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Título: Querida maestra
Autor: Gustave Flaubert
Traducción: Antonio Álvarez dela Rosa
Editorial: El Olivo Azul
Págs: 144
Precio: 17 €
No se equivocaba Jacques Solé cuando en su análisis sobre la sexualidad en el Antiguo Regimen recordaba unas certeras palabras proferidas por uno de sus viejos maestros: “el problema del historiador es que se guardan los libros de contabilidad y se queman las cartas de amor”. El hecho de haber conservado una abundante cantidad de las cartas escritas por el genio francés supone un complemento indispensable a la hora de abordar su vasta producción literaria. Tanto es así que es precisamente en una de éstas (concretamente en una de 1857 dirigida a Leroyer de Chantepie) donde el autor expone su concepción de la obra de arte en lo que a su relación con el escritor se refiere: “El artista debe estar en la obra como Dios en la creación, invisible y todopoderoso; que se le sienta por doquier, pero que no se le vea”.
Esta antología epistolar que maravillosamente encuadrada pone a nuestra disposición la editorial El olivo azul responde a dos circunstancias concretas: por un lado, aquella correspondencia que nace de la sentida amistad con George Sand y, por otro, la correspondencia con Leroyer de Chantepie, no tan fluida y profunda como la mantenida con la primera confidente. Tanto en una como en otra, la mera anécdota cede terreno en favor de una serie de consideraciones de carácter más universal acerca del amor, la amistad, la belleza, lo literario o la mera existencia. No falta tampoco todo un despliegue ideológico sobre el que trasparecen consideraciones acerca del individuo, lo social, la política, y las relaciones de mercado, propias de una clase social y de una coyuntura histórica dada (paradójicamente Flaubert llega a afirmar: “a veces, me molesta mucho el burgués que llevo dentro” o, “lo que engaña a los observadores superficiales es el desacuerdo entre mis sentimientos y mis ideas”).
Especialmente interesantes resultan las reflexiones acerca del arte y, más concretamente, acerca del arte literario. En una carta del cinco de diciembre de 1866, dirigida a Sand, Flaubert declara que “el arte no está hecho para pintar excepciones” de modo que “cualquiera es más interesante que el señor G. Flaubert, porque es más general y, por consiguiente, más típico”. Apenas cinco años después de la muerte de Baudelaire nuestro escritor reivindicaba también el altruismo artístico (si bien desde posicionamientos ligeramente alejados) de aquellos que no veían en el arte un mero valor de cambio: “sostengo que una obra de arte (digna de ese nombre y hecha a conciencia) es inapreciable, no tiene valor comercial, no puede pagarse. Conclusión: si el artista carece de rentas, ¡debe morir de hambre! Encantador”. No olvida el importante papel que para él desempeñaba el lector (cuya predilección según Flaubert no será otra que penetrar en el pensamiento del artista) ni tampoco cual debe ser el valor fundamental del arte del relato, a saber, “la creación de caracteres opuestos”. A pesar de todo, el autor sigue incrustado en el marco contextual de finales del siglo XIX, por lo que sus consideraciones acerca de estos factores de lo literario no siempre van más allá de su propia matriz ideológica. Así lo demuestra la carta a George Sand, escrita el seis de febrero de 1876, en la que vuelve sobre la problemática del lector. Dice Flaubert: “si el lector no extrae de un libro la moralidad que debe contener es porque el lector es un imbécil o porque el libro es falso desde el punto de vista de la exactitud”.
De cualquier manera, son numerosísimos los destellos de brillantez que alberga la brevedad de este libro, ninguna novedad para quienes estén familiarizados con la conspicua labor de este creador de mundos. Dejemos que el lector descubra el resto.
David Porcel Bueno

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