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Esta semana, en La Biblioteca Imaginaria podemos decir que somos de los primeros (o al menos, eso me gusta pensar), en tener el honor de entrevistar a Fernando Iwasaki, el magnífico escritor peruano afincado en España, especialmente reconocido en el mundo del cuento, en relación a su último y genial libro de relatos publicado, España, aparta de mí estos premios.
Este volumen, que más tarde veréis reseñado, recoge siete de los hilarantes cuentos de Iwasaki premiados a lo largo de la geografía española en concursos literarios de lo más diverso.
En fin, que no os entretengo más. Aquí os dejo con las palabras del autor:
¿Crees que es fácil ganar un concurso literario?
Como decía «Jack el Destripador», vamos por partes: los premios de este libro son premios «búfalo», llamados así por Roberto Bolaño para definir esos premios alimenticios y provincianos que los escritores sioux salían a cazar para llegar a fin de mes. Tales premios –como todos los demás- pueden ganarse si uno pulsa las teclas precisas que cualquier ateneo, municipio, peña cultural o caja de ahorros saben valorar, y que son las mismas que aconsejaba Groucho Marx en sus memorias.
Los cuentos de ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTOS PREMIOS han sido presentados a concursos tan variopintos como los personajes que los protagonizan y las situaciones que en ellos acontecen. ¿Cuál es tu criterio a la hora de decantarte por un concurso y no por otro?
El criterio es estrictamente económico, pues los premios dotados con menos de cinco mil euros son los más limpios y literarios. Por contra, cuando hay artesanía o jamones de por medio, los intereses y las presiones son insoportables.
¿Por qué todos los protagonistas de este libro son japoneses?
Que un nicaragüense o paraguayo quiera integrarse en España ya no tiene ningún mérito. En cambio, que un japonés hable catalán en la intimidad me parece extraordinario.

Hojeando las ilustraciones y luego sus procedencias me ha sorprendido algo: el saber que todos esos japoneses que pueblan tus relatos existieron en realidad. ¿Hay algo más que sobrepase la ficción en estos cuentos?
El escritor Hipólito G. Navarro formó parte de todos los jurados y eso supuso, como en la compra-venta de futbolistas, una comisión importante.
Seguro que ya esperabas la reacción de algunos de los miembros de la organización del concurso de turno cuando enviste los manuscritos. A pesar de eso, ¿esperabas ganar estos premios?
A todos los jurados hay que hacerles la pelota y por eso cada cuento se abre con un epígrafe tomado de una de las obras de algún miembro del jurado. ¿Tú sabes lo bonito que es encontrarte con una cita tuya en un premio remoto y perdido de la geografía española?
En uno de los concursos te dieron el premio económico, pero no la escultura de Lladró del langostino de Sanlúcar. ¿Dónde la habrías colocado, si te la hubieran entregado?
La habría puesto al lado de la escultura de Lladró «Copito de Nieve», que me dieron cuando gané el premio de relatos del Zoo de Barcelona.

Las anteriores pregunta me lleva a esta otra: ¿crees que los españoles sabemos reírnos de nosotros mismos?
Los lectores de Quevedo se ríen siempre de otro, pero los lectores de Cervantes siempre se ríen de sí mismos.
Dejando a un lado el decálogo de consejos con que se cierra este libro, ¿qué más le recomendarías a un escritor novato o con malas experiencias con los concursos (yo misma, sin ir más lejos)?
Que se foguee durante un año como cronista parlamentario o de los plenos municipales de su pueblo. No hay mejor taller literario.
¿Qué debe de tener, en tu opinión, un buen cuento?
No todos los cuentos deben aspirar a ser escritos con la misma receta, pues no es lo mismo un relato erótico, que uno policial o uno de terror. Por lo tanto, me conformaría con que no haya templarios.

¿Qué esperas que encuentren los lectores en este libro?
Un momento divertido y una buena ocasión para reírse, porque la vida está muy chunga.
¿Tienes ya nuevos proyectos en mente?
Tengo una novela aparcada desde el año 2005, pero creo que antes voy a hacer otra tesis doctoral.
Muchas gracias, Fernando, por tu tiempo, tus respuestas y tus fotos (la caricatura es obra de Fernando Vicente).
