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Título: El oficinista


Autor: Guillermo Saccomanno


Editorial: Seix Barral


Págs: 206


Precio: 18 €


 


El paro aumenta en España por culpa de ese agujero negro denominado “la crisis económica”, y los que aún conservan los empleos, están cada vez más descontentos con el ambiente que precisamente se respira en el trabajo. Se hace cada vez más difícil, en el mundo de hoy, encontrar un empleo en el que las relaciones con el jefe y los compañeros sean optimas, el sueldo, digno y, ¿por qué no?, podamos también sentirnos realizados con lo que hacemos. Y, sin embargo, la cosa podría ser aún más gris, incluso negra. No hay más que echarle un vistazo a El oficinista, la novela de Guillermo Saccomanno, la obra ganadora del Premio Biblioteca Breve 2010 para saber de lo que hablo.


El oficinista es un hombre sin ilusiones que se queda haciendo horas extra hasta bien entrada la noche con tal de no volver a casa y tener que soportar a una mujer cruel y a unos hijos a los que escasamente reconoce como suyos. Todo cambia para este ser apocado el día que el amor le alcanza con sus flechas. Pero, ¿se trata de un amor correspondido? ¿Qué límites será capaz este hombre gris con tal de realizar sus sueños?


Existe en esta historia un narrador omnisciente que, como una sombra, se adhiere a este deprimente oficinista, entre otras cosas, para hacernos comprender la extrema opresión que ejerce sobre los individuos el mundo hostil en el que viven, una ciudad en la que los helicópteros no paran de patrullar de día y de noche, la guerrilla hace estragos, los niños cometen masacres en las escuelas, vándalos queman los geriátricos, los vagabundos proliferan por doquier e inquietantes perros clonados pueden abordarte en cualquier esquina. Más dura es aún si cabe la vida en esta hipotética ciudad de esclavitud laboral, en la que los nombres ni siquiera importan (basta con saber la profesión que ocupa cada uno, o un rasgo del carácter que le marque, como nos hará ver el narrador) si apenas se tienen fuerzas para seguir adelante. Y éste, como decíamos antes, es el caso del oficinista protagonista justo al principio de la historia. Será necesaria una chispa, una pizca de ilusión, para que este pobre hombre quiera convertirse en otro. Porque todos podemos ser otro. De hecho, lo somos continuamente a lo largo del día, dependiendo de la tarea a la que nos enfrentemos también de con quien hablemos. Podemos ser muchos otros diferentes, pero, ¿no somos al final siempre el mismo jugando a un cambio que no es real?


Acompañan al triste oficinista en esta aventura (pues no podría calificarse esta historia con otro término) encontramos a personajes tan dispares como la secretaria, la supuesta princesa desvalida de la que todos querrían ser príncipe rescatador; la mujer del oficinista, o el ogro que parece haber devorado por completo a la mujercita frágil con el que éste se casara; la cría, compuesta por un número indeterminado de hijos tan horribles como su madre; el viejito, hijo minusválido del oficinista, el único que se parece a él, por total debilidad; el jefe, déspota incluso a la hora de adoptar niños, o el compañero, un ser sospechoso simplemente por llevar un diario.


El oficinista, en definitiva, es una de esas pequeñas grandes historias protagonizada por un ser en apariencia simple que atrapa desde el primero momento, no sólo ya por su magnífica prosa, sino por todas las interpretaciones que podemos llegar a dar a lo escrito, a lo que le sucede a este hombre, que también podría sucedernos en un momento de nuestra vida a los lectores, pues todos alguna vez hemos querido ser otro y al final hemos sido la misma persona cometiendo nuevos errores. Se hace necesario además pensar en la influencia del “sistema” sobre todos nosotros, de ese monstruo inhumano que nos obliga a ser productivos, a dejar de relacionarnos con los demás de manera fluida, llegando a aislarnos dentro de nosotros mismos. Me pregunto si no nos estaremos convirtiendo en perros clonados que no se sabe como reaccionarán a los estímulos adversos.


Ojalá todo el mundo pudiera ser feliz con el trabajo que tiene. Al menos a muchos nos quedan las ilusiones, los sueños, esas pequeñas o grandes cosas que nos hacen seguir adelante. Y, sin embargo, es tan fácil confundirse, engañarnos a nosotros mismos con ilusiones que en realidad son espejismos…Leed El oficinista, esta gran novela que tanto me ha dado a mí que pensar, y sabréis de qué os hablo.


Cristina Monteoliva


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