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¿Cuándo y dónde te asaltó la poesía?
Como decía Jim Morrison: debía ser en uno de mis desmayos, y dejará de asaltarme cuando ella quiera.
Las imágenes que utilizas son brutales ¿ese es el tono de tu poesía en general o este libro lo requería así?
Siempre tiendo a imágenes contundentes porque me llegan esas imágenes con esa misma crudeza que intento reflejar.
Al no estar dedicado a nadie el libro ¿debemos sentir los lectores que está dedicado a todos nosotros?
Por supuesto, una vez parido, expuesto al mundo, arrancado del callejón, creo que pertenecen a todos, dedicados a todos, e incluso un poco hasta a mí.
¿Cuándo nace este libro?
No tengo conciencia temporal de ello, porque hay cosas que se fraguan durante tiempo en la mente sin haber llegado al papel, durante mucho tiempo, incluso desde el subconsciente.
¿Qué grado de cercanía hay entre tu poesía y tu experiencia vital? Da la sensación de que el poeta se siente muy molesto con lo que le rodea.
Uno intenta ser un observador dentro del calidoscopio social, participo de la escena que me lleva a escribir sobre lo que veo. Pero innegablemente, hasta un documentalista altera el hábitat y participa, por el mero hecho de estar presente.
¿Qué le debe tu poesía a la fotografía y tu fotografía a la poesía?
Que los libros se han apoyado en unas fotografías igual de contundentes y geniales de la fotógrafa Noemí Márquez que indudablemente ha mejorado el resultado.

¿Crees que la franqueza está de moda o nunca se terminará esta hipocresía vital que reina?
Las dos cosas van de la mano. Conviven y se retroalimentan, está en nosotros desnivelar la balanza.
¿Las viejas traiciones se renuevan constantemente?
Por supuesto, son las mejores traiciones, tienen mejor fondo. Y somos como sociedad un caldo de cultivo perfecto para que siempre estén latentes.
Utilizas frases de actrices para abrir algunos de tus poemas ¿a qué se debe?
Esta no puedo responderla, porque no me había percatado en qué sentido lo puse. Me estoy haciendo la pregunta, cuando tenga respuesta te la responderé.
Recomiéndanos un poemario.
Memoria del caos. Del bilbaíno José Blanco.
Pedro Crenes Castro
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Título: Las viejas traiciones
Autor: Armando Rivero
Editorial: Baile del Sol
Págs: 94
Precio: 10 €
Imaginaos en una escena de acción en la cual se os apunta a la cara con una Mágnum 45 y el que empuña el arma, sin ser Harry “El sucio”, os lanza un discurso típico de estas escenas, lleno de razones y motivos por los cuales estamos de esa guisa. Al final nos lanza la frase, que si es de Harry “El sucio”: “Alégrame el día”. Y nosotros callados.
Quien es encañonado es el lector y quien empuña el arma poética cargada es Armando Rivero (San Andrés, 1975) que en su poemario “Las viejas traiciones” (Baile del Sol, 2009), desgrana su discurso rotundo y hermoso, lleno de imágenes densas y directas que paralizan cualquier tentativa de cerrar el libro.
Es un torrente de escenas y sensaciones que nos confirman que este poeta está en plena efervescencia de su creatividad, que guarda en su haber poético mucho que decir todavía y al que haremos bien en rastrear en sus anteriores libros.
Los poemas de “Las viejas traiciones” no dan tregua alguna al que lee, están hechos de noche y de tristezas, de rabia y pasión. Llenan los ojos de rotundidad y alcohol, de canallas y traidores, de amores insoportables y soportados como si estuviéramos dentro de una canción de Joaquín Sabina.
En la página 72 leemos un poema al que precede e introduce una frase de Greta Garbo (las frases de actrices son una constante del libro) y que alude a las traiciones del título. Al final del poema dice: “¡Me devolverá eso lo suficiente para un billete de vuelta al páramo!/sólo lo digo, para comenzar de nuevo, /afilando más los colmillos, /perfilando más el tiro/y evitar así a los salteadores”. Muestra de que esas viejas traiciones tan al día no deben dejarnos postrados, no deben detenernos nunca.
En el fondo, leyendo este excelente poemario, tenemos la sensación de que, de una u otra forma, tanto el poeta como sus lectores, entienden que la vida, trae implícita sus traiciones, pero este conocimiento no nos priva del dolor de esas traiciones que se renuevan a diario.
Mención aparte merece la fotografía que practica Armando Rivero. Comparte con su poesía la capacidad de captar la imagen y titularla, robándole al tiempo y a la vida un verso de carne y hueso, instantes únicos que dejan en la retina un rayo de belleza. La más elocuente es “Los planes de Dios” captada en Las Ramblas de Barcelona, en donde se ve a un hombre mayor sentado en el suelo en primer plano. Pide al parecer. Al fondo la gente va y viene.
Me quedo con el poema de la página 43 tengo la sensación… Os invito a descubrirlo, a hacerlo rondar por los pasillos del alma. Un texto que desierta un cosquilleo en la boca del estómago porque parece que de súbito el suelo que pisamos nos será quitado a traición.
