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Título: El libro de los naufragios
Autora: Dolores Campos-Herrero
Editorial: Baile del Sol
Págs: 106
Precio: 10€
Dolores Campos-Herrero (1954-2007) fue, es y será aquella mujer que no hizo en su vida más que exteriorizar su convicción de que nada en este mundo más valioso que las palabras, tal y como había intuido desde muy pequeña. De hecho, ninguno de los diferentes medios de comunicación le bastó para hacérnoslo saber: prensa escrita, revistas, televisión y ya a última hora la blogosfera. Tampoco ninguno de esos que acostumbramos a llamar géneros literarios: fue guionista, articulista, crítica, narradora, escritora de cuentos infantiles, tanteó el teatro, y por supuesto poeta, justo con el género que debutó a mitad de la década de los ochenta con el poemario titulado Chanel número cinco, no sé si a sabiendas de que la literatura es cuestión de perfume, de ir dejando en sus posibles lectores el rastro de un estilo reconocible en cada uno de sus posteriores y numerosos libros, como si creyera que la escritura era el medio más válido -a su modo de entender- para explicar todo y explicarse, para definir todo y definirse y, por tanto, capaz de contener y sostener en pie cualquier vida real o imaginaria. Y así ha sido: todos sus libros huelen a lo mismo. Ella lo expresó en una entrevista: “Creo en el formidable poder de las palabras y, por tanto, en su posibilidad de contarnos un sinfín de cosas e historias en las que nada de lo humano nos resulte ajeno. La grandeza de la gran tradición literaria y de las que se están creando en estos momentos radican en que me permiten apelar a lo útil y agradable, pero también a lo inútil y enojoso. A lo sombrío y a lo tierno, a las alabanzas y a las grandes diatribas. Me impresionan profundamente las obras que intentan hablarnos de quiénes somos y a dónde vamos.” Aparentemente nada nuevo encontramos en estas declaraciones, pues ya sabemos que a todos nos interesa averiguar quiénes somos y a dónde vamos (bueno, hay muchos a los que no). Lo singular en su declaración lo hallaríamos en lo que antecede a ese desenlace con que cierra tal intervención. Parece ser que la escritora nos está proponiendo, al tiempo que reivindicando, la escritura como una estrategia “útil” contra tanta vejación derivada de nuestros modos de vida, contra el conformismo que estos conllevan y contra el vacío que estos horadan, teniendo en cuenta que la autora no pierde de vista que en cualquiera de estas situaciones siempre hay un ser humano indefenso; es decir, que la escritura -su escritura-, directa o indirectamente, le valió por ejemplo para intentar aupar a la mujer a su sitio correspondiente, para proclamar que la Cultura es un bien insoslayable para un mejor progreso de la ciudadanía, que los que nada tienen son más de lo que les ha tocado por una supuesta suerte, etc. Supongo que estoy traduciendo de forma correcta las aspiraciones literarias de Dolores Campos-Herrero, porque esos y muchísimos otros temas -agazapados entre una mezcla entre lo cotidiano y lo extraordinario- aparecen de forma repartida a lo largo de los distintos géneros de los que hizo uso que, como ya he señalado, son muchísimos y diversos, pero todos aunados por este patrón, por esta poética manifestada por ella misma y evidente para el lector que se haya asomado a cualquiera de sus libros. Si a esto le añadimos la discreción que como persona mantuvo sabiendo que su muerte la cercaba pasito a paso sin que nos enteráramos los que la conocíamos, más consigue reafirmarme en lo que acabo de expresar. Y por si queda alguna duda sobre la cuestión de si es o no la propia biografía del que escribe el punto de arranque de su misma creación, también nos regaló una respuesta: “En realidad sólo se puede escribir desde la propia biografía, entendiendo esta no solamente como un cúmulo de experiencias o acontecimientos sino como deseos, visión del mundo. Una biografía imaginada puede retratar muchas veces mejor a un personaje que la puramente real”. Si otra cosa no fue, excelente y puntillosa retratista sí. Así que resumo: literatura para vivir la vida real, literatura para inventar la no vivida y literatura para reinventar la imposible de vivir. Creo que en la asunción de estos tres intereses presentes en su escritura se resume toda su versatilidad literaria, esa tendencia plural -literariamente hablando- donde prevalecía la imaginación al realismo y el humor a la gravedad. Baste recordar la aparición de su pequeña figura en la pantalla - y cuando no su voz en off al fondo de una noticia cultural- desde que en 1987 pasó a formar parte de la plantilla de TVE en Canarias, cómo a su redacción periodística le agregaba un plus de alta literatura. Pues bien, de igual manera, a cada uno de sus libros le agregó un tanto de su pericia periodística, consiguiendo emborronar como pocos, con atrevimiento y alevosía, los límites a los que desde siempre la ortodoxia nos ha enseñado a distinguir, a no traspasar y, por tanto, a respetar convenientemente. Si acaso Dolores Campos-Herrero respetó a alguien fue siempre al “otro”, a la “otra”, a esa tercera persona del singular que ella tanto utiliza en sus historias largas, cortas o mínimas, como hasta en la mayoría de sus poemas. En este sentido podemos decir que toda su obra es un himno a la “otredad”, nunca a sí misma: “Debo reconocer que siento gran admiración por los francotiradores, por los que hacen su obra al margen de lo que es común en cada momento”. Más claro imposible: esa necesidad de ficcionar y resignificar la realidad la sitúa al margen de modas insustanciales, sin perder en ningún momento, y sea cual sea el género literario del que haga uso, un interés descaradamente antropocéntrico.
