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Título: Haz de luz


Autora: Adriana Serlik


Editorial: Legados


Págs: 133


Precio: 12 €


 


La luz es el elemento del universo que más rápido se desplaza. Nada puede moverse más rápido de esos trescientos mil kilómetros por segundo. La luz es el único elemento que siempre se va a propagar a la misma velocidad. Son dos verdades absolutas. Pero nada de lo que yo diga sobre “Haz de luz”, el libro de relatos de la escritora argentina Adriana Serlik (Avellaneda, 1945) deberá ser tomado como una verdad absoluta, ni siquiera como una verdad, pues en el pantanoso terreno de los gustos personales nada es más verdad que nada.


Y es que en este libro hay relatos breves que me han gustado (absolutamente), otros que no me han gustado (relativamente), y otros que no he entendido por la proliferación innecesaria de personajes y lo desordenado de la trama. Sé de lo que hablo: alguna vez he dado a leer un relato mío y no me he creído la opinión que declaraba que aquello no estaba claro, lo de que aquello no se entendía. Me lo han tenido que decir al menos dos lectores para que me lo creyera, porque para mí lo que había escrito era de una sencillez y claridad supina. En este último grupo se pueden incluir “Sangre y espermatozoides, Corazón en filetes”, “La palmera”, “Mita Chabones”, y “Silencio de redonda”, “Saturnino Pablo”, El río”, “El viaje”, pertenecientes a la segunda parte de la que más adelante hablaremos. ¿Podría en algunos casos la imprescindible economía de medios del relato breve y las necesarias limitaciones de extensión haber echado a perder a algunos de estos?  Pues bien podría ser el caso.


El libro se divide en dos partes: la primera contiene veintisiete relatos de entre dos y tres páginas, que han sido escritas para su lectura en la radio. Ahí ya sí que me he pillado los dedos, porque la pregunta que me surge es si estoy en condiciones de opinar sobre ese tipo de relatos cuando para mí el género de relato radiofónico es del todo desconocido. En ese terreno de juego:


1 - ¿Es lícito reprochar el uso del final sorpresivo por desgastado y truculento? Pues a lo mejor sí. Pero a lo mejor no, porque puede que el final sorpresivo sea necesario y adecuado para el relato radiofónico. Lo mejor que podría hacer es juzgar por usted mismo leyendo “Amor de madre”, “Terror”, o “El amor”.


2 - Tampoco sé si es aceptable esa abundancia cacofónica que se da en algunos relatos porque en un relato sonoro es posible que un oyente no perciba lo que un lector: “Había comenzado esta aventura hacía cuatro años. Le había costado aceptar a Godofredo en su vida. Solían chatear todos los días…” (El factor de dicha, p. 21, y también por ejemplo en El hombre serio p.  65, línea 2).


3 - ¿Tienen tanta importancia las palabras escritas como las habladas? No lo sé, y es por eso que quizá esa teoría de que la primera frase tiene que enganchar, carece de validez en un relato leído (“El amor” se abre así: “Melisa y Fabio se amaban”, lo que desde luego no es un puñetazo en un ojo, ni engancharía lo más mínimo en el caso de una lectura visual).


4 - Otra duda: quizá en un relato radiofónico sí que se puede recurrir a ese truco de que la historia narrada al final era un sueño, algo prohibido desde luego en un relato “de lectura” (no radiado). Me refiero a “Repiqueteo de campanas”.     


En esta primera parte hay relatos que no me plantean ninguna duda, que he leído y aceptado sin objeciones al estar más cercanos a los relatos “de libro”, relatos que no plantean ninguna duda sobre su “legalidad literaria”: 


Decidió cerrar la puerta”quizá no tiene un  nudo fuerte, y por eso sería más “radiofónico” que “literario”, pero se lee muy bien.


La radionovela”sin embargo no hace honor a su título porque es más “literario”. Creo que se puede degustar mejor con su lectura tranquila, con el tempo lento y evocador que marca este muy buen relato.


La soledad de las palabras” es un ejemplo de literatura en mayúsculas, uno de los relatos dignos de figurar en el cuadro de honor, y un modelo que siguen algunas de las narraciones que desfilan por estas páginas: historias de vidas sencillas, que en un momento dado transitan por la soledad, los desengaños, los anhelos, el rechazo, la esperanza, el envejecimiento... Esta en concreto sin desmerecer otras, es una de esas historias que sin grandes aspavientos, sin demasiadas pretensiones, merecen el tiempo que se les dedica. Casos parecidos aunque de menor intensidad podrían ser “Siete brazos extendidos” o de morir para vivir (entenderá esta contradicción cuando lo lea), “María Ciruelo”, “Nadie, no había nadie” también magistral, “Él tendrá razones”, donde de una forma sutil se siembra en el lector la duda sobre si la protagonista es idiota o sólo se lo hace para no estropear una situación que le resulta cómoda. “Las primis” también más que aceptable, como ocurre con “Juego de niños”.


La segunda parte del libro (“DE LA GUERRA Y EL DOLOR” se centra en ese binomio guerra-dolor y se articula principalmente en el eje de la Guerra Civil Española. Ya dijimos en su momento que hay relatos que por lo que sea resultan farragosos y son imposibles de seguir (también en este apartado los ya citados en su momento). Pero ahora toca decir que hay historias redondas, sublimes, perfectas, entrañables, y bien construidas a base de guerra, dolor, y una mano que no tiembla: “Serafín”, auténtico homenaje a tantos serafines, frutos inocentes madurados por la injusticia, frutos caídos,  joya que le lleva a uno a preguntarse cómo la autora puede construir esta historia sublime frente a otras citadas como imposibles de leer y seguir ni aún con la mejor voluntad).


El colorao” es una magnífica foto fija, un perfecto bodegón con sus pitanzas y un vino que casi se puede degustar, con un mínimo tufillo a final sorpresivo que desde luego no estropea lo más mínimo este encuentro, esta casi anécdota entre Hemingway y de Saint Exupèry.


Aunque si de fotos fijas hablamos hay que citar “Homenaje a Rosa Chacel”, que efectivamente se debe considerar como tal, una semblanza, una evocación, y no un relato propiamente dicho (lo que no le resta perfección y pureza al artefacto literario).


Si bien “Eran cuatro” me ha resultado el más flojo de los que me han gustado de esta segunda parte, tiene un aspecto importante para mi gusto: el de la venganza como plato que se sirve frío, hecho sobre lo que el lector tendrá que decidirse, ¿merece la pena o no?


Emilce” es un relato que sin citarse expresamente, en el prólogo se nos revela como autobiográfica. Y aunque se mueve por otros hemisferios no es menos universal, no nos es menos cercana, y que cerrando el libro, deja un buen sabor de boca.


El espectro visible del ser humano se pierde en el peligroso ultravioleta, se cae del lado del infrarrojo. Ambos espectros son hijos de la radiación electromagnética al fin y al cabo. En “Haz de luz” todos los relatos son hijos de la autora citada, y hay lo que en todos los libros: cosas que pueden no gustarle y que evitaría incluir si el libro fuera suyo, y narraciones que le iluminarán. Para el ser humano no hay más cera que la que arde ni más luz que la que nos alumbra. Aprovéchela para echarle un vistazo a este libro, y finalmente coincidirá conmigo en que todo depende del cristal con que se mire.


 


José Cruz Cabrerizo


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