Un poemario excelente, rico y enriquecedor, para los amantes de la contundencia lírica y de los compromisos con la realidad. Para los amantes de la noche y para los esperanzados a pesar de las traiciones viejas o nuevas. Alégrenme el día.
Pedro Crenes Castro

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Título: Al borde del infierno
Autor: Steve Alten
Traducción: Daniel Meléndez Delgado y Eva González Rosales
Editorial: Vía Magna
Págs: 682
Precio: 19'95 €
Las “teorías de la conspiración” ya no existen porque nadie con un poco de discernimiento, al día de hoy, pone en duda que el mundo y todos los sangrantes conflictos que asolan al planeta están manejados desde omnímodos centros de control y decisión: gigantescos consorcios financieros, corporaciones industriales, servicios secretos civiles y militares, organizaciones terroristas, mafias de todas clases y demás poderes fácticos en la sombra. La supuesta “conspiración” está desnuda, y la gente lo sabe. Digamos que, civilizadamente, hemos aprendido a convivir con ella.
Nadie piensa ya que los defensores de “la teoría de la conspiración” sean gente paranoide, obsesiva y medio grillada. En todo caso, les suponemos el grado suficiente de locura como para clamar la verdad a sus semejantes con la pretensión, bastante ingenua, de que les hagamos caso. La gente, por lo general, prefiere vivir tranquila si tiene medianas expectativas de que las cosas vayan funcionando con cierta normalidad.
Este cambio en la percepción de lo conspirativo como elemento decisorio en la vida de todos los ciudadanos tiene un punto de inicio y una confirmación: los atentados del 11-S en Nueva York, las inmediatas guerras de Afganistán e Irak y las consecuencias habidas tanto para los países en litigio como para quienes sufren colateralmente esta situación. Nadie en su sano juicio cree ya la versión oficial sobre los atentados del 11-S, que un puñado de islamistas fanáticos aprendiesen a manejar aviones y los lanzasen contra las torres gemelas y el Pentágono con una precisión espectacular y sin que los servicios secretos del país más poderoso del mundo, ni su ejército, ni su fuerza aérea, ni nadie, pudieran hacer nada por prevenirlo y, en última instancia, evitarlo.
Con estas consideraciones, bastante obvias por otra parte, inicia Steve Alten su novela Al borde del infierno. Se trata de un relato largo y cargado de documentación, citas, notas a pie de página y bibliografía que en algunos tramos de la lectura llegan a abrumar al lector. Hablamos, de todas formas, de un relato apasionante que ya ha alcanzado su tercera edición en España. Alten, experto autor de best-sellers (El testamento maya, La resurrección maya), pone esta vez toda su capacidad narrativa al servicio de una causa que él mismo convierte en personal: desentrañar la enorme, terrorífica madeja de intereses económicos, geoestratégicos, militares y políticos que se mueven en torno al petróleo, la esencia misma que nutre y da vida a la civilización humana. Si se acaba el petróleo, se termina el mundo. Todo gira en torno a ese combustible que, a decir de los musulmanes, Alá hizo brotar en Oriente Medio para mostrarnos cuál es su verdadero pueblo elegido. Steve Alten intenta documentar y demostrar por medio de una intriga entrecruzada, a veces híbrido entre la ficción y la áspera realidad, cómo desde el 11-S se ha abierto la caja de los truenos: las potencias mundiales han desenmascarado sus verdaderas intenciones y sus métodos de lucha por la supremacía, y todo, absolutamente todo, tiene su origen en esta lucha sin cuartel por dominar los centros de producción petrolífera. Las guerras de Irak y Afganistán, el conflicto árabe-palestino, la insurgencia islamista, el terrorismo de Al-Qaeda y demás sectas criminales, el acoso a Irán como potencia nuclear emergente en la zona, la brutal especulación con los precios del crudo para frenar el ascenso de economías como la hindú y sobre todo la china, el inevitable desmoronamiento de los mercados en Europa y los Estados Unidos... Todo tiene una causa, su auténtico origen, una explicación tan sencilla como increíble: los amos del mundo pelean por imponerse unos contra otros. Y cuando en los cielos truena, sobre los mortales caen rayos y centellas. En el mejor de los casos, un tremendo chaparrón.
“El petróleo es demasiado importante para dejarlo en manos en los árabes”, dijo en cierta ocasión el premio Nobel de la Paz Henry Kissinger. Para quienes mueven los hilos del colosal entramado, la civilización, la paz y la democracia son demasiado importantes para dejar que los ciudadanos normales decidan sobre ellas. Esa es “la idea fuerte” que, más o menos, transmite la novela de Alten.
Si le apetecen a usted unas horas de lectura subyugante sobre la realidad de nuestro mundo, así como el disfrute de genuinas vistas panorámicas de la miseria moral contemporánea, no dude que lo encontrará en Al borde del infierno. Pero cuidado: los excesos de realidad pueden resultar incómodos y a menudo perturban el sosiego del lector. Ya, ustedes deciden.
