Me encanta escribir sobre dramas familiares…

diciembre 4, 2017

Quizá os parezca bastante raro y atípico que, justo en estas fechas, a mí se me ocurran cientos de relatos que tratan sobre oscuros secretos y tramas familiares. Se supone que ahora, cuando llegan las fiestas navideñas, los integrantes de las familias dejan al lado sus rencores y rencillas, para pasar unas veladas en sintonía, o al menos lo más agradables posible; claro, siempre hay alguna nota discordante, como el cuñado pesado o el abuelo que se duerme cada media hora, pero hasta eso se intenta soportar aunque sea por una vez al año.

Sin embargo, no es tan extraño como pudiera parecer, si lo pensáis bien. Precisamente en esas fechas, cuando pasamos varias horas reunidos con los familiares a los que raramente vemos el resto de días anuales, y con los cuales hay que convivir aunque sea por compromiso, es cuando comidillas, critiqueos, secretos y rumores salen a la luz, más que nada porque a veces la velada es para lo que da, al no tener otra cosa que hablar con una gente que casi es desconocida, por muchos lazos de sangre que nos unan. Eso da material de chismes para los siguientes 365 días, y si hay en la familia alguien como yo, se convierte en una verdadera fuente de inspiración.

Reconozco que a veces son historias bastante macabras, porque ninguna saga familiar que se precie puede estar sin un oscuro secreto en ella. Mis preferidos son los asesinatos, pero claro, a veces me gusta ser más sútil, y que ese secreto innombrable no sea tan evidente (al fin y al cabo, todo el mudo sabría que hay un asesino en la familia). A veces tiene más que ver con infidelidades, hijos ilegítimos, padres desaparecidos o traiciones entre hermanos, algo que no tiene por qué ser un delito de entrada, pero que acaba socabando los más fuertes lazos familiares, ¿o no?

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Mi familia es bastante aburrida, así que ya he desistido de encontrar inspiración en ella. Para mí se vienen unos días de saludar gente, soportar plastas, comilonas que acaban en indigestión y poner una sonrisa helada en la cara, porque mamá no quiere ni una cara triste en su mesa de Navidad. Cumpliré con eso, por supuesto, pero eso me quitará hora de escritura en lo que quizá se podría convertir en mi obra maestra. Y la inspiración, en vez de venir de ellos, nacerá en mí de mi propia mente, según las impresiones que vaya sacando no sólo de los que ya conozco de toda la vida, sino de los que van llegando nuevos (estos últimos son mi esperanza de que, por fin, un día mi familia sea la  que cause mi mayor éxito literario).

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