Cuando un escritor muere -y partir de ahora me centro ya en El libro de los naufragios- y se anuncia su publicación póstuma, como es en este caso, uno no sabe bien por qué se tiende a esperar la obra cumbre del fallecido o la peor de toda su trayectoria. En uno y otro caso el morbo acompaña esta espera. En el caso de Dolores Campos-Herrero, y una vez leído y conocido El libro de los naufragios, se rompen una vez más estos estereotipos tan comunes, pues uno no se tropieza con esa dicotomía como problema, no dándonos juego en ningún momento para juzgar si es el mejor o peor libro de todos los suyos. Ya afirmo de antemano que al menos yo no me encontré con el peor libro de su trayectoria, pero asimismo tengo que advertir que tampoco con el mejor de los suyos. El libro de los naufragios no se presta, contra todo pronóstico, a lo que nos gusta jugar a los que quedamos vivos… ¿Qué encontré, entonces? Pues ni más ni menos que lo que ella misma anunció en vida cuando se le preguntó sobre los últimos proyectos que preparaba: “Espero que salga El libro de los naufragios, un poemario que he ido construyendo en los últimos 25 años. Es casi como el diario de una evolución personal y lírica. Una propuesta en la que se mezclan el concepto de poesía como género de ficción con la balada épica a lo Coleridge y el apunte crítico a una realidad difícil y compleja como es el fenómeno de la inmigración clandestina que se vive en toda Europa.” Eso es justo lo que encontré: un poemario, un diario de evolución personal, una ficción, una balada épica y unos apuntes críticos sobre la realidad. Es decir, y en otras palabras, toda una sorpresa bien concatenada y que en su favor tengo que resaltar que muy bien conseguida. El libro de los naufragios no es más que el resultado de la reunión de todos los géneros y temas de su interés que hasta entonces aparecían compartimentados en cada uno de sus libros; en él se entrevé el atrevimiento y la osadía de una autora de aunar llevando al límite todo su desborde polifacético, conseguir el difícil matrimonio de tan dispares géneros literarios nada menos y nada más que en un poemario, un casamiento fructuoso que deja a los más puristas de uno y otro bando -esto es, al de los del periodismo como al de los escritores literarios- algo nerviosos con una especie de artefacto-bomba delante de sus propias narices. Claro que el viaje de bodas, la luna de miel de este último viaje de Dolores Campo-Herrero en este caso no podía acabar de otra manera que naufragando, pero más que nada porque es precisamente en el fondo del mar donde se encuentran las llaves de todas las respuestas. De ahí el título del propio libro, resultado de un viaje literario con oleaje adverso. Pero eso ella ya lo sabía de antemano. Por eso yo descartaba desde un principio el encuentro de un lector obligado a dar un veredicto sobre si este libro póstumo es su mejor o peor obra, porque simplemente se topará con la más singular y atrevida, la más sustantiva, la más sincrética de todo su periplo marítimo-literario. Nada menos que el colofón de un registro estético que ella misma hacía tiempo venía fraguando. Ahí encontraremos, y con esto termino, a “Mimí, Lulú o Lola”, el resumen más certero -heterónimos pessoanos al tiempo que protagonistas cotidianos-, precisamente título de uno de los poemas que encontramos en el libro: “Bajo los polvos de arroz no es el tiempo / lo que ocultas -círculos que la vejez traza- / sino la derrota y la tristeza y la humillación, / sobre todo. Todo aquello que, algún día, / te hará digna de pertenecer / a la escogida gleba de las meretrices”. Precisamente de meretrices como ella está necesitado nuestro burdel de la poesía, meretrices vocacionales, con arraigo y sin miedo al qué dirán. Resulta curiosa la frase de Charles Dickens que escogió la autora para apadrinar su blog, abierto pocos años antes de fallecer: “El hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”. Así que gracias por El libro de los naufragios, por tu libro solamente para nosotros póstumo; por ese intento, por ese riesgo, por esos resultados, Dolores, Mimí, Lulú o Lola, o como quiera que ahora te llames. El olor a Chanel número cinco no se ha evaporado.
Antonio Jiménez Paz
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