José V. Pascual

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Título: Almas en guerra
Autora: Liz Williams
Editorial: La Factoría de Ideas
Págs: 317
Precio: 20’95€
Amalgama imposible de novela gótica, fantasía heroica y ciencia ficción, “Banners of souls” (su título original) es la historia de una mujer que ha sido adiestrada para eliminar a una niña terrestre y de otra mujer, una guerrera marciana, que ha sido adiestrada para defenderla. Esta es básicamente la idea, pero nos movemos en mundos y situaciones donde nada es lo que parece y las “intrigas de palacio” son tan inextricables que pueden llegar a confundir al lector, a quien le espera más de una sorpresa. A cada paso sabremos más, lo que llevará a paradoja sobre lo que se sabe de antes y nos dejará con la sensación de estar leyendo una historia inacabable. El Matriarcado de Marte, Noche Sombría, la apocalíptica Tierra, son mundos complejos en cuyos pliegues se esconden otros mundos y cuyos protagonistas son más de lo que vemos a simple vista. También ellos, podría decirse, tienen pliegues, capas como las cebollas. La variedad faunística y étnica es diversa, inabarcable. Dentro de ellas encontramos, por poner un caso, a las kappas: nodrizas, esclavas que lejos de sus amos desarrollan capacidades que tenían escondidas.
“Almas en guerra” es una novela delirante que desborda imaginación y donde todo tiene color, tacto y olor, sobre todo olor, hasta llegar ad nausea. Como si paseáramos por el mercado al aire libre de una ciudad oriental, brillante, sucia, colorista y decadente. En ella encontramos sujetos que son más cibernéticos que humanos, pero ninguna tecnología tiene más sabor orgánico que en este libro. Su autora, la británica Liz Williams, que ya nos sorprendió con creaciones como “The Ghost Sister” (finalista al premio Philip K. Dick) es hija de un mago y de una novelista gótica, de donde le puede venir la tendencia a esos delirios rococós, únicos en el género de la ciencia ficción. Hallazgo muy acertado es esa de la “Cadena”, una tecnología única para transportar unidades a años luz de distancia y que hace que el transportado se desprenda de la materia temporalmente y visite de paso el reino de Hades, el país de los muertos. Al menos es lo que se puede entender, teniendo en cuenta el torbellino de ideas y de realidades al que nos somete la autora. Toda excesiva imaginación es gratuita y un peligro a la hora de hacer creíble lo imposible: éste ha sido siempre mi lema. Con este rasero he medido siempre a los autores del género. Pero con Liz no se cumple. Me alegra darme cuenta de que no siempre se está en lo cierto.
Este, por otra parte, es uno de los libros que no se leen: se devoran. La trama está llena de tensiones. La niña que debe morir, o debe ser salvada, es capaz de hacer variaciones en el tiempo, de desarrollar en el futuro una tecnología cronológica particular y por ello los distintos focos de poder (en un mundo de supuesta paz) luchan por conseguirlo o por destruirlo. La violencia implícita y soterrada, las amenazas a las que está expuesta la pequeña hace que tengamos siempre el corazón en un puño. A ello se le une –como ya he dejado caer- que cada personaje es más de lo que aparentemente es y se mueve más allá de lo que su condición, raza o función le determina.
En definitiva, una interesante novela de ciencia ficción, llena por cierto de feminidad, que da un paso más allá del género. Como libro tiene todos los elementos para gustar.
José Leandro Ayllón

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Título: Azul Ruso
Autora: Patricia Esteban Erlés
Editorial: Páginas de Espuma
Págs: 114
Precio: 14 €
No sé si mucha gente sabrá que “Azul ruso” es una raza de gato (la verdad es que yo misma sé bastante poco de felinos). Podríamos hacer la prueba, ponernos a parar a los peatones por la calle para ver qué se les ocurre responder. A estas alturas estoy segura de que más de uno contestaría, con rotundidad incluso, que Azul Ruso no es otra cosa que el nuevo y exitoso libro de cuentos de Patricia Esteban Erlés. Y, por si tú aún no te has enterado, aquí estoy yo para hablarte un poco acerca de este interesantísimo volumen.
“Azul ruso”, esta colección de tan original y atractivo título que toma su nombre precisamente de uno de los más emblemáticos relatos que encontraréis entre sus páginas, está compuesto por trece cuentos de extensión y temática bien variada. Bastantes son los puntos comunes, sin embargo, que dan cohesión a esta obra. Imagino que muchos preferirán hablar de la naturalidad con la que la autora introduce elementos fantásticos dentro del mundo real en buen número de sus cuentos, de ese anhelo que sienten los personajes por alcanzar una felicidad (a menudo en forma de amor) que en la mayoría de las veces parece estarles vetada, del abismo que separa a las parejas rotas o a punto de romperse, del fino sentido del humor que puebla muchas de sus páginas, de esos hipnóticos principios o de esos finales que siempre dejan un sabor distinto en el paladar. Bien, todo eso es cierto (aparte de otras muchas cosas). Pero yo quiero hablaros de un par de elementos que podemos encontrar a lo largo y ancho de estos relatos. Para empezar, el color azul. Está bien, lo que digo parece un tanto simplón, lo sé. Aunque no creo que penséis lo mismo cuando os enfrentéis al azul de las atrayentes y destructivas llamas en “Piroquinesis”, o cuando los ojos color azul grisáceo de Tuula, “La chica del UHF” os miren desde el otro lado de la pantalla. Azul son las gotas de pintura sobre la bella “Mahon”, también es de ese color la bolsa que contiene el disfraz de monstruo en “Caballitos de mar”. Casualmente son azules tanto el ticket de autobús en el que viajan los protagonistas de “Porvenir”, como las cortinas del mismo vehículo. Y no son azules “Los zapatos de Margot”, pero sí lo son los moratones que cierto accidente de tráfico dejará en la cara de cierto personaje.
