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Título: Estación de lluvia
Autor: Javier Vásconez
Editorial: Veintisiete Letras
Págs: 320
Precio: 18 €
Mojar: humedecer algo con agua u otro líquido. Procede del latín vulgar «molliare», ‘ablandar’. Cuando uno acaba de leer “Estación de lluvia” se siente mojado, en todo su sentido etimológico, humedecido, ablandado por las historias, por las formas de contar las historias, por el ritmo, por la voz de Javier Vásconez.
Los diecisiete relatos que forman el libro son un tapiz que se va tejiendo poco a poco, porque el lector se va encontrando con una serie de constantes que sirven de “estribillo” a lo largo del volumen:
- la ciudad: que puede ser su Quito natal (hay ciertas pistas), aunque nunca se mencione de forma explícita.
- la lluvia, co-protagonista de casi todas las historias.
- ciertos personajes: el doctor Kronz, Eva, el fotógrafo, la familia Ruy Barbosa.
- la obsesión que arrastra a algunos personajes (Lowell, Nikolai, Rubén Camacho, Roldán): «así descargaban sus respectivas obsesiones, su descontento con una ciudad donde soñar o emborracharse parecía ser una manera de protegerse contra la muerte» (p.84); «esa forma insana que tienen algunos hombres de encerrarse en una obsesión» (p.185).
Estos son los hilos que tejen el tapiz, un mapa de La Ciudad (con mayúsculas, como paradigma de todas las ciudades). Porque en realidad Vásconez realiza un inventario de la ciudad y de los personajes que la habitan, como él mismo señala en «Café Concert»: “la esperanza de hacer un inventario de la ciudad, exaltándola” (p.180). A tal punto llega este sentido unitario que Horacio Vázquez-Rial, en el prólogo, señala que no se habría extrañado de que “Estación de lluvia” no fuera un libro de relatos sino una novela.
Pero, como ya he mencionado, no sólo destacan los relatos de Vásconez por las historias que cuentan, sino por la forma que tiene de contarlas. Una prosa muy sensorial, que apela a los sentidos (en especial, al olfato), rica en descripciones detallistas, centrada en narrar sensaciones, percepciones, estados de ánimo:
“La escalera también estaba en ruinas y el papel que cubría las paredes saltaba por la humedad, despidiendo un olor a coliflor y podredumbre” (p.52).
“En aquel momento habría querido volar, pero seguí caminando por esa calle hedionda y triste [...] Por todos lados, humo, braseros chispeantes, olor a refrito y manteca” (p.58).
“Si consiguiera transmitirle a la distancia un poco de esta fiebre con olor a chorizo, donde el aceite de oliva salta sobre la sartén y una fila de morcillas cuelga hace un cuarto de siglo del techo de esta taberna” (p.93).
Me estremecí con «El secreto», me inquieté con «Thecla teresina», pero no puedo ocultar mi especial predilección por «Un extraño en el puerto», una delicia para los amantes de los relatos metaliterarios. Estamos ante el nacimiento de un cuento visto desde dentro, es decir, el acto de escribir contándose a sí mismo o cómo la vida influye en el escritor y cómo el escritor la transforma en literatura, como dice el narrador – que es el mismo Vásconez -: «allí donde empezaban el páramo y la ciudad andina yo volvía a escuchar una sirena» (p.225).
Y es que este libro rebosa literatura y vida, dos partes que forman un todo capaz de contagiar a quien se adentra en él, en su universo, y que, desde luego, lo dejan mojado, impregnado, ablandado, de ambas.
Raúl Rubio Millares

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