Ojalá estos cuentos, en conjunto, tengan tanto éxito como lo han tenido por separado.
Antes de irme, os comento a todos los lectores de La Biblioteca Imaginaria que Fernando Iwasaki estará presentando España, aparta de mí estos premios el 7 de septiembre en Sevilla, el 8 en Madrid a las 19.30 en Casa de América (Plaza de Cibeles, 2), el día 9 en Barcelona, el 10 en Bilbao y el 11, en Zaragoza. Para más información, acudid a www.paginasdeespuma.blogspot.com y www.fernandoiwasaki.com.
En cuanto sepamos las fechas de presentación en Coruña, Granada, Málaga y Valencia, os informaremos de ello.
Como siempre, muchas gracias a todos por estar al otro lado. Espero que hayáis disfrutado de esta entrevista, nos vemos en la próxima.
Cristina Monteoliva
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Título: España, aparta de mí estos premios
Autor: Fernando Iwasaki
Editorial: Páginas de Espuma
Precio: 160
Págs: 15 €
Érase una vez un hombre que tuvo siete hijos que se parecían bastante entre sí, aunque también mantenían notables diferencias entre ellos. Cuando estos hijos crecieron, el hombre decidió mandarlos a concursos de todo tipo, que siempre ganaron a pesar de la disconformidad de los organizadores. Pero, ¿qué más da si una de las chicas se ha operado la nariz sin finalmente es tan bella que merece el premio? ¿Y si el otro de los hijos ha llegado a la línea de meta de la carrera saltando a la pata coja cuando había que usar las dos piernas? Y si el tercero cantó flamenco con música de Aerosmith, ¿qué importa, si el público se quedó tan contento?
Pensaréis, tras esta extraña introducción, que sin duda he perdido este verano las cuatro neuronas que me quedaban. Lo cierto, amigos, es que no se me ocurre mejor manera de comenzar a hablaros de España, aparta de mí esos premios, el nuevo libro de relatos de Fernando Iwasaki, o mejor dicho, el volumen que recoge siete de sus relatos premiados en los últimos años, junto con las bases de los concursos y las actas del jurado, así como un instructivo decálogo para todo aquél que tenga ganas (y paciencia) de presentarse a los concursos literarios de los que está colmada nuestra la geografía española.
Iwasaki no ha tenido siete hijos, pero sí ha escrito, con mucho sentido del humor y mucha sensatez, siete sendos cuentos hermanados por partes comunes (literalmente hablando, es decir, párrafos casi clónicos), estructuras muy similares (idénticas, en muchos casos) y temáticas extraordinariamente parecidas. Estos siete cuentos fueron mandados en su día a siete concursos tan originales (a mi parecer) como estos textos, resultando siempre ganadores a pesar de la manifiesta disconformidad (otro punto en común) de los organizadores del evento a la hora de entregar el premio.
Pero, ¿qué tienen en común un brigadista internacional que aparece ante el mundo tras décadas de encierro en una cueva malagueña (El Haiku del brigadista) u otro soldado que combatiera en el bando nacional en la Guerra Civil española, oculto tras lustros en el Alcázar de Toledo (El kimono azul); una antigua amante de Picasso que se disfraza durante años de limpiadora en el ayuntamiento de Barcelona (La Geisha cubista); un cristiano nipón centenario que parece vasco sin serlo en la otra punta del mundo (El sake del pelotari); dos floristas amigos pero enemistados por la afición al fútbol de ambos (La katana verdiblanca); dos cocineros enfrentados por su manera de entender la cocina vasca (El sushi melancólico) y un extraño cuadro flamenco que presenta de improviso en la presentación del langostino de Sanlúcar en Nueva York (Tsunami de Sanlúcar)? A parte de que, como ya habréis deducido por la foto de portada, todos y cada uno de estos personajes protagonistas son japoneses, diremos, además, que su aparición pública en la sociedad española, en cada uno de los relatos que protagonizan, ya sea de forma voluntario o fortuita, provocará siempre en la ya de por si disparatada España nuestra una convulsión, una enfermiza empatía y un terrible afán por abarcar de un plumazo todo lo que tenga que ver con la cultura japonesa, en general, y estas personajes de los que hablamos, en particular. Por que, ¿hay ciudadano en el mundo con personalidad más adictiva que el español de a pie? ¿Y puede haber algo más exótico que un japonés bailando sevillanas, cocinando como un vasco o luchando en un bando u en otro en la Guerra Civil Española? Entonces, ¿no podría suceder que alguno de estos cuentos sobrepasara los límites de la ficción y llegara a convertirse en una realidad palpable el día menos pensado?