Azul ruso es, como decía antes, una raza de gato, y los minimos son unos seres a los que también les gusta aparecer por los cuentos de esta autora: gatos albinos, como en “Criptonita”; gatos desconfiados, como el de “Hungry for your eyes”, gatos impasibles ante el fin de la humanidad, como “Color fin del mundo”, gatos negros que hacen compañía a las ancianas, como en “Sesentamil”, mujeres gato, como en “Superwind” y hasta un reptil al que, sin ser gato, a veces lo parece, como el de “Mudanzas”.
Los gatos y el color azul, se encuentran finalmente en “Azul ruso”, el inquietante relato que, aún dando nombre a esta obra, no encontraremos al comienzo de la misma, sino en páginas centrales. Se trata éste de un cuento perfectamente estructurado, una historia difícil de olvidar que a muchos nos gustaría ver también en la gran pantalla. Pero eso sería ya otra historia.
Azul ruso, en definitiva, es para mí como uno de esos magníficos gatos venidos de Rusia: un ser con personalidad propia y arrolladora, elegante, de carácter variable (a veces dulce, a veces amargo) casi siempre inquietante, totalmente inolvidable para los que llegan a conocerle. La prosa de Patricia Esteban Erlés es siempre atrayente, su sentido del humor, inimitable, y los temas que toca, consiguen llegar al público de manera indiscutible, de una u otra manera. No deberías perder la oportunidad de adentrarte en estas páginas y dejarte llevar por su magia si eres un amante del relato breve y de las historias fantásticas con un toque de realismo (o viceversa). Estoy segura de que esta obra te dejará, sobretodo, un buen sabor de boca.
En efecto, y como comentaba al principio de esta reseña, apenas ha salido a la venta este nueva nuevo libro de cuentos de Patricia Esteban Erlés, esta exquisita colección compuesta por trece magníficos cuentos llenos de variados matices (de los que apenas he dicho nada para no fastidiar la sorpresa que en ellos siempre se esconde), y ya todo el mundo (o al menos, todo el mundo al que le gusta el cuento) habla de él. El por qué tendrás que averiguarlo por ti mismo. Lo siento, pero se acabaron las pistas…
Cristina Monteoliva

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Rotundidad de lo breve. Así defino yo este poemario tuyo ¿Cómo has llegado a este tan difícil equilibro entre imagen, ritmo y palabras?
Pues no sabría bien qué decirte… pero espero que todo lo que escribo surja de esa síntesis. Me alegra saber que en este libro, a tu juicio, eso está conseguido. Saber que la editorial Baile del Sol vuelve a apostar por él, sacando una segunda edición, lo que ya es difícil en un libro de poesía, me pone tras la pista de que algo bueno han debido ver en él los lectores.
Tengo mi teoría aparte de la cita de José Mª Parreño pero ¿puedes explicarnos el título del poemario?
El título hace referencia a la lluvia como hecho poético, como realidad y como metáfora del pasado, que tal vez sea su parte más fértil, en él la lluvia se vuelve trasunto de un refrescar la memoria, de un limpiar con ella los muchos errores, sanar desde ella las heridas, los cortes, los trazos de la pasión, y festejar bajo ella la vida.
¿Es este un poemario otoñal en la vida del poeta o todavía te quedan primaveras?
Biológicamente estoy, desde luego, comenzando el otoño de mi vida, y desde esa certeza trataré por todos los medios de prolongar la primavera que yo entiendo como un continuar abierto al asombro, a la ilusión y a las ganas de seguir trabajando en lo que creo.

Según el poema de la página 93 ¿es el dolor un mejor hilo para volver a la memoria o la alegría también es un hilo válido?
El dolor es un hilo delicado, desde luego, tienes que tener cuidado con él, mantenerlo tenso y saber que está ahí, siempre al acecho… el poemario con estas prácticas intenta conjurarlo, sanarlo y en la medida de lo posible, darlo por cerrado, transformarlo en un dolor que ya no duela.
Escribir sobre la alegría es lo más difícil del mundo, yo creo que a lo más que me he acercado es a escribir sobre un alegre dolor.
¿Cuándo nació Narración de la llovizna como libro y que criterio seguiste para ir sumándole poemas?
“Narración de la llovizna” se venía gestando desde el año dos mil y en el dos mil tres decidí darlo por cerrado, lo envié a una entonces desconocida y juvenil editorial canaria que había conocido en los EDITA, los encuentros de editores y escritores de Punta Umbría (Huelva) que lleva organizando Uberto Stabile desde hace más de quince años, y poco después lo publicaron ellos. El criterio que seguí para elaborar el libro fue ir desgajando, de lo que entonces estaba escribiendo, aquellos poemas que veía que no encajaban en otro libro en el que andaba: “La ciudad de las croquetas congeladas”, que también publicó Baile del Sol unos años después. Digamos que la dimensión pública de “La ciudad de las croquetas congeladas” contrastaba con los textos que finalmente engrosaron “Narración de la llovizna”, donde lo íntimo adquiría una potencia autónoma difícil conciliar más que consigo misma. A pesar de esto, continúo defendiendo que también lo privado, lo íntimo y lo personal es político, pero tenía claro que el ritmo y el tono estaban agrupando mi producción de esos años en dos libros distintos.
