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Título: Paseo de los Tristes


Autor: Javier Egea


Editorial: Diputación provincial de Granada


Págs: 107


Precio: 6 €


La poesía de Javier Egea se erige como claro referente en el parnaso de las letras hispánicas, al menos en lo que a la segunda mitad del siglo XX se refiere. Este que nos ocupa -Paseo de los tristes- sea tal vez el libro más celebrado del poeta granadino, uno de los poetas españoles más importantes de los años ochenta y uno de los padres del movimiento poético La otra sentimentalidad junto con Luis García Montero y Álvaro Salvador Jofre.


El libro está dividido en tres grandes bloques que a su vez nos servirán para dividir nuestro análisis. La tripartición es la siguiente:


I. RENTA Y DIARIO DE AMOR.


II. EL LARGO ADIÓS.


III. PASEO DE LOS TRISTES.


Los indicadores poemáticos en esta primera parte serán, como en las sucesivas, fundamentales. Desde el mismo título el poeta parece querer aunar en un solo sintagma dos cosas que aparentemente no tienen ningún tipo de relación lógica. Según el DRAE, la palabra renta tiene las siguientes acepciones:


1. f. Utilidad o beneficio que rinde anualmente algo, o lo que de ello se cobra.2. f. Aquello que paga en dinero o en frutos un arrendatario.3. f. Ingreso, caudal, aumento de la riqueza de una persona.4. f. Deuda del Estado o títulos que la representan.5. f. Der. En materia tributaria, importe neto de los rendimientos.


Cualquiera de las definiciones que consideremos más oportuna para nuestro propósito nos lleva a reconocer que en ella hay una presencia evidente del factor económico, e incluso podríamos decir de cierto materialismo monetario. Esto es una cuestión muy importante que configurará en gran medida todos los poemas que bajo este título se integran. Además viene a enlazar con el elemento paratextual que abre este primer bloque de poemas, me estoy refiriendo a la cita de Gustavo Adolfo Bécquer (Voy contra mi interés al confesarlo,/no obstante, amada mía,/pienso cual tú que una oda es sólo buena/de un billete del Banco al dorso escrita.). Está claro que la intención del autor no es meramente destacar una trayectoria (“diario”) amatoria sino que dicha trayectoria está atravesada por el interés de un capitalismo salvaje, que ve en todo una suerte de actividad comercial regida meramente por el interés y el dinero. Esto configura sobremanera el tono de los poemas, todos ellos llenos de escepticismo e incluso de clara denuncia, si bien en muchos casos irónica, de los tiempos en los que discurre la poesía. El poeta debe pagar la renta del dolor, pues desde su torre de marfil y de revolución, percibe esta realidad como un espectador sufriente e incomprendido.


El esquema temático en esta serie de poemas es más que evidente. Los poemas de “Renta y diario de amor” no tienen título, algo peculiar, pues el título de los poemas singulariza e individualiza a los mismos, mientras que en este caso, la ausencia de título hace que los poemas, muy breves en su mayoría, se establezcan con una suerte de poema único. Hay poca variedad temática como decimos. El apartado lo abre un breve poema en el que aparece lo que será el eje temático de todos los siguientes, el dolor:


 


Tú me dueles, amor, pero te canto


y es el gusano que en la carne horada,


no torbellino sino abrazo lento,


sí razón o temor, sí bárbaro camino.


 


Puede este ser el poema que sintetice la tónica general del resto. El poeta es consciente del dolor, pero éste no le hace retrotraerse en lamentos superfluos o en vanas tristezas; el poeta por el contrario sume ese dolor, lo interioriza e intenta incluso vislumbrar ciertos aires de entusiasmo. Es algo semejante a lo que años antes ya había dado título a uno de los libros de Ángel González: Sin esperanza, con convencimiento.


Esa misma desolación y soledad se reconocen en poemas como Cuando dijiste ¡basta! era diciembre… en el que aparece una soledad más ligada al desamor que a ciertas posturas ideológicas o comprometidas con la sociedad. También en poemas como ¿A qué vienes, mi amor, si ya no hay nadie,… o Ni siquiera la muerte ni tu ojos…, posiblemente el poema que mejor y más brevemente ejemplifica la consecuencia del dolor. Como se puede observar, es Paseo de los tristes, un todo unitario hecho, en esta primera parte, de fragmentos, de chispas, de momentos mezclándose; fragmentos o chispas que el poeta transmite algunas veces exaltado, o desilusionado, o cargado de ironía…y, casi siempre, con una nostalgia que no quiere ocultarse.