España, aparta de mí estos premios, en definitiva, es una genial obra llena de maestría literaria, un libro deliciosamente gamberro, un delirante compendio de cuentos perfectamente estructurados, llenos de sorpresas y finales inesperados, que no sólo nos entretienen, sino que también nos hacen pensar en lo pintoresca que es la sociedad española actual, tan llena de mentes que se aficionan a cualquier cosa por puro aburrimiento existencial, donde todo se vende, se compra y se emite en televisión. Eso sí: si no sabes reírte de ti mismo, ni se te ocurra abrir este libro. ¡Menudo disgusto podrías llevarte!
Como muchos otros escritores novatos de cuentos, confieso que estaba un tanto decepcionada con los concursos literarios de este país. Pero eso era antes de leer España, aparta de mí estos premios, el libro que me ha devuelto la fe a la par que tantas risas me ha proporcionado. Animaos todos, amigos, pues este libro bien merece la pena, tanto o más que el flamenco…
Cristina Monteoliva

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Título: Entre luz y oscuridad
Autor: Harry Martinson
Traducción: Francisco J. Uriz
Editorial: Nórdica Libros
Págs: 408
Precio: 22,50 €
Las cosas pequeñas, esas que casi despreciamos con nuestra indiferencia, esas que tejen la realidad, son las que inspiran la poesía de Harry Martinson (Suecia, 1904-1974) Premio Nobel de Literatura en 1974 y que en su poema “Elegí cantar a las cosas pequeñas” (publicado póstumamente) nos ofrece una especie de poética que resume su motivación artística.
Me sorprende esta sencillez poética. No son los sentimientos el único motivo para escribir. Martinson demuestra que son las pequeñas cosas de la vida (un río, una gota, una mariposa) las que generan las emociones que nos llevan hasta la poesía. Su posición artística parte del hecho de que las grandes emociones poéticas nacen de la sencillez que nos rodea, que se sostienen en ellas.
Hijo de una familia destrozada, el joven Martinson termina siendo marinero, viaja, respira mundo, se llena las pupilas y la mente del universo. Nómada por años, termina volviendo a tierra donde no sólo escribe sino que también pinta. Al principio se mantiene vendiendo sus poemas a revistas y viviendo en una tienda de campaña a las afueras de Estocolmo.
Esta edición que Nórdica Libros pone en manos del lector español es una amplia selección de la obra de Martinson que viene acompañada con un excelente prólogo que nos introduce en los aspectos más destacados de la vida del poeta sueco y en su obra. El trabajo editorial de Francisco J. Uriz, que es además el traductor, es toda una lección de buen hacer. Los lectores españoles estamos de enhorabuena por este acierto editorial que nos pone en las manos una obra poética que no debemos dejar de considerar.
Este no es un libro para leerse de una sentada: necesita su proceso, su digestión. Necesita de parte del que lo lee la paciencia del que mira por un microscopio o por un telescopio. La vida nos asalta en los pliegues de cada verso, si doblamos la esquina de un poema nos sorprende una nueva emoción contenida en una hoja de otoño o en una montaña. Este libro contiene la emoción de las cosas pequeñas.
Martinson consigue dar vida a las emociones dormidas en el corazón del hombre moderno sólo con señalarle con palabras las cosas que le rodean logrando así despertar su lado reflexivo. La obra de Martinson leída hoy después de tantos años conserva la frescura y la vigencia de la poesía más beligerante: una poesía que consigue que nos revelemos una vez más contra la incapacidad de emocionarnos.
Poemas como los de “Nómada” o los de poemas sobre luz y oscuridad (1971), nos reconcilian con el arte poético, nos enseña a leer la sensibilidad en el paisaje que nos rodea, vuelve a dotar a la lucha por la libertad de un lenguaje excelso y motivador. Lean especialmente “Alguien dijo: el tiempo te llama”: “he vivido lo suficiente como para saber/ que siempre hay alguna forma de ultraje”. Soberbio verso, retrato de nosotros aquí y ahora.