La cita de Manolo el conductor del autobús me llevó directo a “Los heraldos negros” de Vallejo, “hay golpes en la vida…” ¿qué opinas?
En efecto, eres el primero que percibe esta relación. Como poeta estoy siempre especialmente atento a lo que la voz del pueblo se deja hablar, y en esta ocasión, fue Manolo, el señor que conducía el autobús que nos traía de vuelta a casa después de un viaje de fin de curso con los alumnos del instituto el que provocó este pequeño satori, esta iluminación que recrea para mí, y para cualquier otro lector atento, los versos de Vallejo… Manolo se refería, claro está, al alboroto que los niños iban montando en el autobús a medida que nos acercábamos a casa, ellos habían pasado uno de los ritos de tránsito más hermoso, esa excursión que suele ser la primera que uno hace de adolescente y que, a veces, significa tantas cosas: alejarse del ámbito protector de lo familiar, explorar lugares desconocidos, enamorarse tal vez por primera vez, compartir con los amigos una aventura especial, etc. También es el fin del instituto y con él de la adolescencia, y el comienzo de algo que no se sabe bien a dónde los llevará: la universidad, el trabajo, la vida adulta, en suma, de algo que empieza a asomar y con lo llegarán, como decía Manolo, “los golpes”, las revelaciones, las frustraciones, los hallazgos maravillosos… Me pareció entonces que ningún chamán podría haber dispuesto mejor a sus neófitos para asumir la entrada en la vida adulta que Manolo con ese verso suelto… El conductor del autobús de la vida nos preparaba para el porvenir, con acento andaluz cerrado, y nos dejaba el regalo de este mantra maravilloso: “Niño, tené cuidao con loh gorpe”… El resto del conjuro es un deseo, dar, darse, no esperar demasiado, alegrarse por los regalos recibidos y no preocuparse demasiado de nada porque de todos modos el viaje se terminará antes o después, tarde o temprano.
En la sección “La muerte” incluyes el poema Un país a nuestro dolor. ¿Es la vuelta del exilio una especie de muerte, una suerte de pérdida de algo?
Sí, en efecto, el exilio es una especie de muerte, y volver genera una extrañeza inmensa; es la desazón del desubicado, y aceptarlo así es la única manera de permanecer en ese lugar sin volverse loco, con algo de sentido del por qué está uno allí si ya no es tu lugar sino otra cosa que tampoco termina de ser distinta.
¿Cómo ves el panorama poético español y latinoamericano?
Del panorama español me apena el ver cómo las mejores voces y los mejores libros son sistemáticamente ninguneados y silenciados mientras que lo que se promociona desde los medios es la mediocridad en verso y el clientelismo más rastrero. Es triste que poemarios como “La marcha de 150 millones” de Enrique Falcón, “En las tierras de Goliat” de David González, “Las aventuras de Imperio Sevilla” de Daniel Macías Díaz, “Tierrafirmista” de Eladio Orta, “Con los ojos abiertos” de Jorge Riechmann, “Campo Nublo” de Antidio Cabal, “Con el paso cambiado” de Bernardo Santos, “Tres mil días y un cuervo” de Juan Sánchez Amorós, “La línea de fuego” de Uberto Stabile o “Estrategias y métodos para la composición de rompecabezas” de José María Cumbreño, todos ellos recientemente publicados, no tengan ningún eco, cuando son diez apuestas fundamentales no solo de escritura, sino del querer vivir de otra manera.
El panorama actual de la poesía latinoamericana, sinceramente, me es bastante desconocido, apenas llevo unos años interesándome vivamente por la literatura mexicana, sobre todo la que se hace en las grandes ciudades del centro y el norte del país, que creo que, sin menospreciar lo que se esté haciendo en otros lugares, es la que he visto con más posibilidades de trascender su ámbito local y conectar con una sensibilidad poética más radical y crítica, también más moderna y arriesgada, más innovadora y fresca. Ahí hay un filón de nuevas voces y nuevas maneras de decir que me interesan vivamente. El año pasado conseguí editar una antología “21 balas” que se ha editado en España y en México a la vez, es un adelanto de lo que comento, hecha tras la lectura de obra de más de mil seiscientos poetas mexicanos. También Uberto Stabile prepara otra, magnífica, sobre poesía norteña “Del otro lado”, que recomiendo busquen en cuanto salga.
Recomiéndanos dos poemarios.
Ya me he pasado, acabo de recomendar diez.
¿En qué trabaja ahora Antonio Orihuela?
