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Título: La soledad de los ventrílocuos


Autor: Matías Candeira


Editorial: Tropo Editores


Págs: 175


Precio: 15 €


Hay escritores que no conciben una literatura que no sea capaz de remover algo en el lector, que no altere la circulación sanguínea. Ejemplos de escritura y de libros publicados bajo la consigna del “ni fu ni fa”, y que como hojarasca caen más pronto que tarde bajo la escoba del tiempo, no faltan. En este volumen de catorce relatos y una de deudas, usted, a quien dios guarde muchos años, encontrará la excelentísima e ilustrísima corrección formal, estructural y estilística del perfecto tallerista. Es un libro que no incendia la sangre, pero por él corren los aceites sintéticos de base mineral que mueven los actuadores de sus autómatas. Aunque nadie podrá decir que pertenece a la corriente de los sin alma, que cabe en el saco de lo “light”. Y no precisamente porque los textos busquen ser amigables, ni porque a toda costa se vea un esfuerzo del autor por sintonizar a la frecuencia de resonancia donde vibran las cuerdas sensibles del lector, sino quizá, por todo lo contrario. “La soledad de los ventrílocuos” es un título que describe a la perfección lo que uno puede encontrar: un muro, una interface fría, alejada de cualquier atisbo de “amigabilidad”,  que pone una distancia abismal entre autor y lector. Matías Candeira sella las juntas con flema británica. Y el efecto más parecido es el de esa broma cuartelera consistente en llenarle a uno de migas de pan duro la cama, la molestia menor de esos pinchazos que terminan impidiendo conciliar el sueño, que lo dejan a uno en un fronterizo duermevela. 


Partimos de una escritura transparente, limpia, totalmente comprensible, y sin embargo transitamos un paisaje de historias extrañas (¿se puede imaginar un bombardeo con flores como el que se da en “Flores, señor”?), ajenas, sin asideros espaciales o temporales que permitan la tranquila seguridad de lo reconocible.   Al final el lector llega a su destino, y pone pie, pero el apeadero no le resulta del todo seguro. Es cierto que está satisfecho, eso sí, de que le han contado una historia completa, consistente, creíble en su incredulidad, pero  con la incierta sensación estomacal que le deja a uno flotando el viajero demasiado silencioso, o críptico, que iba en nuestro mismo compartimiento. Esa difícil capacidad para satisfacer al lector, pero al mismo tiempo generarle una inquietud indefinible que no es miedo, que no es angustia, que no es contrariedad, pero que es molesta, parece manejarla Matías Candeira con la mayor maestría en “Al final de Sara”. También en el tercer relato, el que da título al volumen: “La soledad de los ventrílocuos”. Si echo mano del desgastado recurso de la unidad de efecto de la que hablaba Poe,  esta obra desde luego es un ejemplo digno.


La segunda parte del volumen, de las tres que consta, transita hacia un terreno menos movedizo, más “realista” dentro de lo surreal. En “Fuegos en la oscuridad” hay una historia que se puede hilvanar: tío Falco, un antiguo mago se está muriendo en una pensión junto a su sobrino y la que puede ser novia del sobrino. Pero ni por esas, de nuevo nos quedamos sin saber, tío Falco/Candeira nos deja con dos palmos de narices (p. 75, “Cada cual tiene su momento de acabar el número, queridos sobrinos. Habría muchas cosas que querría deciros ahora.” Y ahí queda la cosa). Al final tío Falco expira y no sabemos si lo suyo, su número final ha sido una broma, o encierra algún arcano no apto para lectores poco avezados que se dedican a comentar los libros de otros. De cualquier forma subyace una sensación agridulce, de cotilleo truncado porque hablando del rey de Roma por la puerta asoma ese/a mismo/a  a quien estábamos cortándole el traje y el narrador-cotilla se calla…


Un trozo de otra mujer” ya es plenamente “normal” narratológicamente hablando, en el sentido de que el relato no deja herida sin su punto de sutura (y no precisamente porque el protagonista sea forense). Quiero decir, que el lector tiene la posibilidad de tenerlo todo bien atado cuando pasa la página, respira tranquilo, no le sobrevuela el moscardón de la duda. Aunque no por ello la anécdota, lo que se cuenta, sea baladí ni deje de asombrarnos. “Los que esperan” sigue en la misma línea de satisfacer al lector que quiere las cosas en su sitio, pero además hay un punto poético disimulado, tierno invisible, en la historia, que la favorece. Si tengo que elegir uno me quedo con “Insectos”, esa demostración de que está tan preparado para este tipo de historias que discurren en nuestra dimensión espacio temporal como para las otras, las “creacionistas made in Candeira” . Y como si el autor nos preparara para el siguiente bloque, el que contiene los tres relatos más oscuros, nos ofrece un relato de tránsito, “La segunda vida”, el más largo de todos, cuarenta y una páginas en las que demuestra su buena puntería también en las distancias menos cortas. Fascina y pone verde de envidia a partes iguales, esa extraordinaria capacidad fabulatoria para la construcción de un universo borroso y personal. Casi se puede sentir la humedad, señalada en algunos relatos, pero aquí ciertamente palpable. Parece normal esa pelusilla de algas que lucen los personajes. Cómo se acostumbra uno a estas cosas, cómo se deja enredar no lo sé.


Los tres primeros relatos del  bloque tercero y último para mi gusto me han resultado crípticos, no he sido capaz de penetrar más allá de la corteza, por ejemplo en “Subsuelo”, de cualquier modo inquietante. Pero como si el autor hubiera querido dejarme el mejor de los sabores de boca posibles, me ha ofrecido la guinda en forma de “El hombre en el barreño”. Por un momento llegará a aceptar como lo más normal y apetecible del mundo esa consigna de vivir en un entorno placentario. Pura magia literaria. O ilusionismo. ¿No es también un ventrílocuo un ilusionista que se saca la voz del estómago? De dónde saca Matías Candeira su portentosa  capacidad ficcional no lo sé. Tampoco me atrevería a preguntárselo, no sea que me responda con una voz impostada.


José Cruz Cabrerizo


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