Técnicamente es un libro limpio. Como se puede leer en la introducción, algunos de los poemarios de Martinson son sencillos, transparentes, economizan palabras y señalan su fin. No se regodean en las metáforas, van a la imagen, tocan la realidad para devolverla en forma de emoción al alma de los hombres. Martinson es un maestro de lo cotidiano.
Estamos ante un acontecimiento editorial en lo que a poesía se refiere: esta antología nos ofrece la oportunidad de exponernos a una obra que mereció el Nobel y que como la propia academia sueca dijo en su día de ella: “refleja la totalidad del Universo en una gota de rocío”. Léanlo: la academia no exagera esta vez.
Pedro Crenes Castro

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Título: Estación de lluvia
Autor: Javier Vásconez
Editorial: Veintisiete Letras
Págs: 320
Precio: 18 €
Mojar: humedecer algo con agua u otro líquido. Procede del latín vulgar «molliare», ‘ablandar’. Cuando uno acaba de leer “Estación de lluvia” se siente mojado, en todo su sentido etimológico, humedecido, ablandado por las historias, por las formas de contar las historias, por el ritmo, por la voz de Javier Vásconez.
Los diecisiete relatos que forman el libro son un tapiz que se va tejiendo poco a poco, porque el lector se va encontrando con una serie de constantes que sirven de “estribillo” a lo largo del volumen:
- la ciudad: que puede ser su Quito natal (hay ciertas pistas), aunque nunca se mencione de forma explícita.
- la lluvia, co-protagonista de casi todas las historias.
- ciertos personajes: el doctor Kronz, Eva, el fotógrafo, la familia Ruy Barbosa.
- la obsesión que arrastra a algunos personajes (Lowell, Nikolai, Rubén Camacho, Roldán): «así descargaban sus respectivas obsesiones, su descontento con una ciudad donde soñar o emborracharse parecía ser una manera de protegerse contra la muerte» (p.84); «esa forma insana que tienen algunos hombres de encerrarse en una obsesión» (p.185).
Estos son los hilos que tejen el tapiz, un mapa de La Ciudad (con mayúsculas, como paradigma de todas las ciudades). Porque en realidad Vásconez realiza un inventario de la ciudad y de los personajes que la habitan, como él mismo señala en «Café Concert»: “la esperanza de hacer un inventario de la ciudad, exaltándola” (p.180). A tal punto llega este sentido unitario que Horacio Vázquez-Rial, en el prólogo, señala que no se habría extrañado de que “Estación de lluvia” no fuera un libro de relatos sino una novela.
Pero, como ya he mencionado, no sólo destacan los relatos de Vásconez por las historias que cuentan, sino por la forma que tiene de contarlas. Una prosa muy sensorial, que apela a los sentidos (en especial, al olfato), rica en descripciones detallistas, centrada en narrar sensaciones, percepciones, estados de ánimo:
“La escalera también estaba en ruinas y el papel que cubría las paredes saltaba por la humedad, despidiendo un olor a coliflor y podredumbre” (p.52).
“En aquel momento habría querido volar, pero seguí caminando por esa calle hedionda y triste [...] Por todos lados, humo, braseros chispeantes, olor a refrito y manteca” (p.58).
“Si consiguiera transmitirle a la distancia un poco de esta fiebre con olor a chorizo, donde el aceite de oliva salta sobre la sartén y una fila de morcillas cuelga hace un cuarto de siglo del techo de esta taberna” (p.93).
Me estremecí con «El secreto», me inquieté con «Thecla teresina», pero no puedo ocultar mi especial predilección por «Un extraño en el puerto», una delicia para los amantes de los relatos metaliterarios. Estamos ante el nacimiento de un cuento visto desde dentro, es decir, el acto de escribir contándose a sí mismo o cómo la vida influye en el escritor y cómo el escritor la transforma en literatura, como dice el narrador – que es el mismo Vásconez -: «allí donde empezaban el páramo y la ciudad andina yo volvía a escuchar una sirena» (p.225).