Hay nostalgia del pasado y algunos elementos claramente autobiográficos. Como muy bien señala Francisco Díaz de Castro, “toda la capacidad musical, toda la gracia y todo el tino expresivo de Javier Egea –y también todo ese acervo de lecturas cultas y populares- se desenvuelven con riqueza de matices en Renta y Diario de amor, que elige, dentro del género del diario, la eficacia y la rotundidad epigramática de las formas breves paralelísticas o de cantares que avanzan formando con su fragmentarismo el mosaico de impresiones de la conciencia cotidiana de un individuo solitario y desposeído”.[1]


La estructura climática es peculiarmente distinta en esta primera parte, sobre todo si la comparamos con las dos siguientes. Dado que en su mayoría los poemas son algo parecido a ráfagas de luz, chispazos intelectuales, el clímax ocupa generalmente la totalidad de dichos poemas. En los poemas algo más extensos, tras una breve descripción de las distintas  situaciones, la estructura climática se mantiene igualmente al final de cada poema, más o menos coincidiendo con los dos últimos versos o con la estrofa última, si es que se tratara de poemas estróficos. Es el caso de poemas como Entre cuatro paredes…, o En ti comparecimos como a un despacho oscuro…, que a modo de broche final, los últimos versos viene a otorgar esa tensión poética que tanto caracteriza a la poesía de Javier Egea.


Ya en “El largo adiós” nos encontramos con otro plano de la escritura, no más densa que los breves poemas que anteceden, pero sí discursivamente más compleja e indicativa. Esta parte reúne algunos de los poemas emblemáticos de la práctica de la “otra sentimentalidad” en Javier Egea: “Materialismo eres tú”, “Sobre el papel”, “Aniversario”, etc


No sólo la extensión es lo que los diferencia de los primeros, sino también el hecho de que todos ellos lleven título. Esto quita como decíamos anteriormente, cierto aire de unidad, dotando a cada poema de una idiosincrasia específica. No obstante, la temática no es mucho más esperanzadora. Aparece nuevamente el tema de la desolación que experimenta la voz poética con motivo de la incomprensión, el desamor o la ausencia de un aliciente por el que merezca la pena seguir luchando. Pero en cuanto a la temática respecta, es interesante uno de los poemas que aparecen en esta parte: me estoy refiriendo al poema “Otro romanticismo”. Con este título el autor nos deja claro que esta nueva sensibilidad puede formar parte también de un recurso puramente poético. Me explico. Es cierto que conociendo la biografía de este autor sea difícil defender esta postura, pero creo que las temáticas que aparecen en estos poemas, no son tanto el fruto de un situación desesperante por parte de su autor, sino que se trata de un técnica que hay que saber manejar para crear este “otro romanticismo” que busca no sólo el deleite de un amor correspondido o no correspondido, sino la mezcla del aparato amatorio con otras realidades sociales y con otras ideologías.


Mucho más complejo se presenta la última parte que da titulo al conjunto del libro, Paseo de los tristes,  todo un itinerario que, bajo el Réquiem  de Fauré, parece una gran aliteración del hombre desolado.


Abunda el poema en descripciones que no hace sino servir de un complemento extensivo a ese sentimiento de agotamiento que acompaña al caminante. Podríamos decir, salvando evidentemente las distancias, que domina en el poema una eco retórico manriqueño, el Ubi sunt?, un preguntarse por el devenir del hombre en un destino que es imposible de cambiar. Se asume esa condición con cierta sobriedad, pues en ningún momento el poema parece una elegía, o un lamento histriónico, de la desafortunada situación que a la voz poética le ha tocado vivir. Pero hay un claro atisbo de la filosofía existencialista, pues a pesar se ese reconocimiento en el abandono, el caminante no se deja caer en el quietismo, sino que en primer lugar hay que comprometerse. Sólo hay realidad en la acción, como decía Sastre, “el hombre no es nada más que su proyecto , no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida”.[2]


 





[1] Contra la Soledad,  p. 139



[2] Jean-Paul Sastre, El existencialismo es un humanismo, Barcelona, 1999. p. 56.



David Porcel Bueno




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