Ahora mismo estoy corrigiendo pruebas de mi último libro, que vuelve a ser, después de casi quince años, un libro de investigación, un libro en el que he buceado por las entrañas del franquismo, sus archivos, sus aparatos represivos, judiciales y carcelarios, sus asesinatos, sus fosas o el incalculable daño psíquico que consiguió hacer en una clase obrera que no ha vuelto a levantar cabeza desde la guerra y, cómo no, por la voz dormida de la memoria personal para reconstruir con todo ello la historia de un pueblo… los que lo han examinado dicen que también se puede leer como una novela coral, no sé, tal vez, la verdad es que por sus páginas dialogan o rememoran aquel tiempo de ignominia más de quinientas personas. Espero presentarlo a finales de abril, se llamará: “Moguer, 1936”.
Pedro Crenes Castro
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Título: Narración de la llovizna
Autor: Antonio Orihuela
Editorial: Baile del Sol
Págs: 101
Precio: 10 €
Un paseo otoñal bajo una suave llovizna, así es el poemario de Antonio Orihuela (Moguer, 1965) “Narración de la llovizna” (Ediciones Baile del Sol, 2009), una poesía que cala en lo profundo del alma y decimos “calar” porque en este tránsito sin paraguas de la “Lluvia” hasta “La muerte” pasando por “La púrpura”, se nos va tejiendo en las entrañas una profunda levedad de la existencia, un cansancio reflexivo que evoca el viaje que estamos llevando a cabo mientras vivimos.
Distribuidos en tres partes (Lluvia, La púrpura y La muerte) Orihuela construye un universo que por otoñal y maduro no necesariamente presagia un inminente final. Palpitan en ellos la memoria y la nostalgia, la alegría y la esperanza en una sucesión de imágenes de gran calado estético que alcanzan momentos de intenso lirismo.
Hay en esta poesía una sólida construcción sobre la brevedad lo que dota de contundencia el texto que son disparos, “chuzos de punta” que se precipitan sobre el lector que persigue en esta narración tormentosa al poeta que se lee y se redacta ante nuestros ojos convirtiéndose por momentos en nuestro alter ego, sorprendiéndonos en cada esquina de sus poemas con unas instantáneas que tienen la familiaridad de los déjà vu.
Abruma el poema brevísimo sobre la página en blanco, que se convierte en desafío, como una mirada que se sostiene para que se le mire bien, como una invitación a concentrarnos para ser absorbidos por una súbita densidad que nos lleva a cerrar el libro y a pensar. Una muestra es el poema de la página 27: “Vienes de lejos, /lenta astilla que quedaste/atravesada en mi pecho”. Una rotunda imagen del leve picoteo que las circunstancias hacen en la piel de la vida y como esa herida nos acompaña
De las tres partes quiero destacar un poema. En lluvia destaca Las palabras… un canto a las palabras como elemento transformador de la realidad y de la vida. En la purpura este: callas,/ pero no hay paz/ en el silencio”, imagen de los conflictos que el silencio sólo subraya, los enconamientos que se roen callando. De “La muerte”, mi favorito, “Un país a nuestro dolor”, un canto a los que nos sentimos poco a poco extraños en nuestra propia tierra, una constatación de una muerte paulatina que tiene su única resurrección en el recuerdo. Es un poema directo al alma.
Un poemario cargado de limpieza, formal y estética, una apuesta por la vida y su conjuro de fantasmas y tristeza eso es narración de la llovizna que nos invita a buscar más de la poesía de Antonio Orihuela y su trabajo no sólo literario sino también ensayístico. Un poeta que apuesta por una poesía de altura y por otros poetas que están llevando a cabo una labor estética que merece ser apreciada. Sin duda los amantes de la buena poesía tendrán en este libro un encuentro con la poesía con letras mayúsculas, con un refrescante paseo bajo la llovizna.
Pedro Crenes Castro

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Título: Una lectora nada común
Autor: Alan Bennett
Editorial: Anagrama
Traducción: Jaime Zulaika
Págs: 128
Precio: 13 €
Desde la portada el hiératico careto de la soberana Isabel II me observa como una anguila mira el mar salado. El único magnetismo que esta mujer ejerce sobre mí es el de saber que lleva tantos años en el cargo, el de atesorar memoria en forma de té con pastas con personajes de la historia tan dispares como Winston Churchill, John Kennedy o Tony Blair. La fascinación que este icono del siglo XX ha ejercido a propios y extraños atraviesa la segunda mitad de la centuria desde el ajetreo punk a la movida beat, de las artes al cine, pasando por la parodia televisiva, sin contar las incalculables horas de cotilleos que se han invertido comentado su tortuosa relación con aquella moza llamada Diana de Gales, a la que la jefa de la Commonwealth traía por la calle de la amargura. Un par de selvas de su antiguo Imperio han palidecido ante la voracidad de tabloides y revistas del cuore por sus andanzas. Cómo alguien que podría haber sido una jubilada británica en la isla de Mallorca con sus mismas inquietudes ha acabado suscitando tal atención es una pregunta ciertamente a hacerse. Más si contamos su escaso bagaje cultural.
‘Una lectora nada común’, de Alan Bennett, la mente tras la que se escondía la obra original de teatro que dio pie a la película ‘La locura del rey Jorge’ (Nicholas Hytner, 1994) trata de desvelar al personaje, de exponerlo a la corrosión de lo humano y, para ello, hace un divertido ejercicio contrafactual proponiendo un argumento divertido. ¿Qué pasaría si la soberana le cogiera gusto a la lectura? Y no sólo ello, ¿qué pasaría si la reina se aficionara a la alta literatura y empezara a cuestionarse su adocenado modo de vida y el sistema que su persona mantiene?