Y es que este libro rebosa literatura y vida, dos partes que forman un todo capaz de contagiar a quien se adentra en él, en su universo, y que, desde luego, lo dejan mojado, impregnado, ablandado, de ambas.
Raúl Rubio Millares

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Título: Cuentos
Autor: Leopoldo Lugones
Editorial: Paréntesis
Pags: 140
Precio: 12 € (8,40€ en versión ebook)
La necesidad de construir un espacio estético autónomo y una única moral hizo que los escritores modernistas (entre ellos, y ocupando un lugar privilegiado, Leopoldo Lugones) se cubrieran de una peculiar idiosincrasia literaria que se manifestaba, en muchos casos, en una búsqueda apasionada de la eufonía. Magistralmente presente en estos relatos, la eufonía no sólo es un hallazgo que el lector puede advertir en ocasiones diversas, sino un elemento vehicular que unifica en gran medida los cuentos que en esta flamante edición se nos presentan. Sirvan, como ejemplo de eufonía y precisión metafórica, algunas de las descripciones que aparecen en los relatos: “Entre los rayos de las ruedas enormes había pedazos de cielo. Y cuando el vehículo pasó, sus anchos surcos dejaron en la llanura una interminable paralela, que semejaba la persecución infinita de un pensamiento geométrico”; “Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser”; “Inmóvil ante la palpitación del follaje, herrumbrada por el sol casi hasta dorarse su gigantesca crin, alzábase ante el horizonte como uno de esos bloques en que el pelasco, contemporáneo de las montañas, esculpió sus bárbaras divinidades”; etc.
De manera análoga a lo que Rubén Darío hiciera en libros como Prosas profanas, en los relatos de Lugones la música no sólo está presente en las palabras, sino también en las ideas, buscando quizá esa conexión con la música del Universo, de las Esferas.
A lo largo de esta selección, la prosa lugoniana constituye en sí misma una inmejorable mezcla de plasticidad y exotismo, entendido este último no como lo entendieron los románticos, sino tal y como lo veía Schulmann, es decir, como una posibilidad de cumplir los anhelos ideales y estéticos ante las barreras impuestas por la realidad cotidiana.
Dada su complejidad formal y de contenido, los distintos cuentos que se nos presentan deben ser leídos y analizados en su más absoluta individualidad ya que es la única manera de advertir su especificidad y el lugar que cada uno ocupa en la totalidad de la prosa del escritor argentino. En los tres primeros cuentos (“Los pastorcillos”, “Las manzanas verdes” y “Flores de durazno”) aparece la naturaleza y los paisajes rurales como un marco idílico para el discurrir de los amores juveniles, pues como señala una voz omnisciente en uno de estos relatos “lo único grave que puede acontecerle a uno cuando tiene quince años es enamorarse”. Ya a partir del cuento “¿Una mariposa?”, los relatos presentan rasgos muy peculiares: el cientificismo positivista, el ocultismo modernista, el orientalismo, el humanismo clásico, las preocupaciones por el subconsciente, etc. ¿Qué quiere decir esto? Pues que aparecen con gran esplendor muchas de las problemáticas de lo que será el cuento fantástico, dilatado hasta la saciedad en el la literatura hispanoamericana posterior. Relatos como “Viola Acherontia”, en la que un extraño jardinero vive obsesionado en crear la flor de la muerte, “Yzur”, donde el empeño de un hombre por hacer hablar a su mono se convierte en toda una reflexión sobre el lenguaje, o los tres últimos relatos, “Los caballos de Abdera”, “La estatua de sal” y “La lluvia de fuego” (que serán los preferidos de Borges), aportarán ambientes, estructuras y reflexiones que influirán sobremanera en escritores como Quiroga, Güiraldes o el propio Borges.
Como lúcidamente escribe Elena Almeda en su prólogo a esta edición:
Con estos mimbres escribió, pues, el argentino unos cuentos que son obras maestras de su género, además de una demostración continua de inefable emoción estética. Quizá fueran estas las joyas nuevas que de esa plata vieja que representa la tradición quisieron fabricar los escritores modernistas.
Si de algo puede quedar convencido el lector es que difícilmente quedará defraudado.
David Porcel Bueno

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