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Título: Anónimos
Autor: Miguel Sanfeliu
Editorial: Ediciones Traspiés
Págs: 64
Precio: 12 €
Las tardes de domingo tienen algo de anónimo amenazante: ponen una nota inquietante que dice “Prepárate mañana”. Por eso la tarde de un domingo cualquiera es una ocasión ideal para dedicarla a la lectura de un libro tranquilo y mínimo (dícese del que se termina de leer en esa misma tarde). Los volúmenes que se van acumulando en la colección “Vagamundos” que la editorial Traspiés echó a andar, parten de esa amable premisa. Pero “Anónimos” de Miguel Sanfeliu además de breve es un libro amigable: el autor no pretende erigirse en un nihilista de la literatura al modo de aquel Marinetti futurista que quería quemar las bibliotecas (“Vengan los incendiarios con sus dedos de petróleo”) y por eso su prosa es sencilla y limpia y sus historias inteligibles. Simplemente se conforma con dedicarles el libro a su mujer e hijos, y de la introducción se deduce que escribe por el gusto de que lo lean (no son pocos los que acuden a un taller de literatura y en su declaración de intenciones aseguran que “yo escribo para mí” y entonces uno no entiende para qué necesitan ir a un taller). Y el colmo de la sencillez: los dibujos son de su propia pluma, y de los cuatro relatos que lo componen ninguno viene encabezado por cita megasupersesudoerudita ni metaliteria alguna, lo que las mentes de poco provecho y menor porvenir agradecemos por aquello de no vernos obligados a devanarnos los sesos para encontrar la relación cita-relato.
Hay una prevalencia a veces clara a veces sutil de lo fantástico, lo que no sé si indicará tendencia o preferencia alguna del autor hacia ese difícil género. De la parte “fantástica” “Solo” es único, y por eso lo señalo. Porque tuve que volver atrás para ver, para darme cuenta de dónde estaba la transición de lo real a lo fantástico, tuve que analizar el relato para encontrar donde estaba ese “agujero de gusano” cuántico. Y además tiene “efecto” (aquello que decía Poe y tal). Solo una manía personal e intransferible: p 16 “Se dio cuenta de que estaba llorando y sus manos temblaban”; p. 19 “Se dio cuenta de que estaba llorando”; p. 29 relato “Anónimos”: “Cuando me di cuenta, me encontraba frente a la puerta del hospital”. Esa conducta “inexplicable” o “ajena” al personaje me parece que en realidad es una conducta cómoda del autor que pone en boca del personaje algo de este estilo para ahorrarse más rodeos. Y si bien esta es una observación demasiado personal y puntillosa, no es menos verdad que el peso de esas frases mínimas, la influencia negativa sobre los citados relatos, es nula. Como no hay que tomar el rábano por las hojas, quité esas frasecillas de los citados relatos, y me quedé tan pancho, me parecieron redondos, sin fisuras, de modo que no tiene mayor importancia la cosa.
En otro sentido habrá a quien no le gusten expresiones del tipo “Las ruedas gritaron de asombro” p. 31 (también en el relato que da título al volumen). A mí esos fogonazos, esas estampas tan conseguidas sin embargo me hacen postrarme de rodillas ante los renglones. Una de cal y otra de arena. Todo es cuestión de gustos. Y para dar gusto al sector de lectores “realista” en el que me incluyo, el grupo menos dado a la elucubración fantástica, están los relatos “Anónimos” y “El campeón de Arequipa”, de los cuales me quedo con este último, a pesar de que también tiene cierto halo fantástico (¿de dónde viene ese jugador que aparece de pronto y a quien nadie conoce, invicto partida tras partida, y que además dejándose ganar demuestra la magnanimidad de un santo?).
Cuando el libro está a pocas paginas de morir, aparece “Renacer”, otro ejemplo de relato con efecto y sencillo e inteligible, que de cualquier manera siembra inquietud en el lector (¿alguien se dará cuenta de que el protagonista está como una chota antes de que acabe convertido en asesino en serie?).
Se declara el autor en su blog http://ciertadistancia.blogspot.com “escritor casi inédito que va dejando de serlo”. Pues bien, mi consejo es que a partir de este momento no debería ser ni anónimo ni inédito en su biblioteca. Y que debería dedicarle una tarde de domingo. O una mañana de médicos. La buena escritura siempre tiene un efecto balsámico.
José Cruz Cabrerizo

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