A menudo repito una máxima lorquiana (o que al menos yo atribuyo a Lorca), por la cual el poder es intrínsicamente malo y sistemáticamente asesina a la libertad. Uno no puede imaginarse, por tanto, al poderoso convertido en artefacto cultural, comprometido con su tiempo desde un plano humanista. No son muchos los ejemplos de mandamases que se han pasado al otro lado, que han dejado sus ambiciones políticas por un interés inusitado por el conocimiento. La borrachera del poder borra en sus resacas cualquier rasgo de animal humano. Aquí en España tenemos a nuestro mitificado Alfonso X, que desmentía con la espada lo que ganaba cantando a la Virgen, y puede que en Portugal, Enrique el navegante, hermano de Rey y hacedor de mapas y geografías. Baste. Julio César y Napoléon Bonaparte quedan descartados por sus bárbaras matanzas. Si hubieran podido, como los gerifaltes nazis, apretar un botón, asesinar y luego irse a la ópera, lo hubieran hecho. No me cabe ninguna duda. Allá por Alemania tienen al emperador Federico II, ‘stupor mundi’ de la época y, aunque analfabeto, parece que Carlomagno hizo mucho por el llamado renacimiento altomedieval. Felipe II leía y luego quemaba herejes.
La Isabel II de Bennett va un paso más allá que todos. Sorprendida a edad avanzada por la lectura gracias a una biblioteca portátil que encuentra gracias a sus insoportables perros, empieza a chutarse droga de la de verdad, de la que le hace a uno grande. Empezando por la espesa Ivy Compton-Burnett y acabando con una pseudoespecialización en ‘En busca del tiempo perdido’, de Marcel Proust, la soberana toma conciencia de sí misma y de su tiempo, de las incongruencias de gobernar dispersando el mal al paso de la analfabetería general. De antología los pasajes en que el primer ministro se pierde entre sus referencias culturales.
Divertida hasta la irreverencia, curiosamente la reina como personaje concita las mismas animosidades que ha vivido cualquier lector al despertar a los libros de verdad: sus antiguos amigos se le vuelven en contra, su servidumbre le pierden el respeto y su familia la ignora. Su devoción libresca la aparta del mundo y su nacida conciencia le causa más problemas de los que le resuelve, porque una reina, en fin, no debe interesarse por nada y a todos debe, al mismo tiempo, parecer interesante. Pero esta Isabel II, lectora nada común, tiene opiniones, reclama su propia voz y toma la pluma para expresarse como pocos políticos lo hayan hecho alguna vez. Es el resultado de la peste de las letras.
Repaso a un siglo de literatura, inglesa sobre todo, y fábula sobre cómo los libros nos pueden cambiar la vida, ‘Una lectora nada común’ es el texto perfecto para los bibliófilos, los amantes de lo irrespetuoso, los que siguen pensando que la literatura es una fiesta pagana que nadie tiene derecho a secuestrar para arrebatarla a extraños fines áureos. Es felicidad, pasión por los libros y una crítica histriónica al poder lo que atesoran sus páginas que, cuidado lector, pueden convertirte a su modo en un compulsivo lector con problemas. Leer no es sonreír.
Iván Alonso

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Título: Un extraño viaje
Autor: José Enrique Martínez Lapuente
Editorial: Carena
Págs: 176
Precio: 17 €
En Un extraño viaje se dan cita dos mundos y dos maneras de entenderlos. La novela narra una historia de amor a lo largo del tiempo bajo el trasfondo de un mundo cambiante que va desde la clandestinidad de los años setenta a la Barcelona preolímpica, donde subsisten el ambiente de tascas en el que todo el mundo se conoce y la bohemia de artistas y escritores.
Rodrigo, personaje masculino principal cuyo nombre no aparece hasta el final de la historia, conoce a una mujer francesa que ha viajado a Barcelona para olvidar su fracaso matrimonial. La conoce de casualidad en una de estas tascas que ya han ido desapareciendo. El resultado será un amor fortuito en el que inicialmente se refugia Renée. A ella este amor le trastocará la vida y le hará plantearse lo que tiene y lo que desea con un ambiguo resultado. A él se le mantendrá en el tiempo. Y ambas visiones de sus sentimientos sólo coincidirán en un principio para escindirse a continuación. A esa historia de amor, que ya es pasado cuando se narra, se le superpone otra también con una mujer francesa, Nadinne, con la cual Rodrigo volverá a alguno de los lugares donde estuvo con Renée y eso provocará que constantemente se vayan entremezclando los recuerdos de lo antiguo con la visión del presente.
La primera parte del libro contiene la narración de Rodrigo, de sus viajes al sur de Francia y de sus visitas a la Barcelona bohemia. La segunda parte contiene la visión de Renée a través de su psicóloga.
A remarcar que la narración a veces se desdibuja al profundizar en esa bohemia en la que sobresale Víctor, el amigo artista de Rodrigo. Da la impresión de que el autor, al referirse a ese relato secundario, pierde el hilo narrativo principal. Los devaneos de Rodrigo por ese mundo canalla no llegan a aportar un punto de vista significativo a la historia principal. Quizá, únicamente, mostrarnos algo de la Barcelona preolímpica.
