A veces hay decisiones complicadas, pero en cierta medida es fácil. Pero ser mala te obliga a anticipar, te obliga a prever, te obliga a  una cierta inteligencia; porque no vale solo ser mala, la mala tiene que ser un poco manipuladora, y por lo tanto ha de que conocer bien el género humano. La buena no tiene porqué.


No es que esté mitificando a las personas malas, ¿eh? Por favor... De hecho, ¿cuánto se sufre por culpa de la maldad ajena? Pero me parece que como todos tenemos ese punto y en según que momento y en según que aspectos somos tremendamente bichos, pues intento acercarme a eso, para perderle el miedo también.


¿Tiene que acabar el amor siempre de forma trágica?


El amor, o termina en ruptura o termina en muerte. Entonces, no hay ningún sentido en preguntarse cómo termina el amor, sino en cómo dura el amor. Mientras dura, como todo, pero especialmente las relaciones humanas, mientras duran tienen que ser lo más maravillosas posibles. En el momento en el que llega el desamor, y uno abandona al otro o se rompe esa relación, o en el momento en que llega la muerte y esa relación también se rompe, sólo queda el recuerdo, y sólo queda la criba que haga la memoria de ese recuerdo.



Espido Freire firmando libros en Babel


¿Un consejo para las bellas durmientes?


No deberían haberse pinchado. Están desperdiciando su vida, y fue un capricho. Fue porque se empeñaron. Los padres ocultaron todas las ruecas. Todo el mundo les dicho no, no, no. Fueron. ¡Ah!: apenca con tus responsabilidades. Y si hay ocasión, no te pinches.


Y por último, ¿qué nos espera en los siguientes volúmenes de esta trilogía?


Pues habrá un volumen de cuentos oscuros, góticos, de lo más cercano a la oscuridad de otros cuentos y de otras novelas de Espido Freire, y habrá otros más metálicos, más chirriantes, más pegados a la realidad, más cercanos a algunos de estos cuentos,        como la Imitadora de Voces, en que estoy centrada en el aquí y el ahora. Van a ser dos muy distintos que completarán tres que tienen una unidad, los tres libros. Pero, bueno, estoy ahora ordenando y terminándolos todavía. Me lo estoy tomando con cierta calma porque tenemos muchos años por delante.


Bueno, pues muchas gracias, Espido, y espero que te lo sigas pasando bien en Granada, aunque la estancia sea breve, y que nuestros lectores se decidan por tu libro, que es muy interesante, la verdad.


Pues muchísimas gracias. Estoy encantada de haber hablado contigo y de inaugurar así esta sección. Espero lo mismo: espero que ellos se diviertan y encuentren algo interesante en lo que yo tenga que decir. Muchas gracias.


 


Nuevamente, quisiéramos agradecer la gran amabilidad de EspidoFreire al concedernos esta entrevista. De igual manera, mandamos un agradecimiento muy especial a Páginas de Espuma, por propiciar este gran encuentro entre la escritora y La Biblioteca Imaginaria.


Cristina Monteoliva


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