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Según postulan los protagonistas de tus relatos somos materia, sólo materia, y nada más que materia. Ahora bien: ¿De qué materia están hechas la fantasía y la imaginación que le echas a estos relatos?
Pues de porros sobretodo. Pero también de café, juego, amabilidad, huevos fritos, neurotransmisores, la indispensable cerveza, de desesperación, de mentir… En general, de neuronas, supongo, con sus sinapsis y extrañas satisfacciones, mecanismos que no comprendo, a pesar de creer mucho en la ciencia.
Desde el punto de vista meramente técnico tus relatos (a mi juicio) tienen un desarrollo sorprendente que luego expongo en la reseña. Explica un poco cómo es tu método de composición del relato.
Es un método de collage, cortar y pegar. Yo uso el método collage. Parto de ideas, que desarrollo, si veo que no me dan para una historia completa las uno a otras ideas, que desarrollo, recoloco frases, traslado argumentos. Así hasta que la historia me gusta, se sostiene sola.
Dice Florencio: “Uno tiene que aprender a disfrutar de todo”. En otro relato leemos: “Dios, la enfermedad es horrible. No debería existir, es que no sirve para nada”. Sabemos que durante muchos años te dedicas a la gimnasia y que llegas a lo más alto de la competición, pero una operación en la cadera y una bacteria no solo te apartan del deporte de élite, sino que te destrozan la vida dado que según confiesas no puedes hacer ningún movimiento sin sentir dolor y necesitas permanecer gran parte del tiempo tumbado.

Sí, he estado muy mal, llevo muchos años mal, también. De todas formas, contra todo pronóstico, he mejorado mucho estos últimos dos años.
Al escuchar tu entrevista en “El larguero”, de la SER, uno ve que haces tuya la primera frase, pero sin embargo hay una contradicción entre escritor y obra, porque de tu libro se podría decir cualquier cosa menos que es un libro de finales felices.
La primera frase es un pensamiento positivo (Uno tiene que aprender a disfrutar de todo), una actitud adecuada, otra autoayuda más. A menudo irrealizable, ¿qué fe mueve montañas? La menos perfecta realidad se acerca más a lo que he escrito.
Sin embargo hay humor, humor negro, y cierto optimismo (si llamamos optimismo al hecho de que los personajes luchen constantemente por algo). Háblame de todo esto (si te apetece) y del porqué de este libro, de si su escritura te ha ayudado en algo. A mí por ejemplo me ha ayudado a darme cuenta otra vez de que como siempre, puede haber alguien que está peor.
(Una pregunta para ti: ¿y te ayuda?, ¿eres más feliz, o te quedas más tranquilo, al saber que otros están peor que tú? Porque a mí no me ayuda nada saberlo. Yo necesito estar bien yo, no que otros estén mal).
Respecto a mi escritura es algo por lo que he luchado, en que me he obcecado y a lo que me he agarrado en muchos momentos malos. Seguramente hoy no lo haría, en parte ha sido un error, pero es la escritura lo que me ha permitido aprender que hoy no lo haría. ¿El por qué de este libro? Porque es un buen libro, lo he hecho bien, entretiene, enseña, perspectiviza y da de reír. Ojala me proporcione dinero. Pienso que todo el que lo compre y lea dará por bien empleado el suyo.

Yo soy uno de esos idiotas que va por ahí cacareando su miedo con aquello de que “el tamaño no importa”. En muchos de tus relatos se habla del tamaño, pero esa no es la cuestión, sino preguntarte por qué bastantes protagonistas masculinos sufren de aneyaculación.
Pues no sabría decirte. En mis periplos yo he vivido mucha alegría y mucha miseria, siempre habitando los extremos, como escritor me he acostumbrado a pintar esas grandes brechas, problemas irresolubles, ternura, absurdo, descomunales injusticias, ideas, dificultades. Y el sexo, al igual que la digestión, es trágico, arbitrario, glorioso, esencial, ridículo, dependiendo de tu actitud mental y de cómo se desarrolle en realidad el asunto. Lo habitual es que todo vaya bien, uno empalma, engancha, le da, se corre. Pero no siempre es así y la aneyaculación (significa no correrse, ¿no?) da mucho juego literario.
Además de tíos con la pinga grande y alusiones al tamaño del miembro, en tus relatos aparecen muchos gordos y gordas infelices (un gordo neoyorquino se destroza el culo en la bicicleta estática de tanta matraca como le ha dado). Sara, Luli, están gordas, Lorenzo_Marbella es gordo, borracho y moroso... Sin embargo el “Buda feliz” que conocemos es una figura oronda, un barrigudo con papada de monje y ojos semirasgados que luce una expresión de verdadera felicidad. En tus cuentos se habla también de cuerpazos. Así como clasificamos a la gente por su vestimenta. ¿La relación de un deportista con el físico le lleva a clasificar a la gente según su IMC o Índice de Masa Corporal?
El “Buda Feliz” ha aprendido, y le ha llevado años y más años (y más años) de trabajo interior, austeridad, meditación, a prescindir de todo lo que no le proporcione una serena tranquilidad. Evita hasta la felicidad para mantener la calma. Mis personajes no son Budas Felices, sufren impotentes todas sus ansias, deseos, dolores y desprecios. Igual que sus ternuras, éxitos, alegrías y orgullos. Y socialmente existe una escala de valores, ¿es inevitable?, ¿podríamos no creer algo mejor que algo? Y la nuestra valora más un determinado tipo de aspecto que otro determinado tipo de aspecto. Seguro que el haberme educado en un gimnasio me condiciona de mil maneras distintas, aunque yo no sabría decirte como. Y clasificar es inevitable. Personalmente me gustaría afirmar que nunca juzgo a nadie según su IMC (es la primera vez que lo oigo), ni según su color de pelo, altura, edad, ni su vestimenta, ni según su inteligencia o su lealtad o bondad, ni según su dinero o su religión, ni según su olor. ¿Por qué no titulaste ese libro “Cristales rotos”, teniendo en cuenta que todos tienen doble filo, que todos cortan?
Eso no lo entiendo, ¿por qué doble filo? ¿Qué cortan?

“¿Por qué no?” Ahora me estoy refiriendo al título de tu relato. ¿Es este una crítica, una protesta contra los encorsetamientos de lo literariamente correcto, de la obsesión que a veces nos imponemos los escritores con conceptos tales como “credibilidad” y “verosimilitud” que nos llevan a medir cada palabra?
No, para nada. Yo no pertenezco, y no me veo capaz, de dar consejos o críticas a nadie, menos aún a otros escritores. Que cada uno haga lo que tenga que hacer, lo que él/ella crea que debe hacer. ¿Qué otra posibilidad? “¿Por qué no?” es un cuento que trata de escapar de la credibilidad y la verosimilitud de la vida, que se me queda corta la cabrona, la siempre insuficiente realidad. Necesitamos más, y lo necesitamos mejor.
¿Por qué no? (Contesta lo que te de la gana a una pregunta que tú mismo quieras formularte).
¿Por qué no alargar cada minuto? (¿Para qué vale la vida?) Disfrutarlos sabrosos todos. Disfrutar y nada más. Ser feliz y nada más.
José Cruz Cabrerizo
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