Así la segunda parte de la novela nos llega cuando la primera ha empezado a decaer un tanto. Las confesiones ante el diván son narradas al ralentí. Tal vez se podía haber contado con muchas menos palabras, seguramente eliminando partes del relato secundario y también de las visitas al psicólogo. Hay quizás una pérdida del tempo de la narración que se hace más lento de lo que debiera.
Puede considerarse que esta primera incursión de José Enrique Martínez Lapuente en el mundo de la novela tiene un resultado de aprobado. A Martínez Lapuente se le ve oficio narrativo y es por tanto que habremos de ver sus futuros proyectos literarios.
Luis Vea García

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Título: La estrella más brillante
Autora: Marian Keyes
Traducción: Matuca Fernández de Villavicencio
Editorial: Plaza & Janés
Págs: 592
Precio: 19,90 €
La vida en la ciudad es bien distinta a la del campo. Así, mientras que en las localidades rurales aún la gente se conoce y ayuda continuamente (o al menos así creo que sucede en las más pequeñas), en la ciudad nadie tiene apenas contacto con los demás (fuera de su círculo de amigos más próximos), ni siquiera las personas que viven en un mismo edificio. Muchas son las circunstancias que puede hacer que esto cambie, y no hay nadie para recrearlas como Marian Keyes en su nueva novela, La estrella más brillante.
Un extraño ente sobrevuela Dublín en busca del número 66 de la calle Star. Una vez en la casa de vecinos en cuestión, este ser etéreo convivirá durante dos meses con todos y cada uno de los inquilinos, intentando siempre averiguar con quién debe cumplir la importantísima misión que se le ha encargado. Las opciones son bien variopintas, difícil decidirse a tiempo. ¿Creéis que lo conseguirá?
Lo del bloque de vecinos en el que la gente apenas se saluda no es un tema nuevo, pensaréis muchos tras leer el párrafo anterior. Es cierto: yo misma he leído varias novelas que partían del mismo punto para conformar su argumento. Sin embargo, el enfoque que Marian Keyes le da a esta historia en la que todos y cada uno de los habitantes del edificio sito en el número 66 de la calle Star son los protagonistas (sin olvidarnos tampoco del ente que se ha colado en la casa, quien, además, nos sirve de narrador y de avispado guía) es, sin duda, y siempre dentro del estilo al que Keyes nos tiene habituados, bastante particular, también bastante misterioso, si me permitís decirlo de esta manera.
Está bien, tampoco es la primera vez en la que esta autora de éxito nos presenta una obra en la que varios son los protagonistas. Es algo tan recurrente en su literatura como el sentido del humor con el que impregna su prosa, la denuncia social de problemas concretos que nos atañen en mayor o menos medida a los lectores (en esta historia quizá sea algo que pase un poco desapercibido, algo que quede en segundo o tercer plano; pero os aseguro que también tiene su parcela), la búsqueda del amor por parte de los personajes o lo disparatados que son precisamente algunos de los individuos que pueblan sus páginas. No obstante, en esta ocasión no parece que haya lazo afectivo pasado o actual que una a los personajes (cosa que sucedía en otras de sus obras), al menos al comienzo de la historia. Tan sólo comparten el edificio en el que viven, y no se puede decir que sea algo que les de cohesión como grupo.
Llevo un rato escribiendo y aún no os he hablado mínimante de los personajes, estos entrañables seres con los que estoy segura que empatizaréis enseguida. Pues bien, en el ático encontraréis a Katie, quién acaba de cumplir los cuarenta y se encuentra ante dos problemas: el ser “demasiado mayor” para el empleo que desempeña en una discográfica y el no ser capaz de hacer comprender a Connal, su novio adicto al trabajo, que debe empezar a preocuparse más por las personas; a la malhumorada taxista Lydia la encontraréis compartiendo piso con los “mustios” Jan y Andrei, dos jóvenes polacos que sueñan con ahorrar dinero para poder volver a su país; Jemima es la anciana de la segunda planta, la misma que le ha puesto a su perro por nombre “Rencor” y adora hasta lo indecible a Fionn, un hijo adoptivo tan encantador como desconcertante; finalmente, Matt y Maeve, que viven en la primera planta, la planta baja, parecen la pareja ideal, pero, ¿por qué realmente no lo son?
Diré, para terminar, que puede que “La estrella más brillante” sea la novela más romántica de Marian Keyes hasta la fecha, alejándose un poco de lo que a sus lectores más fieles nos tenía acostumbrados. Pero no temáis, pues la prosa de Keyes, su capacidad para crear personajes con los que es fácil conectar, su ingenio, su buen hacer a la hora de compensar los momentos dramáticos con otros más alegres, su ironía y su sarcasmo siguen tan brillantes como siempre, tanto o más como la estrella del título.
No sé si encontrarás a la estrella más brillante entre las páginas de esta novela. Verás que todo puede ser muy relativo si finalmente te decides a leerla, empezando por el título. Lo que sí te aseguro es mucha diversión entre estas páginas, momentos para la reflexión y mucho más que no pienso adelantar. ¿Te atreves a comprobarlo por ti mism@?
Cristina Monteoliva

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